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Lorenzano llama a recuperar la parte ética del ejercicio literario

Lorenzano

Me pasé un buen rato, unos cuantos meses, con esas lecturas, muy sacudida, muy dolida, muy encabronada, cuenta la también poeta a este diario Foto Luis Humberto González

Lorenzano

Me pasé un buen rato, unos cuantos meses, con esas lecturas, muy sacudida, muy dolida, muy encabronada, cuenta la también poeta a este diario Foto Luis Humberto González

Ericka Montaño Garfias

En la novela La estirpe del silencio hay dos temas evidentes: la trata de personas y la memoria. Pero este nuevo libro de la narradora y poeta Sandra Lorenzano va más allá de esas dos lecturas: es una apuesta literaria por hacer justicia, uno de los grandes temas pendientes en nuestro país.

Cada día, cada hora, cada minuto una mujer es víctima de la violencia, desde doméstica y sicólogica, hasta las que caen en las redes de la trata de personas. Las noticias se repiten cotidianamente y Lorenzano (Buenos Aires, 1960) las lleva al territorio de la ficción por medio de personajes como las hermanas Claire y Anette, las referencias a la terrible niñez de Margarita Carmen Cansino, que llegó a convertirse en símbolo del cine hollywoodense con el nombre de Rita Hayworth, y está ambientada desde los inicios del siglo pasado –especialmente en la década de los 30– hasta 1987.

En La estirpe del silencio (Seix Barral), la mejor novela que Lorenzano ha escrito hasta el momento, hay guiños también al género policiaco, a su biografía y a la de Sor Juana.

El dolor como costumbre

–Hay muchas lecturas. Al terminar de leerla queda esta necesidad de hacer justicia, pero también de impotencia.

–Uno de los grandes temas del libro, de los que quise que quedaran ahí con fuerza, y me alegro que lo hayas visto, es el tema de la justicia, por eso me emocionó tanto cuando Rafael Estrada, director del Instituto Nacional de Ciencias Penales, me invitó a presentar la novela a estudiantes de posgrado en ciencias penales. Uno de los grandes temas pendientes en nuestro país es el de la justicia, sin duda. Esta semana que estamos especialmente tocados y sensibles por el informe de Ayotzinapa, ¿qué decir de la justicia, no?

“Te voy a contar un poco cómo surge la idea de este libro y vas a ver que tiene relación con esto que dices: este es un país donde el tema de la violencia, en especial contra las mujeres, es muy terrible, con datos escalofriantes que nos han colocado en un vergonzoso lugar destacado, tanto en América Latina como en el mundo. Como sociedad –y ahora vamos a ver qué pasa con Ayotzinapa– pareciera que cada vez estamos más acostumbrados al dolor, más resignados a que no se puede hacer nada. Leemos noticias atroces en los periódicos todos los días, vivimos instantes de horror y después la vida sigue, porque tiene que seguir.”

Si como sociedad no estábamos (estamos) haciendo nada, Sandra se dio cuenta de que desde su escritura tampoco estaba haciendo nada. Me pareció que era hora de actuar; en realidad estoy haciendo un relato racional y consciente de algo que no fue tan racional ni tan consciente. Primero, porque es un compromiso ético; hay que recuperar la parte ética del ejercicio literario, la literatura es quizá la que te permite tocar directamente la afectividad y la emotividad de quien se acerca a la palabra escrita.

La historia no nació de la ficción, sino de la lectura de estudios sobre violencia de género, las redes de trata y sobre violencia intrafamiliar, entre otros temas. “Me pasé un buen rato, unos cuantos meses, con esas lecturas, muy sacudida, muy dolida, muy encabronada también, muy indignada, y con una sensación de gran impotencia.

Me parece que una no puede decir que se es comprometida, ética, tan preocupado por la realidad y pensando eso; yo no estaría en paz conmigo misma, si no hubiera convertido todo esto en una novela, que es lo único que sé hacer, de verdad, eso y pararme en un salón de clases. Para mí sí era un compromiso ético; claro, cada historia te pone la piel más chinita, cada historia te retuerce más el estómago y por eso también la novela, porque era para mí una manera de plantear, es que eso no lo puedo contar mucho, pero de plantear una salida a esto, aunque fuera a través del gusto que me daba escribirla.

Propósitos de la escritura

No se trata tampoco de dar lecciones o de esperar una respuesta del lector. No creo que vaya a cambiar nada el libro. Creo que ningún libro de literatura ha cambiado nunca nada, quizá sí haya provocado pequeños cambios en cada uno de los lectores. Si puedo provocar esos pequeños cambios, está increíble. La literatura, la prosa y la poesía abren canales sensibles, y en la medida en que uno abra los canales de sensibilidad también puede mirar de otra manera la realidad. Hacer más allá de eso no corresponde a la literatura.

–En la novela se repite la frase guardianas de la memoria. ¿De qué memoria es guardiana?

–Hay una memoria familiar, le sigue la memoria que llega con mi historia (el exilio, México, el temblor del 85), y después hay una memoria elegida. La que sientes que es tu deber ético cuidar. Y en esa memoria elegida, uno de los temas tiene que ver con la violencia en contra de las mujeres. Me interesan muchos otros asuntos, pero éste tocó fibras muy íntimas; será porque soy mujer, porque tengo una hija, porque he visto cantidad de compañeras, amigas, colegas, que, de una u otra manera, han sido víctimas: he visto cómo se naturaliza la violencia contra las mujeres, y cómo se niega, o la dificultad de tantos hombres para reconocerla. Entonces esa también es la memoria que elijo.

La novela se presenta el miércoles 30 de septiembre a las 18 horas en la Universidad del Claustro de Sor Juana (José María Izazaga 92, Centro Histórico).