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La Jornada Semanal / El pensamiento como maquillaje de la realidad

Por Fabrizio Andreella

Todo el mecanismo del conocimiento es un aparato de abstracción y simplificación no encaminado al conocer, sino al hacerse dueño de las cosas.

F. Nietzsche, Fragmentos póstumos

Todo pensamiento deriva de una sensación contrariada.

E. Cioran, Del inconveniente de haber nacido

El umbral de la infinitud

Las palabras del pensamiento descomponen inevitablemente la infinitud para que el hombre pueda construir su realidad con algunos de sus fragmentos. Bajo el techo de su realidad, el ser humano se siente así protegido contra la desconcertante inmensidad de lo real. Al mismo tiempo, el hábito adquirido de vivir en un trozo de la infinitud enclaustra el hombre en una realidad propicia para miedos y deseos, que son la simple manifestación de una intuición muy simple: existe algo más de lo que experimentamos. Sin embargo, miedos y deseos nos hacen creer que ese algo más son otros fragmentos de infinitud para recortar, fragmentos que nos pueden dar dolor o felicidad. Así, el alejamiento del ser humano de lo real, a través de su fragmentación, se hace interminablemente.

La parcelación mental de la infinitud nos ha llevado a olvidar que todo ladrillo de toda realidad de todo ser humano está hecho con la misma arcilla de la infinitud. Esta desmemoria nos obliga a elegir entre el yo y la infinitud, entre nuestra realidad limitada y lo real ilimitado. La cuestión subyacente es primordial: ¿podemos existir como individuos sin la noción que nos describe? Es decir: ¿existimos antes de pensarnos?

Por estar ubicada al final de la mente, donde el pensar se desmaya frente al precipicio de la infinitud, esta pregunta no puede tener una respuesta que no sea un grito temeroso, un rechazo dogmático o una inefable sonrisa a media luz. Así las cosas, lo que sigue es un simple acercamiento a ese umbral ubicuo y oculto de la infinitud.

Pensar y llenar

Vivimos en la atmósfera generada por el pensar, cuyo movimiento siempre crea algo sin tener el tiempo ni el interés para experimentarlo realmente. Es cierto, el pensamiento sabe describir sus creaciones, pero nuestra capacidad para vivirlas con plenitud se ha anquilosado, porque nos hemos acostumbrado a conformarnos con la incesante producción de la mente. Por eso el pensamiento está encadenado a su actividad explicativa, que confundimos con lo real. El pensar, impasible y absorto en su ritmo maquinal, entre más se refina y crece, más se muestra complacido consigo mismo y desprovisto de una dirección.

Hoy en día utilizamos el pensamiento para no indagar, es decir, no tanto para abrir espacios nuevos –función originaria y esencial de la intuición y la especulación– sino para llenar de conceptos los espacios ya conocidos, inflándolos de datos y productos, a tal grado que nos parece vivir en un mundo siempre más amplio psicológicamente. Esta manera de utilizar el pensamiento –reiterativo y mecánico en su forma aun cuando todavía original en su contenido– es al mismo tiempo síntoma y antídoto: síntoma del miedo que el hombre le tiene a la infinitud, y antídoto que utiliza contra la infinitud misma. Tanto la infinitud como la ansiedad que nos provoca las rellenan las creaciones de los movimientos mentales que desmiembran lo real para atribuir un nombre y una forma a las fragmentos que resultan. Fragmentado y nombrado lo real, el pensamiento crea la realidad que luego disfrutamos y sufrimos como imagen del mundo.

El resultado de esta fragmentación es la alteración de lo real –de por sí libre de fragmentaciones superfluas o postizas– atiborrándolo de nombres y formas cuya representación, bien triturada por los dientes del pensamiento, lo eclipsan. De hecho, si un espacio vacío es dividido en partes, ya no es vacío, porque contiene por lo menos las divisiones que cautivarán la atención obscureciendo la esencia vacía de ese espacio. En fin, nombrar tiene el efecto de separar, que a su vez tiene el efecto de llenar de límites la realidad percibida y así encubrir lo real. Al igual que una película, que no es la simple suma de sus fotogramas sino su invisible y forzosa sucesión, lo que experimentamos surge entonces del movimiento de pensar.

El pensar se alimenta a sí mismo a través de sí mismo, transforma todo lo que imagina en una parte de sí. Esta implacable voracidad, este incesante trabajo, es la reacción del yo que, frente a la infinitud, intuye la posibilidad de no existir como ser independiente; de no ser más que una línea de demarcación, una representación artificiosa de un pedazo de lo real. El pavor que le provoca al yo verse como la simple denominación de una identidad falsamente emancipada de la infinitud, lo apremia para que llene su realidad de otros nombres y otras formas. De esta manera, el yo contrapone a la inconcebible y aterradora infinitud de lo real la monumental pero mensurable abundancia de lo imaginable.

Palabras

Para eludir o resistir a la infinitud de lo real y transformar la finitud mental en un paisaje común y compartido, utilizamos el lenguaje. He ahí la contradicción originaria de la palabra (y de cualquier verbo) que, para representar lo real, lo oculta con una copia en la que nos hace vivir. “Los limites de mi lenguaje significan los limites de mi mundo.” Esta proposición de Wittgenstein define claramente el rol defensivo de la palabra con respecto a una realidad ilimitada. Una proposición que puede ser tres cosas: 1. La melancólica rendición a una realidad terriblemente estrecha. 2. El principio que guía la colonización lingüística de todo lo que se puede alcanzar con el pensamiento. 3. Un reto para los aventureros más atrevidos y una exhortación a ir más allá del reino de las denominaciones.

Las palabras son los cuchillos que siempre hemos utilizado para desgarrar la plenitud insostenible de lo inefable. Las palabras son los desarmadores con que desmontamos lo real y son los molinos para molerlo hasta transformarlo en una papilla comestible para la mente. El pétreo ejército de las palabras despedaza lo que excede a la comprensión mental para luego recomponerlo y envolverlo en la red de los significados. Esos significados asedian a la infinitud con las palabras que quieren honrarla. Absoluto, Verdad, Dios: mayúsculas que son simplemente la equimosis alrededor de las lesiones provocadas por los hormigueros de las minúsculas. Con las palabras tratamos también de suturar aquella herida originaria en lo inefable de donde hemos nacido. Como si quisiéramos rendirle homenaje con una evocación de la unidad primordial que hemos quebrado para poder existir como yos; como si quisiéramos volver a lo indiferenciado, pero conservando el reconocimiento conquistado de nuestro yo diferenciado.

Conceptos

También los conceptos pertenecen a una dimensión que lo real ignora. Lo real es libre de todo concepto, incluso del concepto de lo real. Sin embargo, los conceptos que la actividad mental crea, ensambla y finalmente ingiere, son estructuras ortopédicas que sostienen nuestra realidad armando informaciones y significados. Con esta actividad estructural, la mente se revela entonces como los cimientos y el muro de carga de una realidad que no existiría sin que la mente la pensara. Y esa realidad se aleja de lo real exactamente por ser una descripción de lo real mismo, por ser un intento de definir la infinitud.

El pensamiento es entonces el maquillador artístico de la realidad que vivimos y compartimos; una realidad que, con unos conceptos bonitos que sirven como cosméticos, trata de parecerse a lo real o, por lo menos, de ocultar su desemejanza con ello. Nos hemos acostumbrados a esa vieja actriz con un maquillaje excesivo que se hace pasar por lo real, y nos resulta difícil renunciar al placer indolente de contemplarla sin dudar de su naturalidad.

Pulverizado por el irrefrenable movimiento del pensar, el exceso de visibilidad oculta lo real, ya que la estructura nocional donde lo hemos confinado lo transfigura en la manifestación del pensamiento mismo. Entonces, tal vez por pereza y costumbre, nos gusta creer que movernos incesantemente entre los pensamientos, como simios brincando de un árbol a otro, es lo que nos ampara de la amenaza de la infinitud. Sin embargo, cuando la obsesiva oscilación de pensar nos deja exhaustos bajo el altar de la mente, le pedimos ayuda a otras obsesiones sucedáneas (que generalmente agreden al cuerpo) o a los psicofármacos, para que detengan el insoportable aquelarre mental.

 

Una concepción inmaculada

Cuando el pensamiento piensa, es decir, cuando se mueve y nombra pedazos de la realidad, la infinitud “crea” de inmediato una multitud de cosas finitas. En otras palabras, lo único ilimitado se ve a sí mismo como múltiple limitado. Obviamente, es el pensamiento el que define y nombra esos límites, y hay que preguntarse si es posible que un movimiento mental no oculte lo real generando las sombras de una realidad conceptual. La pregunta sería entonces: ¿es posible un pensamiento transparente que permita vislumbrar lo real? ¿Es posible un pensar que acepte lo real como el río acepta la lluvia que lo llena y el mar que lo acoge? Es posible un pensamiento que descubra, a través del silencio, su origen en la infinitud y su condición unitaria con ella? Dicho en otra palabras: ¿Es posible una concepción inmaculada?

El dogma católico de la Inmaculada Concepción está ligado a la maternidad virginal de María. Tratar de leer a la madre del Mesías como la alegoría de una mente pura puede ser teológicamente absurdo y psicológicamente aventurado, pero fructífero e interesante. El vientre grávido e incorrupto de María sería así el símbolo de una mente que, aun moviéndose y interactuando con la realidad humana, se mantiene cristalina y unida a la infinitud. La concepción del Hijo de Dios por parte de María parece ser el indicio de cómo concebir (o sea, cómo pensar) la manifestación de lo real con una mente quieta, incluso inmóvil. Una mente que no es la selva de conceptos que crean la realidad del mundo. Una mente que se libera de la onanista identidad individual para que el silencio en el que se establece pueda fecundarla.

La concepción de Jesús habla alegóricamente de la posibilidad de que la mente acceda a la verdad. Es la realidad del mundo que regresa a la verdad de lo real. María representa, entonces, la pureza virginal, no tanto del cuerpo (que en su naturalidad ignora libre y alegremente los límites entre pureza e impureza) sino de la mente: una mente que sabe concebir sin que su movimiento genere la opacidad del mundo; una mente que sabe estar frente a lo real sin reproducir una copia conceptual de ella con imágenes y nombres. María es la figura de la mente que, libre de la artificiosidad conceptual, puede ser fecundada por la pureza de la infinitud, por la plenitud de lo real.

Causa y efecto

La supremacía del hecho de pensar en la experiencia humana nace de rendirse a la maravillosa ilusión del principio de causa-efecto. Aceptado y venerado, ese principio ha desenredado el Caos primordial, plasmando el Cosmos con su lógica lineal y deleitando al hombre con concatenaciones y ensamblajes, estructuras y procesos. Esas formas mentales son caravanas de conceptos que han hecho del mundo una enorme y muy transitada vía de comunicación para el pensar.

El principio de causa-efecto es el eje maestro del pensar. Debido a ese principio, cada relación entre dos entidades se torna narración y destino, trama y fin. La trama que pone en orden los hechos siempre es posterior a lo que ha pasado, el destino siempre es una lectura sucesiva a la vida, que trata de estructurarla para darle un sentido y un fin. En el presente nunca hay trama o destino, ya que, en el puro instante, no hay pensamiento. Sin embargo, para la mente es muy agradable y alentador construir cadenas de causas y efectos. Por eso el pensar inventa fronteras que constriñen lo real dentro de un esquema para luego despedazarlo y recomponerlo con el principio de causa-efecto. La realidad esculpida con los perfiles afilados de los conceptos se refleja también en el principio de no contradicción y en la dualidad del código binario, hermanos del principio de causa-efecto.

Una razón dualística reglamentada por los principios de no contradicción y de causa-efecto tiene como único sentido la búsqueda de explicaciones, la creación de nexos y la confección de lógicas. Todo eso crea el movimiento del pensar. Esta función de la racionalidad es fundamental en el mundo de la praxis, mas ha salido de su ámbito colonizando también terrenos donde la especulación del pensar devasta al paisaje natural.

La fe de la razón colonial

 

Este arrogante desbordar se hace evidente cuando, observando al pensamiento, notamos que se inclina siempre a ponerse en el centro de la única realidad que reconoce: la suya. Crea, no revela; produce, no descubre; da vida, no da acceso. Es tranquilizador, eso sí, porque encasilla todo en lo conocido y le garantiza al yo que ninguna realidad existe antes de haber sido conformada por una forma y un nombre. Incluso el mal es una realidad que el pensar nos ofrece para confortarnos, ya que con la idea del mal, en efecto, lo incomprensible se convierte rápidamente en lo inaceptable que, por lo menos, puede ser encasillado en la estructura mental de la ética. Si el horror por lo incomprensible es devastador, porque no permite ningún apoyo lógico, la aversión por lo inaceptable sustenta la identidad del individuo, porque le permite leer el mal a través de sus valores y tener a la debida distancia lo incomprensible. Es así que el pensar, ayudándonos a construir una realidad psicológicamente habitable, nos aleja de lo real para encerrarnos en lo describible y consolarnos con lo representable.

Reducir la existencia a lo que es pensable puede ser una simple inclinación; reducirla a lo que se puede definir racionalmente, probar científicamente y realizar técnicamente ya es una mutilación autoinfligida. Para la racionalidad dualística, antes del pensar no hay nada. Hay algo abajo (el inconsciente psíquico), algo arriba (la fe) y algo a lado (el arte), pero antes no hay nada digno de atención. Existe sólo lo que se puede pensar y, en efecto, también la psique, la fe y el arte pueden pensarse. A la racionalidad occidental nunca le ha interesado lo antes-de-pensar porque es un espacio donde la realidad es simple existencia que no necesita la carga de la prueba, que entonces no se deja inmovilizar por las pinzas del pensamiento dualístico. Todo el pensamiento occidental es un análisis de la realidad a partir del hecho de pensarla. Lo impensable entonces no es real, y si fuese real de todas maneras no sería accesible y utilizable. Allí está la fe que ampara la racionalidad dualística, ya que a la plácida contemplación de la infinitud el hombre seducido por el pensamiento ha preferido el acto de fe que limita la realidad a lo que puede pensarse.

La mente creacionista

Esta elección restrictiva se explica con la tendencia del ser pensante a ponerse siempre en el centro de la escena, mientras la infinitud, por el contrario, demuele todo esfuerzo del hombre para quedarse en su creación. Lo hace perjudicando las certezas del pensar, y puede hacerlo porque antecede al movimiento mental. Lenguaje, racionalidad, técnica: los instrumentos que el hombre se ha dado para construir e interpretar el mundo nacen en una dimensión que lo aleja de la infinitud, es decir, en la dimensión del pensar que fracciona la realidad para administrarla. El pensar –filosófico, teológico, psicológico o científico– es por ende intrínsecamente creacionista, en el sentido de que no puede hacer más que ocuparse de lo que él mismo crea. Hasta el creador por excelencia, Dios el Altísimo, resulta reducido a una creación mental cuando admitimos la posibilidad de entenderlo, describirlo, acercarlo con conceptos y palabras, porque así entra en la jurisdicción del pensar.

Mimetizándose entre los innumerables mundos que crea, el pensar se oculta al sujeto que piensa y así le hace creer que la creación de su pensar es la realidad. Pensar es crear, y crear es creerse un creador, es decir, un individuo separado de la realidad que ve y habita. Así las cosas, no hay posibilidad de acercarse a lo que antecede al pensar, a la infinitud, a lo real indiviso, porque si el pensar es el artífice de muchas creaciones, lo real no tiene nada que ver con ninguna creación. Sin embargo, la infinitud no es solamente lo que no se manifiesta; es también el espacio de toda manifestación, incluyendo la manifestación del pensar. Por eso no es accesible al pensar, que trata inútilmente de domesticarla imponiéndole forzosamente nombres, formas y estructuras.

El desafío de la infinitud

Los antiguos lo sabían. Si el pensar no se torna aliento y carne, se queda muy distante del conocimiento. Cuando la escritura se transformó de simple utensilio en memoria del hombre e inventora de mundos, tomó el carácter de una tecnología que permite al pensar crear ángulos racionalistas y vapores místicos, orificios poéticos y brincos científicos, juguetes artísticos y esferas ideológicas. Por eso Platón desconfiaba de la escritura: pensaba que la transmisión del conocimiento sin la presencia del maestro que lo imparte difícilmente puede transformarse en experiencia. Y el conocimiento sin experiencia no es una investigación de la realidad, es una simple ocupación del espacio mental. Si los conceptos no desembocan en experiencias para luego regresar a la infinitud de donde han salido, se tornan promotores de un mundo mental bulímico y asfixiante que se cree dueño y principio de la realidad.

Cuando los hombres dejaron de jugar con el espíritu y se volvieron severos administradores de ideas y fes, cuando empezaron a considerar la identidad personal como algo que defender de la infinitud, allí perdieron un pedazo esencial de la naturaleza humana, esa parte esencial del ser humano que se encuentra antes de su pensamiento y que hace de los miedos y los deseos banales bagatelas del destino. Acercarse a ese espacio sin perímetro que es la esencia de lo real y el manantial de las realidades percibidas, explorar el silencio silenciado por el ruido del pensar, es el reto que nos lanza la infinitud. Rechazar ese reto significa condenarnos a conocer lo impensable solamente a través de sus efectos en nuestra vida pensable