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La Sonora Santanera comprobó en la Sala Neza que la música es puro goce

La Sonora Santanera comprobó en la Sala Neza que la música es puro goce

Bajo el proscenio, entre butacas, incluso sentados, de cachetito raspado y hasta de latiguito bailaron los asistentes al recital. Foto Barry Domínguez

La Sonora Santanera comprobó en la Sala Neza que la música es puro goce

Se fundieron dos entes en apariencia antagónicos gracias a los arreglos de Bernardo Quesada y la dirección de Rodrigo Macías. Foto Barry Domínguez

Pablo Espinosa

Señoras y señores, con ustedes La Única, Internacional Sonora Santanera.

Y hacen su entrada triunfal, desde la misma puerta donde salen los directores de orquesta, 12 músicos vestidos de fiesta, igualitos que el personaje de su pieza más celebrada: La Boa: un magnífico bailarín de La Habana, “que anda siempre muy bien vestidito/ y parece un maniquí/ todos lo conocen por Panchito/ porque baila el cha cha chá/ Es La Boa/ Es/ La Boa/ Es…

La Boa y otros 18 temas clásicos de la Sonora Santanera retumbaron la noche del sábado en presencia del rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Narro Robles, y el mediodía de ayer en la Sala Nezahualcóyotl, en un concierto coordinado con el Instituto Nacional de Cancerología, como acto simbólico en la lucha contra el cáncer.

Mi corazoooón/ es para tiiii/ mi corazoooón/ es para tiiii…

Rodrigo Macías a la batuta cumplió con creces su función de gran director de orquesta: marcó las entradas a los integrantes de la Ofunam, al trabuco de tompetas de la Santanera y al público que palmeó, bailó, coreó, danzó, gozó durante dos horas una fiesta mágica y jolgoriosa.

Fundir dos entes en apariencia antagónicos: una orquesta sinfónica y una orquesta de baile, con sus trompetas entre mariachi y jazz, sus congas y sus gozaderas, fue de lo más sencillo, gracias a los arreglos de Bernardo Quesada, que embonaron a la Ofunam como una expansión sinfónica de la sonoridad Santanera.

A La Boa siguó Mi adiós, mientras entre el público empezaron a volar bufandas, pesados abrigotes, gorros y demás pertrechos contra el frío. En instantes, el coso sinfónico se convirtió en caldero.

Te digo adiós/ te deseo muuucha suerteee/ y que logren quererteee/ como te quiiise yooo…

De repente, como impelidos por algún duende tíbiri, todos los integrantes de la sección de cuerdas se levantaron a bailar, en una coreografía de ensueño. Bueno, no todos; el violinista del cuarto atril no se movía, ante la reprobación de uno de los concertinos, sentado en la butaca a mi lado: Se ve mal el compañero, si no le gusta que lo liberen, comentaba.

Mientras la fiesta seguía, con situaciones hilarantes, como cuando los músicos de la Ofunam imitaban/parodiaban/homenajeaban los gestos corporales de los Santísimos Santaneros, dueños de una mímica entre presidentes de la República (Jolopo esquina con Echeverría) y pajes y chambelanes de fiesta de quinceaños.

Si el primer trompeta santanero ejercía bonito solo, su compañero de a lado, alado, extendía hacía él su brazo izquierdo, en señal de aplaudan todos.

Si mencionaban ante el micrófono el nombre de alguno de los muchos Santaneros fundadores fallecidos, la mano derecha se elevaba al cielo, en señal de descanse en paz, amén.

Si el giro rítmico cambiaba a cha cha chá, entonces se volvían Tintán, Resortes, bailarines tíbiris.

Perfume de gardenias/ tiene tu boca,/ bellísimos destellos/ de luz en tu mirar…

Ándele, señora, anímese, saque a bailar a su comadre; si el señor vino con el compadre, sáquelo a bailar, total, ya estamos aquí. Animaba uno de los tres cantantes Santaneros: Este es un sueño hecho realidad, hace muchos años que queríamos un concierto con sinfónica y ya lo logramos. Muchos dicen que esta es una sala de conciertos y hay que guardar compostura, pero la música es goce y esta música es para bailar, así es que señora, anímese, saque a la comadre a bailar.

Y bailaron multitudes. Bajo el proscenio, entre butacas, incluso sentados. De cachetito raspado, de latiguito, sobre un ladrillo. Pero eso sí, como hay que guardar compostura con las posturas, nada de cartoncito de cerveza. Mucho menos de a tamal.

Estooooy/ pensando en ti/ lloraaaandooo…

Pero todos reían, se sonreían, se carcajeaban. Y algunos pocos les gritaban: shhh, porque se supone que estamos en concierto, a lo que los interfectos respondían con bonitas evoluciones de baile, cantando:

Fue en un cabareeet/ donde tencontré/ bailaaandooo…

Iniciaron así, de manera tan gozosa, las celebraciones por el 60 aniversario de la Sonora Santanera, mejor conocida como la Santísima Santanera.

Cuando aparezcan los hilos/ de plata en tu juventud/ como la Luna cuando se retrata/ en un lago azul…

El éxito de la Santísima Santanera no cesa. Sus integrantes son hijos de los fundadores, de los cuales sólo quedan tres entre sus filas. Los tres cantantes imitan la voz de los originales, cantan de manera fotostática y no podría ser de otra manera. Así sonó en la radio, así sonó en el antiguo teatro Blanquita. Así sonó y así suena. La música que llegó para quedarse.

Bómboro quiña quiñá/ bómboro quiñá quiñá/ quiñá quiñá/ el bómboro…

En medio del delirio, el público no cesa de bailar, reír, gozar. Nada de los dramas de Mahler, nada de las tragedias ni el angst del Sturm und Drang. Que llore Schubert, que entristezca más Feliz Mendelssohn. Aquí se trata de la pura gozadera.

Y al final, la serpiente se mordió la cola: así como empezó el concierto con La Boa, así culminó, como pieza de regalo:

Ya los periodistas lo saben/ lo saben/ y también Los Pumas/ lo saben/ lo saben/ los que están leyendo/ lo saben/ lo saben/ y los que me faltaron/ lo saben/ lo saben…