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El mejor crítico literario soy yo: Emmanuel Carballo

 Emmanuel Carballo

Desde la izquierda, el poeta tabasqueño José Carlos Becerra, el cronista Carlos Monsiváis y el crítico literario Emmanuel Carballo, en una imagen incluida en Aquí no pasa nada: una historia literaria del 68, exposición de 2008. Foto cortesía de la Coordinación Nacional de Literatura de la UNAM

Elena Poniatowska

Entre mis papeles encontré esta entrevista con Emmanuel Carballo hecha hace 48 años, en febrero de 1966, y pensé que recordarlo sería un mínimo homenaje en el que Carballo muestra su radicalismo, que sigue siendo energizante a pesar de su desaparición, a los 84 años.

–¿Emmanuel Carballo? ¿Quién es Emmanuel Carballo? Hace 10 años me lo preguntaron. Es un señor alto y risueño. Es el futbolista de la literatura mexicana y, a veces, muy de vez en cuando, mete goles. Es el más atrabancado de todos… Entre nuestros críticos literarios es el que más goles ha metido, porque dice lo que piensa sin importar las consecuencias. Por eso lo buscan y le temen. Él fue quien dijo que en lugar de torcerle el cuello al cisne había que retorcerle el pescuezo al poeta Enrique González Martínez y que Xavier Villaurrutia era el Henri de Chatillon de la poesía mexicana, pero con 20 años de atraso sobre la moda. Condenó al poeta José Tiquet, pidiendo que se le diera su return ticket a Tabasco. (Creí que el autor de esa frase era Salvador Novo). ¡Sus polémicas son famosas! Octavio Paz, Antonio Castro Leal, Manuel Pedro González, los grandes y los chicos, nadie se le ha escapado. Acaba de publicar 19 protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX. Son: Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Martín Luis Guzmán, Julio Torri, Genaro Fernández McGregor, Artemio de Valle Arizpe, Julio Jiménez Rueda, Carlos Pellicer, José Gorostiza, Jaime Torres Bodet, Salvador Novo, Octavio G. Barreda, Agustín Yáñez, Rafael F. Muñoz, Nellie Campobello, Ramón Rubín, Juan José Arreola, Rosario Castellanos y Carlos Fuentes.

–Emmanuel, ¿es cierto que son aburridas tus entrevistas?

–Depende… Yo no tengo la culpa de que haya gente aburrida. Respeto las virtudes y los defectos de mis entrevistados, y si algunos de ellos son plantígrados –de pies planos, como los osos–, la culpa es suya y no mía.

–Qué, ¿tus pies son muy livianos?

–Soy el Aquiles de la literatura mexicana. Mis pies son tan ligeros como mi prosa. Escribo con los pies, con el vientre y hasta con la cabeza, pero nunca con las manos.

–¿Qué significa escribir con las manos?

–Me pondré folclórico. Hay dos tipos de escritores: los que escriben con las manos y los que escriben con la cabeza. Los primeros no saben pensar, no tienen nada qué decir, pero lo poco que dicen es hermoso. Los que escriben con la cabeza son los que saben pensar, pero no saben escribir. Hay una tercera clase de escritores que no saben ni escribir ni pensar y, como así andan las cosas ahora, son naturalmente los más importantes de la literatura mexicana y se llaman Juan García Ponce, Gustavo Sainz, Salvador Elizondo (que acaba de sacarse el premio Villaurrutia), Inés Arredondo, Julieta Campos, Juan Vicente Melo, y qué sé yo… Juan García Ponce es ahora un escritor que empieza a tener discípulos. Tiene una manera muy honrada de escribir y de vivir, ambas muy respetables, pero que a mí no me interesan.

–¿Por qué?

–Me parece que su literatura es un tanto anacrónica. Repite sin agregar nada nuevo tema, estructuras y estilos, que han producido en otros países obras maestras.

–¿Césare Pavese?

–Sí, Pavese y muchos más… En el mejor de los casos, sus obras me parecen mediocres. Lo que más admiro en él es su profesionalismo. Con García Ponce, la joven literatura mexicana toma muy en serio el duro oficio de escribir. No son improvisados. Son escritores de tiempo completo. Y eso, aquí y en todas partes, es admirable. Elizondo también es un profesional. Alguien decía que si Elizondo no hubiera escrito Farabeuf habría cometido un crimen, y estoy de acuerdo con Sergio Fernández. Entre las novelas publicadas en 1965, Farabeuf, junto con Gazapo, fueron las mejores, me parecieron excelentes.

Rompieron las comedidas normas

“Gustavo Sainz y Elizondo rompen de una vez por todas con las comedidas normas que todavía acatan nuestros escritores: escribir a la manera de Juan Rulfo, de Juan José Arreola, de Carlos Fuentes, etcétera. Ellos dos no son epígonos. Abren nuevos caminos en la literatura mexicana.
“De novela a novela, me interesa más Gazapo. Está mejor estructurada, mejor escrita y es más novela. En Sainz hay escritor para rato. Inés Arredondo no ha escrito más que un solo gran cuento en su vida, por el cual figurará siempre en las antologías de la prosa narrativa mexicana: La Sunamita. Sus demás textos no valen nada. Una de mis grandes admiraciones es Juan Vicente Melo. Creo que es un escritor que sí sabe escribir y sí sabe pensar y que lo hace con los pies, con la cabeza y con las manos. ¡Es un maravilloso escritor! Es el mejor poeta mexicano joven, aunque escriba en prosa…

–¿Y por qué omitiste a Luis Spota, el que más vende entre los escritores mexicanos?

–El señor Spota no existe. Es un invento del jefe de la mafia Fernando Benítez y vende mucho porque tiene la calidad de Caridad Bravo Adams, Félix B. Cagnet y Carlos Monsiváis… Representa el momento más sublime de la cursilería de clase media.

No están todos los que son ni son todos los que están

–¿Por qué eliminaste a Fernando Benítez?

–¡Nadie ha querido leer correctamente el título de mi libro! ¡Ahí se dice 19 protagonistas! ¡No están todos los que son ni son todos los que están! Están algunos de los que más admiro y algunos escritores que me chocan, pero tienen alguna importancia histórica. Estos últimos son los modestos albañiles de la literatura mexicana, los que construyen paredes y techos, los que permiten que no vivamos a la intemperie: Fernández McGregor, Jiménez Rueda, Ramón Rubín, Nellie Campobello, Rosario Castellanos y el mismo don Artemio de Valle Arizpe, a quien quise muchísimo.

–¿No son grandes creadores?

–Por supuesto que no. Son los vulgarizadores de la auténtica tradición mexicana que va más allá del documento y tiene valor artístico permanente.

“Te confieso una de mis debilidades: Alfonso Reyes. Si yo fuera el Díaz Ordaz de la literatura mexicana, no daría a nadie permiso de escribir si antes no aprobara con excelentes calificaciones un examen minucioso de la obra de Alfonso Reyes. ¡Quien no conoce a Alfonso Reyes se puede dedicar a todo menos a la literatura! Te lo digo con toda franqueza. El recado más pequeño de Alfonso Reyes, sus innumerables cartas, sus artículos en los periódicos, son creación pura. Reyes es un creador, porque le dio una nueva fisonomía al idioma español. Una es la literatura mexicana anterior a Reyes y otra la que estamos creando los discípulos de Alfonso Reyes.

“De los que están en mi libro 19 protagonistas… me interesan Vasconcelos, Guzmán, Arreola y Fuentes. ¡Y me hubiera gustado entrevistar a dos escritores que me vuelven loco cuando los leo: Octavio Paz, el mejor escritor vivo de México hoy día, y Juan Rulfo! A Rulfo no lo entrevisté porque Rulfo es magnífico cuando escribe y de una torpeza infinita cuando habla. A Rulfo no hay que entrevistarlo, hay que leerlo. El peor enemigo de Rulfo es él mismo y sus mejores amigos son Pedro Páramo y Anacleto Morones.

–Emmanuel, ¿te parece haber hecho un libro importante?

–Muy importante.

–¿Por qué?

–Porque más que entrevistas son radiografías de la vida y la obra de algunos de los más notables escritores de nuestros días. ¡Quien de veras se interese por la literatura mexicana, tiene la obligación irremediable de leerlo! Quien no lo lea, vivirá en el limbo, no sabrá lo que ha pasado en el siglo XX mexicano. Por último, te diré sin modestia y sin vanidad que es un gran libro que no ha tenido la crítica adecuada, porque fuera de mí no hay críticos en la literatura mexicana. Y es muy triste que yo tenga que elogiarme a mí mismo. ¿En qué país vivimos? ¡Hay que irse a las montañas!

–¿A la guerrilla?

–Por supuesto que sí.

–Literaria naturalmente…

–No, de ninguna manera, revolucionaria, fusil en mano.