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Sin importar penurias, recorrerán 3,900 km para llegar a Tijuana

Joven hondureño migrante descansa sobre una acera antes de emprender la marcha de Huixtla a Mapastepec, en Chiapas. Foto: Víctor Camacho

Blanche Petrich

Huixtla, Chis., Los caminantes del éxodo centroamericano llevan en los pies calzado de pobres: sandalias, tenis, crogs de hule. Casi nadie va con botas de suela gruesa. Cargan en su mayoría una cobija por familia, mochilas y carriolas de segunda mano para los bebés.

Desde hace 12 días duermen en el piso, sin un techo sobre sus cabezas, sin duchas. Comen lo que hay, a deshoras. Desahogan sus necesidades donde pueden, si acaso haciendo “casita” para las mujeres. El sol quemante de la ruta del Pacífico, la cinta asfáltica interminable, platanares, cafetales y pueblos pobres a las orillas, manos solidarias que nunca faltan, es el paisaje constante desde hace 11 días que salieron de sus comunidades hondureñas.

Han avanzado hasta ahora 120 kilómetros, solamente en territorio mexicano. Caminan la mayor parte de los trayectos pero también consiguen aventones en los tráileres, minibuses y combis de transporte público, taxis y vehículos particulares, hasta moto-bicis.

Les faltan 3 mil 900 kilómetros para llegar a Tijuana, según el Google maps. Y a pesar de la inmensidad del desafío, avanzan.

Observadores, acompañantes, opinadores de redes sociales y sobre todo autoridades se preguntan desde sus escritorios cómo es posible este fenómeno, si llegarán algún día a su meta. Los poco entendidos del fenómeno de los desplazamientos globales que mueven a millones de personas por todo el mundo se preguntan, a veces con malicia: ¿Quién les paga? ¿Quién los mueve? ¿Quién los convocó para hacer coincidir este fenómeno con las elecciones de medio término en Estados Unidos? ¿Algunas iglesias evangélicas?

El gobierno mexicano ha apostado por ignorar la fuerza vital que nace de la urgencia de sobrevivir. “Así como van –dijo el pasado viernes el presidente Enrique Peña Nieto–, difícilmente van a llegar”.

A otros niveles, autoridades federales, en particular el Instituto Nacional de Migración, y locales se esfuerzan en ponerles obstáculos en el arduo caminar.

La imagen que circuló anoche profusamente de las autoridades municipales rociando con insecticida a los migrantes del éxodo que intentaban dormir en las aceras y en el piso del parque “para prevenir el dengue”, fue entendida más como una muestra de desprecio que como una medida sanitaria.

Una pregunta desde otra perspectiva es: ¿por qué los que analizan y vigilan los fenómenos del planeta no vieron las señales de que esto iba a ocurrir, que de hecho ya estaba sucediendo ante nuestros ojos?

De acuerdo con el Informe Global sobre Desplazamientos Internacionales del Departamento de Estado, a finales de 2017 habían salido de sus lugares de origen 435 mil centroamericanos del llamado Triángulo del Norte. A simple vista, los hondureños cubren la mayoría de esta cuota desde hace años, específicamente desde 2009, cuando se consumó un golpe de Estado en Tegucigalpa con la bendición de Barack Obama.

La institucionalidad democrática en ese país siguió disolviéndose con los años, acompañado por el avance del crimen organizado, el paramilitarismo y las pandillas que ocuparon los vacíos que dejó el Estado.

El resultado es un presidente, Juan Orlando Hernández, que a los ojos de los migrantes de este éxodo es el villano favorito. A él culpan de que su país se haya convertido en un espacio irrespirable.

Esta mañana, todavía en la oscuridad, los primeros grupos iniciaron la marcha hacia Mapastepec. Atrás quedó una mujer corpulenta, angustiada. Es viuda y viaja sola. Sentía un intenso dolor en las piernas, increíblemente hinchadas. “Creo que se me reventó una várice. Ya no puedo seguir, quiero volver a Honduras. ¿Quién me puede ayudar?” Y la plaza, ante su angustia, se fue vaciando. El duro caminar debía seguir.

Cuando el éxodo llegó a Huix-tla hace dos días, el ayuntamiento hizo un censo. Alrededor de 4 mil personas se quedaron en el parque. Otras 2 mil dispersas en canchas, otros parques, iglesias.

Se sabe que la Organización Internacional de las Migraciones ayudó a repatriar a cerca de 150 desde esta estación del éxodo. Es previsible que conforme avanza la columna humana se sigan desprendiendo otros grupos, pequeños o grandes. Un poco como la selección natural, donde sólo los más aptos se abren paso en un hábitat hostil.

Pero es demasiado pronto para adelantar pronósticos en esta epopeya que apenas empieza.

JSL
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