Medidas extremas
19 enero, 2015
Los 15 periodismos mexicanos más exitosos en redes sociales
19 enero, 2015

Aventuras de un violonchelo; Carlos Prieto en San Luis Potosí

Carlos Prieto

Carlos Prieto.

Óscar G. Chávez

La humeante y espumosa taza de café vio su fin; charla interrumpida. Regresé sobre los pasos andados tres cuartos de hora atrás y tomé los dos libros que reposaban sobre la mesa de trabajo; uno conservaba todavía la envoltura protectora.

A las ocho de la noche en punto se cerrará la puerta, dijeron al llevar la invitación; sábado 17 de enero de 2015. Cinco minutos, cuatro cuadras; tiempo justo. El espacio lleno en totalidad; público de todas las edades. Bajo un arco de medio punto que sirve de división entre el vestíbulo y una antigua capilla de bóvedas de arista, gran aglomeración; sigo de frente, me indican el lugar donde debo sentarme. Reparo entonces en que la mayoría de los asistentes han comprado libros para firma; unos son hojeados con placer, otros descansan sobre las piernas de sus propietarios. No distingo rostros, sólo cuerpos que ocupan asientos en aquella construcción del siglo XVIII; capilla de la Virgen del Tránsito. Me sonríe un hombre mayor que se encuentra a mi lado; son asientos para personas mayores, ¿no? Incomodidad. Ve uno de los libros que llevo y sonríe de nuevo.

Se hace llamado al orden y cortés invitación a despejar espacios. Personas ya no muy mayores son acomodadas en varios asientos desocupados. Mario Leal Campos y Paty, su esposa, son instalados en lugares cercanos pero separados. El ex cónsul y ex embajador ahora aparece en cualquier evento; figura pública que debe lucirse. Rostros conocidos comienzan a aparecer en los cuerpos.

Después de tañer tres veces una campana –a semejanza con el inicio de los capítulos agustinos, en el pasado–, Modesto Suárez Altamirano, presidente del patronato pro restauración del ex Convento de San Agustín, agradece a los invitados especiales y a las instituciones que proporcionaron apoyo para el evento. Con educada voz presenta y da lectura al currículo del magistral invitado.

Carlos Prieto Jacqué (1937), académico de la Lengua; miembro del Seminario de Cultura Mexicana, y virtuoso chelista, ennoblece el espacio con su presencia. El maestro Prieto presentará su libro Aventuras de un violonchelo, dice Modesto Suárez, y posteriormente dará un recital.

Se escuchan los aplausos de los asistentes; el maestro sube al estrado. Su evidente altura corporal se realza por la elegante combinación en pantalón gris Oxford y bléiser negro.

Narra de forma cálida y coloquial las andanzas de su cello. Maestro en ese instrumento al fin, habla con las manos; subraya.

El violonchelo llegó a mis manos hace 38 años; de inmediato me encontré con un problema; a diferencia del violín no cabe en los espacios superiores de los aviones; no cabe sobre las piernas; no cabe en los compartimientos. Debido a su peso y tamaño el porcentaje de posibilidades de que llegue roto a su destino, si es que viaja como equipaje, es de un cien por ciento. Los cellistas vivimos condenados a viajar con el cello a bordo del avión.

Al comprar los boletos señalábamos que se iba a comprar un boleto para el cello, y los de la agencia luego de consultar manuales especializados, no sabían cómo registrarlo. Finalmente a mi esposa se le ocurrió señalar que el nombre del singular pasajero era Cello Prieto. Esto nos permitió ahorrar unos cuarenta minutos de papeleo; y desde entonces el cello acumula millaje que comparte generosamente con nosotros. En los países anglófonos hemos optado por registrarlo –al momento de adquirir su boleto–, como Miss Cello Prieto.

La historia sobre este cello Stradivaruis al que Prieto también llama cello Piatti, inicia en 1720, cuando es fabricado en Cremona, Italia; cuarenta años después y luego de permanecer la misma cantidad de tiempo en el taller, fue llevado a Cádiz, España; puerto que debido a su situación disfrutaba de privilegios. En 1760 ahí se constituye una orquesta; algunos músicos e instrumentos fueron importados de Italia.

Los trotes del instrumento y su posterior paso por Dublín y Alemania, hasta su llegada en el siglo XX a Estados Unidos, continuaron en el relato del académico. Espontáneas carcajadas enmarcaban los episodios cómicos sobre el instrumento biografiado y sus recientes andanzas de la mano de su propietario, quien buscando no alargar los tiempos, amablemente remitió a su libro, a quienes desearan abundar en datos.

Tras retirar discretamente de su mano, un reloj de pulso Tissot, la narración dio paso a la música; abrió con la Suite número uno en Sol mayor de J. S. Bach; a ésta siguieron los cuatro movimientos de la Suite número tres en Do mayor; el minueto de la Suite número dos en Re menor; la corranda de la Suite tres en Do mayor; cerró la noche con la zarabanda de la Suite en Re menor. Aplausos atronadores que el público tributó de pie en prolongados instantes.

Los rostros tomaban forma a la conclusión del recital. Nombres, saludos, abrazos; la sociedad potosina presente. Don Salvador, el hombre situado a mi derecha, no soportó la curiosidad y me pidió prestado uno de mis libros. ¿Usted habla ruso?Nada, no identifico ni una letra; ¿Entonces? –Un obsequio de un buen amigo; fue deudor con la firma, pero ahora es el momento de solucionarlo. –Mi hija habla ruso, estudió allá gimnasia cuando era todavía la Unión Soviética.

Una gran fila buscaba la firma del maestro; jóvenes que no llegaban a los treinta, en su mayoría. Los saludos y abrazos obligados retardaron mi lugar en la formación; el final de ella mi lugar.

Pensaba en el momento que llegó el libro a mis manos: 26 de abril de 2014, 18:45 horas, sábado para mayor precisión; Ciudad de México. La noche anterior la espuma había rebasado las copas y corrió sobre la alfombra. Un comentario certero como dardo, y una mirada cómplice –la de Pablo–, quedó como recuerdo de tres en aquel descenso por el elevador. Nada recordaba –dijo prudente– al día siguiente cuando dejó el libro en mis manos. La precisión del momento en la necedad de la memoria.

Un comentario de Emilio Borjas –escultor de historias y amigo de años– me hizo ver que había llegado mi turno. El Tissot ya en su sitio; la delgada argolla resaltaba en una de las bien cuidadas manos; ligera deformación en el índice derivada del ejercicio profesional. La Mont Blanc clásica, en la diestra.

El libro; el rostro de asombro. Los ojos verdes no disimulados por los anteojos, inquirieron al mismo tiempo que la voz. ¿De dónde salió? Pocos tienen la edición en ruso. –Delicado obsequio de un amigo; Pablo G. Ascencio. Una sonrisa y un notorio brillo de ojos antecedieron a la rúbrica en cirílico. –Lamento que hubiera esperado tanto tiempo para mi firma. -No se preocupe, más estuve esperando para recibir el libro.

JSL
JSL