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Con casi 70 años, Bowie busca nuevo giro a su carrera

David Bowie en el Palacio de Bellas Artes, durante su visita a México en 1997. Foto Fernando Aceves

David Bowie en el Palacio de Bellas Artes, durante su visita a México en 1997. Foto Fernando Aceves

David Bowie en el Palacio de Bellas Artes, durante su visita a México en 1997. Foto Fernando Aceves

Por Andy Gill / The Independent

David Bowie no es como otros hombres. Para empezar, esos ojos de aspecto tan alienígena que lo hicieron una elección obvia para el papel principal de El hombre que cayó a la Tierra desde el momento en que paralizó al director Nicolas Roeg con su mirada asimétrica. Con menos ligereza, está el trato que ha dado a la música pop como plataforma para representar papeles, en términos tanto de música como de carácter. Tradicionalmente las estrellas pop ubicaban pronto la fuente de su atractivo y se apegaban con rigidez a ella. Sólo cuando algunos dotados desafiaron esta premisa del espectáculo, la noción de progreso, de desarrollo de una carrera, pasó de lo puramente comercial a algo más interesante desde el punto de vista artístico.

Creatividad en busca de cauces

Y ninguno más interesante que Bowie, la primera estrella en ostentar la androginia con tan descarada provocación sexual que no sólo creó un nuevo género, sino ayudó a derribar generaciones de actitudes antediluvianas. Luego se lanzó en diferentes tangentes artísticas y teatrales a un ritmo vertiginoso que desafió a sus fanáticos a mantenerle al paso mientras desarrollaba y descartaba la serie de personajes a través de los cuales parecía encauzar su creatividad. Que lograran hacerlo atestigua el bautismo de fuego al que se sometieron los primeros adherentes al glam-rock, prueba que a la vez inspiró devoción perdurable y sembró las semillas del descubrimiento autodidacta. Para cientos de miles de chicos hasta entonces ordinarios y sin rumbo, el arte, la literatura y la música fueron iluminados de pronto como formas de ver y ser, como mundos de posibilidad personal, en una forma que la escuela rara vez había conseguido revelar.

Esos fans se volvieron los primeros punks, inspirados por Bowie para derrocar toda una hegemonía musical en una revolución cultural a la que sólo él entre esas estrellas establecidas sobreviviría con su fama intacta.

Así que no deberíamos esperar que David Bowie hiciera las cosas al modo usual, como anunciar su retorno desde la cúspide, mediante una serie cuidadosamente organizada de entrevistas de alto perfil y apariciones en los medios. Cuando, a principios de 2013, el sencillo Where Are We Now? apareció a la venta sin previo aviso, rompiendo la década de silencio que se había impuesto, la ola de asombro generó una curiosidad que llevó el álbum respectivo,The Next Day, al lugar más alto ocupado por Bowie en 20 años. Siguiendo su ejemplo, la estrategia de no promoción pronto se volvió lugar común, aunque su eficacia estuviera inevitablemente ligada a la estatura previa de un artista.

Del mismo modo, no debemos esperar que un musical con canciones de David Bowie siga la fórmula acostumbrada, en la que los mayores hits de un artista son acomodados en una endeble narrativa que presenta, si tenemos suerte, un relato biográfico de su lucha por triunfar o, si somos menos afortunados, una burda fantasía. Cuando se supo que Bowie trabajaba con la escritora Enda Walsh y el director Ivo van Hove en una obra musical que extendía el concepto del alienígena varado de El hombre que cayó a la Tierra, lo primero que se vino gozosamente a la mayoría de las mentes fue Starman y Space Oddity, y por ello ninguna de ellas figura en la producción de Lazarus.

Y aunque claramente es una fantasía, no podría ser descrita como burda; de hecho, la mayoría de críticos han tenido dificultades para captar exactamente qué ocurre en una producción que ha sido descrita como alucinante, pasmosa,una cámara de estímulo sensorial y, tal vez de manera menos atractiva, una obra de ardiente nihilismo.

Con Michael C. Hall, de Dexter, en el papel del plutócrata Thomas Jerome Newton, deprimido y empapado en ginebra, la obra presenta las interacciones con una serie de personajes, algunos de los cuales son vástagos de su imaginación, y por lo menos uno en verdad está muerto.

En diversos puntos, un personaje u otro prorrumpe en una canción, acompañado por una banda confinada detrás de una pantalla de cristal. Sin embargo, las canciones –cinco de las cuales son nuevas, entre ellas la mismaLazarus, del reciente álbum de Bowie, Blackstar– sólo tienen al parecer la conexión más tenue, si acaso, con la acción en escena, lo cual suena como una colorida rebelión de coreografía de arte perfomático, videoproyección, surrealismo, rareza general y filosofía especulativa. En otras palabras, exactamente lo que cualquier verdadero aficionado a Bowie desearía.

Extremismo sónico

Es innegable que Bowie se encuentra en mitad de un auge creativo, cuya próxima expresión arriba en su cumpleaños 69, el 8 de enero. Blackstar es diferente a cualquier otro álbum suyo en varios aspectos. Por primera vez no está presente en la portada, que sólo presenta una estrella y la palabra bowie creada con fragmentos de la figura estelar, que recuerdan la escritura cuneiforme. Es como si Bowie borrara su pasado por completo.

La misma impresión da la música. Blackstar es un trabajo de extremismo sónico, con una relación apenas marginal con el pasado del músico. En vez de canciones de fina manufactura, sus siete largas piezas se apoyan en su mayor parte en surcos abiertos, repetitivos, habitados sobre todo por las retorcidas y abstractas improvisaciones de sax y el furioso y selvático batir de tambores del combo de jazz de Donny McCaslin. La guitarra apenas si aparece, presente sólo en la introducción de una canción y en un solo pasaje balletístico hacia el cierre de la última pista. Con el canto de Bowie en un alienado estilo soul, el poder turbulento, abrumador y en ocasiones chillante de la música evoca la naturaleza intransigente de los álbumes recientes de Scott Walker y la obra maestra exploratoria de Tim Buckley Starsailor, y es probable que divida a los fans de manera similar.

La letra es un poco más clara, aparte de las obvias referencias al alienígena caído Newton en Lazarus. Por ejemplo, en la pista titular, de 10 minutos de duración, Bowie se pregunta: ¿Cuántas veces cae un ángel? y esboza un cuadro –villa, vela solitaria, ejecución– que, aunado a una vaga atmósfera como de Medio Oriente y a la frase repetida soy una estrella negra, ha conducido a insinuaciones de que se refiere al ascenso del Isis/Daesh (lo que se ha negado enfáticamente). En Girl Loves Me, Bowie ensaya estrategias alternativas, un demente balbuceo políglota que, como cierta poesía de Eliot, debería venir con notas al pie.

La única línea clara de la canción es la reiterada pregunta ¿adónde carajos se fue el lunes?, que se suma al sentido global de confusión que transmiteBlackstar. A veces Bowie suena como un hombre voluntariamente a la deriva en un mundo que no puede controlar ni comprender, un corcho flotando en un mar tormentoso que busca tocar tierra en un lugar nuevo.

El precedente más cercano en su carrera inicial es probablemente Station to Station, que lo encontró a horcajadas entre América y Europa, buscando un nuevo mundo que llegaría con Low. Algo similar parece ocurrir ahora, y con una energía similarmente inquietante, ahora que Bowie dice adiós a su pasado y se lanza con valentía en busca de un nuevo futuro en su año 70, edad en la que la mayoría va enfriando motores. Pero David Bowie no es como otros hombres.

© The Independent

Traducción: Jorge Anaya