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El poeta nocturno de 65 años

poeta

Ricardo Dávila

Son cerca de las 10 pm. en el bar La Oruga y la Cebada en el centro de la capital de San Luis Potosí. El inmueble es una suerte de pub inglés tradicional. Frascos de bebidas simétricamente ordenados se observan detrás de la barra de servicio tallada en madera; así como taburetes y mesas para los visitantes. La luz es parda e ilumina el lugar de forma tenue. Una pared repleta de botanas agrega un toque de cantina mexicana. Sentado a un costado de la barra observo a través de la ventana un pasillo desolado en el exterior. De pronto, desde la turbiedad de las sombras aparece una cara blanquecina como el mármol frente a mí.

Aquel rostro pinta marcadas líneas en cada parte de sus mejillas, frente y comisuras de los labios. De una gorra azul marino se desprenden, por las orillas y debajo de ésta, cabellos grises. Un ligero bigote plateado se esboza bajo una pequeña nariz chata. De aquel envejecido semblante florece una voz tenue y candenciosa. ¿No quiere comprar poesía?, me pregunta. Me quedo perplejo. ¿Qué?, le respondo asombrado, ¿poesía?. A esa hora de la noche, lo que uno menos piensa es en ser abordado por un comerciante. Mucho menos que sea un comerciante de letras.

Me acerco más a la ventana para escuchar mejor al hombre que me habla. El audio de fondo del partido León vs Chivas se sobrepone a las pláticas de un puñado de visitantes en el bar. Desde la oscuridad de la calle y el silencio del frío el sujeto comienza a hacer más fuertes sus palabras. “Sí, vendo poesía y otros textos. Vendo en prosa y en verso, ¿de cuál quiere que le enseñe?”, me dice. Bueno, entonces es poesía en verso, ¿con qué tipo de métrica?, le pregunto. Pensativo y un poco resignado comienza a sacar de una maleta negra un papel bond con letras impresas. “Mira, no sé, sólo sé que es verso libre. Es un texto pequeño”, me dice. Ok, deja salgo a recibirlo, le digo. Ya en el pasillo, el hombre se presenta: soy Carlos de Jesús Mendoza. Me extiende el papel. Comienzo a leer las primeras líneas:

Anoche pensé en ti

En el silencio de mi cuarto obscuro

las horas parecieron no tener prisa

o fuí yo quien se desconectó del tiempo

para recrear la mente con mi mujercita.

Y que mi vida entera

no sería suficiente para amarte

haz derroche conmigo cuanto quieras

aquí están mis labios para besarte.

 

20 años escribiendo

 

–Carlos, ¿qué edad tienes?, y ¿cuánto tiempo llevas escribiendo?.

–Tengo 65 años (me muestra su credencial de elector). Llevo 20 años escribiendo.

–Eso significa que comenzaste algo tarde, a los 45 años.

–Sí, uno comienza tarde a veces, y es más pesado así, me responde.

–¿Por qué lo dices, Carlos?.

–Porque uno no sabe las técnicas. A veces te dicen que no tienes talento. O a veces te dicen que entres a clases; pero son muy caras –se queda viendo al horizonte– y pues no. No puedo pagarlas, sentencia.

Ya veo, le digo. Y continúo la lectura. El texto lo leo en voz alta. La hoja impresa en papel bond tiene tinta negra y el tipo de letra está en cursiva:

Todo mi ser te pertentece

nadie como yo para cubrir tu cuerpo

y con mi loca pasión cortar el aliento.

Ya no quiero vivir de sueños

porque anhelo de corazón sean hechos

es mejor así si tanto nos amamos.

Si tanto nos adoramos, leo con voz lenta y dubitativa. “Amamos”, me corrige. Las letras en cursiva combinadas con mi vista afectada de miopía y astigmatismo son similares a mis pasos de baile con una mujer mientras suena música latina –salsa o cumbia–: muchos tropezones.

Ni el tiempo ni la distancia

jamás podrán separarnos

porque nuestro amor es eterno

cuanto diera por tener noche y día.

Para transportarte a lo desconocido

dónde sólos nos encontremos a través de un mundo infinito

y decirnos mutuamente. Te quiero.

Con el impetú (sic) de la sangre caliente…

Que intriga a… “Es irriga”, me corrige de nuevo. Me sorprende que sepa de memoria todo su poema. Sin decírselo continúo leyendo:

…que irriga a nuestros corazones ardientes

que laten sin detenerse.

Sin ver al más allá

porque no podemos evitarlo

este amor que quema nos abraza.

Es un bonito poema, Carlos, le digo. ¿Cuánto tiempo llevas vendiendo tus textos? Pues los mismos que llevo escribiendo –20 años–, me cuenta. Esta semana me han comprado 4 o 5. Ya veo, ¿y cuánto cuestan?, le pregunto. 50 pesos, alcanzo a oír.

Le doy los 50 pesos.

De esto vivo

–¿Y de esto vives, Carlos?

–Sí, vivo de esto. Cuando alcance 3 mil los daré si me los quieren comprar, pero si no, ni modo. Es mi trabajo.

–¡¿Piensas vender tus poemas hasta en 3 mil pesos?! Eso sí que es tener mucha confianza, Carlos.

–No, no. Digo que cuando alcancé los 3 mil hechos, los comencé a vender a 50 pesos. Ahora ya llevo 3,200 poemas terminados.

–Wow. Disculpa por entenderte mal. Pero aún así, es sorprendente todo lo que ya llevas. Me parece admirable, ¿y los vendes a esta hora de la noche?

 –Sí, comienzo como a partir de las 21:00.

–¿Y no temes que te asalten?

–No, no. Sólo me pasó una vez hace años. Pensaron que traía dinero pero sólo traía mis poemas, me dieron un puñetazo y se fueron.

Carlos es católico y guarda postales de Jesucrito, así como de Juan Pablo II en su maleta. Cuenta que con esas imágenes se siente seguro. “Nada me falta para sentirme protegido”.

La noche avanza a su hora madura. Las estrellas agarran fuerza en el firmamento. El frío es cada vez más presente. Noto que mi celular se quedó sin batería. Poeta, le digo, deja te veo mañana para hacerte más preguntas. Algo más sobre tu vida y sobre tu inspiración. No, joven, cómo cree, me dice. Vamos, será una plática amena. Está bien, me dice.

******

Quedé de verme con Carlos en la fuente de la plaza San Francisco. La hora pactada fue a las 21:30.  Hay brotes de vegetación bien cuidada. El ambiente luce barroco como la iglesia de San Francisco de Asís, una joya arquitectónica de aquel periodo, la cual se alza firme en la esquina de la avenida Uniersidad y el Jardín Guerrero.

Cerca de las 22:00 pasa frente a mí un hombre de cachuca azul marino, lentes de sol rectangulares, vaquera parda, camisa blanca y pantalones color negro. Es Carlos. ¡Oye, poeta, aquí estoy!, le digo. Me voltea a ver, me sonríe y saluda.

–Carlos, gracias por venir.

–No, gracias a ti.

–Por favor cuéntame más sobre tu vida, ¿cuál es tu rutina para vender los poemas?

–Pues siempre vengo por acá, a esta hora. Llevo haciéndolo, como te conté, ya 20 años.

–Oye, pero me sorprende que digas 20 años, ¿por qué iniciaste hasta los 45 años?

–Porque de algo tenía que vivir tras quedarme sin empleo en las fábricas. Y decidí que fuera con la poesía.

–Y entonces es tu pasión y tu trabajo, ¿te inspiraste en algún autor para hacer tus poemas?

–No, no leo a ningún poeta. A esta edad menos; me es muy difícil leer. Todo lo que escribo sale por inspiración.

La sencillez de los textos de Carlos es evidente. Él confiesa no saber nada sobre técnicas o métricas y cuenta que comenzó haciendo prosa. “Una vez, una monjita me dice: ¡qué le voy a comprar, si aquí no dice nada!”, me dice riendo. Pero eso sí, Carlos es muy organizado. A cada texto le asigna un número o anota un registro de sus 3 mil 200 piezas. El poeta lleva un maletín. Ahí organiza en folders sus textos. Las hojas dentro de su valija lucen pulcras y extendidas. Ni un pliegue de alguna arruga.

–Oye, Carlos. ¿Y de dónde vienen las ideas para tus poemas?, ¿hay alguna mujer en tu vida?, ¿es el recuerdo de un familiar?

–Mis poemas vienen del ambiente. El sol, la luna, las estrellas… todo es digno de inspiración.

–Ya veo, pero por ejemplo, el poema que me diste ayer el de Anoche pensé en ti, ¿no está inspirado en un viejo amor?

–Está inspirado en la mujer en general. Sin ella no seríamos nada. Es nuestro complemento.

–¿Y quién es tu amor, Carlos? –Mi esposa lo fue. Falleció justo hace 20 años, dice mientras baja la mirada y hace su voz más débil.

–Lo lamento mucho.

Un niño se acerca a donde estamos. Nos pide una moneda. Le comento al infante con resignación que no llevaba una moneda. Carlos, en cambio, se levanta y saca de su chamarra una bolsa de plástico con monedas. Le da una, alcanzo a distinguir que es una de 5 pesos. El niño parte.

–Poeta, ¿usted vive solo?

–Sí, vivo solo acá por el centro.

–¿Qué hace un hombre de su edad solo?

–Vivir y trabajar para comer al día

–¿Y entonces no tiene nada de familia?

– Tengo una hija pero casi no la veo, cuenta Carlos con voz más solemne y con cierto aire de incomodidad.

Para mitigar el momento pesado Carlos comienza a sacar hojas de su maletín. Me los enseña y comienzo a leerlos. Son textos en prosa. Traen la numeración. Carlos relata que a los primeros les colocaba el número de producción, pero ahora ya no, por estética.

–Cuéntame de tu proceso para hacer los poemas.

–Durante el día observo detalladamente lo que me rodea. Sin darme cuenta comienzo a generar ideas. Y en cuanto cae la primera, las anoto. Carlos saca una libreta donde trae un borrador de un nuevo poema y me lo enseña.

–¿Y tienes computadora y los imprimes tú?

–No, un joven me ayuda a hacerlo.

La fragilidad de su mano se mueve de manera tersa para guardar su libreta. No hay prisas en sus movimientos. Es como sus textos, no hay prisa por quedar bien o por cumplir con los estándares de alguna técnica. Ser un Cummings o un Yeats no está en sus planes. Sus letras son muy distintas a un Simic. Quizá tengan un aire de familiaridad con un Holderlin. Y, sin embargo, lo sustantivo es la parte autónoma de su creación.

–¿Cuánto ganas con tus poemas al día?

– Hmmm…

–¿De 100 a 300 pesos?

–Sí, eh (sonríe) ya te lo sabes, también trabajas en esto, ¿verdad?

 –No, para nada. No hubiera imaginado siquiera comenzar a vender poemas.

 –Es bueno intentarlo, para mí es mi pasión.

–¿Y ahorita vas a vender poemas, Carlos?

–No, ya vendí unos hoy. Gracias a Dios ya salió.

–Me alegra, Carlos.

En el jardín de la fuente donde nos reunimos se extiende una luz artificial. Él usa lentes de sol porque le molesta aquella luminosidad. Carlos me extiende otras seis hojas con poemas, algunos numerados, otros sólo con toques de estética (pequeñas ilustraciones en blanco y negro) pero ya sin la numeración.

¿Tienes novia?, me cuestiona. No, me cortó justo hace una semana. El 29 de octubre, le informo. Ya, en esas hojas hay un poema para ti, y me señala una con el título Composición: (llévate mi vida) 456. De los seis poemas que me da, tres son sobre el desamor, dos sobre el camino al éxito y uno sobre la amistad. Tras entregarme su material, Carlos comienza lenvatarse del asiento donde estuvimos platicando.

–Bueno, poeta. Entonces ya terminaste tu trabajo por hoy, no me gustaría quitarte más tiempo.

–No te preocupes, agradezco que platicaras conmigo.

–Ha sido un placer.

–Dios nos reunió por alguna razón.

–Ya lo creo, poeta, ya lo creo.

El hombre de letras comienza a partir. Se va por una camino estrecho al lado de la fuente. Avanza con un ritmo constante a pasos moderados. Un faro lo ilumina por última vez antes de entrar a la penumbra de la siguiente calle.

Al verlo ir pienso en El regreso del gran poeta, obra maestra que escribió Mark Strand:

Cuando la luz se vertía por un claro de las nubes

Supimos que iba a aparecer el gran poeta. Y así fue.

Se bajó de una limusina con neumáticos blancos y

Vidrieras en las ventanas. Luego, con locuacidad clara

y silenciosa

Avanzó por el vestíbulo. Se hizo el silencio. Las alas

eran

grandes.

El corte del traje y el ancho de la corbata estaban

pasados

de moda.

Cuando hablaba, el aire parecía blanco a causa de los

gritos

imaginados.

El gusano del deseo hordaba el corazón de todos los

que

allí estaban.

Tenían los ojos llenos de lágrimas. Estuvo mejor que

nunca

el gran hombre.

“No hay prisa – dijo al finalizar la lectura–, el fin del

mundo

Sólo es el fin del mundo tal y como lo conocen”.

Típico de él, pensaron todo. Luego se fue

Y el mundo se quedó vacío. Hacía frío y no se movía

el aire.

Ustedes que están ahí, díganme, ¿qué es la poesía?

¿Puede morirse alguien sin un poco tan siquiera?

Atinada pregunta. ¿Podemos morir sin un poco de poesía? Carlos comenzó hace dos décadas. Más que un talento tal vez sea un privilegio el simple hecho de escribir. Aunque sea tarde y de estilo completamente libre. Ahora, a sus 65 años él vende y vive de la poesía.

¿En algún momento es tarde para comenzar a hacer poesía?

JSL
JSL