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Con su versión de Caperucita, Ana Clavel explora el aprendizaje de los sentidos

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La investigadora inglesa Jane Elizabeth Lavery acuñó la descripción escritora multimedia para referirse a Ana Clavel, en la imagen Foto Luis Humberto González

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La investigadora inglesa Jane Elizabeth Lavery acuñó la descripción escritora multimedia para referirse a Ana Clavel, en la imagen Foto Luis Humberto González

Merry MacMasters

A partir del cuento de la Caperucita Roja, la escritora Ana Clavel (ciudad de México, 1961) plantea en su novela más reciente, El amor es hambre (Alfaguara, 2015), un personaje contemporáneo que va por los bosques de concreto cargado con su canasta de deseos y apetitos.

El libro, que explora esta suerte de aprendizaje de los sentidos, al igual queLas ninfas a veces sonríen (Alfaguara, 2012), surgió en el camino. Cuenta: “Iba por el bosque y quería llegar a la casa de una abuelita, que era una historia que tenía trabada. De pronto me salió por allí un lobo que me dijo: ‘Mira, acá hay una historia que vale la pena contar’; entonces me fui por ese lado”.

Precisa: “Trabajaba en un libro de ensayos que se llama Territorio Lolita en que se exploraba el asunto de las Lolitas en la literatura y el arte.

“En particular, había un capítulo dedicado a las hermanas menores de Lolita, entre otras, las Josefinas del siglo XIX, Alice Liddell y la Caperucita Roja. Al indagar más sobre el cuento tradicional, me topé con que no sólo está la versión de Charles Perrault, donde la castiga por hablar con extraños, o la de los hermanos Grimm, que incluye el final feliz en que el cazador la rescata junto con su abuela.

“También me di con el investigador Jack Zipes, quien ha documentado una versión previa procedente del norte de Italia, en la que la Caperucita no era una niña indefensa: engaña al lobo y sale avante con su ingenio.

“En ese andar vi en esa versión previa el cuento tenía los elementos que Bruno Bettelheim menciona como su verdadera función en Sicoanálisis de los cuentos de hadas. No se trata de decir al niño que se porte bien, sino de hacerle entender las fuerzas atávicas, oscuras, pulsiones de vida y muerte que hay afuera y dentro de él.”

Con esa perspectiva, Ana Clavel configuró a la niña Artemisa –por algo se llama como la diosa griega de los bosques–, para que fuera un personaje mucho más rico en su manera de exponerse, pero también en su manera de indagar con sutileza, de tal modo que siempre tiene el buen tino de relacionarse con personas mayores que la van llevando por terrenos de seducción, boscosos, pero que finalmente no la violentan.

Acota que había una situación de tipo estilístico: “No quería dar una versión de una Caperucita perversa, ni de un lobo maldito, pero tampoco de unaCaperucita inocente y un lobo sin ninguna responsabilidad en sus deseos; entonces, tenía que encontrar niveles más sutiles.

Por eso, cuando la historia se cuenta en labios de ella, tiene esas tres versiones de lo que es la seducción que se da entre Artemisa y el tutor que hace de lobo.

Concibió un video de cuatro minutos como propuesta multimedia a la novela. Ana Clavel no se considera artista visual, pero se encuentra en tratos con un museo para hacer una instalación de bosques de sombras con frases de la novela, en la que daría prioridad a una en particular: en todo corazón habita un bosque.

Por cierto, la investigadora inglesa Jane Elizabeth Lavery acuñó la descripción escritora multimedia para referirse a Clavel. Lavery es autora del libro El arte de Ana Clavel: fantasmas, urinarios, muñecas y deseos prohibidos(Legenda).