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“Los alfareros debemos tratar a la tierra como a nuestra madre”

“Los alfareros debemos tratar a la tierra como a nuestra madre”

Carlomagno Pedro Martínez, Premio Nacional de Ciencias y Artes en Tradiciones Populares. Foto Víctor Camacho

Ángel Vargas

Carlomagno Pedro Martínez es un hombre de tierra. No sólo porque a través de ella mantiene un estrecho vínculo con sus ancestros y su cultura materna, la zapoteca. También porque, a lo largo de 45 de sus 49 años de vida, ha sido su medio de subsistencia y la materia para dar rienda suelta a su desbordada imaginación.

Ello explica el profundo cariño que guarda por ese elemento, así como la forma reverencial con la que se relaciona con él y lo trata, de manera incluso religiosa, aspectos que le fueron inculcados desde edad muy temprana en el seno familiar.

Siempre hago mi trabajo con un margen de respeto por la materia; es muy importante. Nosotros (los alfareros), como decía mi abuela, debemos tratar a la madre tierra como si fuera nuestra madre de carne. Nunca debemos olvidarlo, como tampoco renegar de nuestras piezas, explica.

Trabajar es uno de los momentos más placenteros y felices de la vida. Uno debe hacerlo de manera respetuosa y de buenas; es el ritual de la creación y se debe estar de buen ánimo, para que las piezas proyecten la energía positiva. Si uno no está bien, es algo que enseguida se nota.

Originario de San Bartolo Coyotepec, pueblo zapoteca enclavado en los valles centrales de Oaxaca, Carlomagno Pedro Martínez es uno de los artesanos más renombrados del país especializado en dominar y moldear el barro negro, uno de los distintivos culturales de esa entidad sureña.

Su talento y la originalidad de sus diseños, en los que la simbología prehispánica se entrevera con elementos contemporáneos, le han valido el reconocimiento más allá de nuestras fronteras.

Piezas suyas figuran en museos y galerías de Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Alemania y Japón, así como en varias colecciones privadas.

A esas satisfacciones, como él les llama, ahora se suma el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2014, en el campo de Artes y Tradiciones Populares, que comparte con Alberto Vargas Castellano, cantador de la etnia Pima, de Chihuahua. Este es el motivo de la charla que el artesano acepta con La Jornada, durante la cual cuenta que la alfarería es un oficio que le viene de estirpe.

Tanto su familia paterna como la materna, refiere, se han dedicado a este quehacer desde tiempos inmemoriales. Es una herencia que recibió con orgullo de sus padres a los cuatro años de edad y que se ha propuesto transmitir a sus dos hijos: Los dos ya están dentro de la tradición, pero dicen que quieren estudiar medicina y pues no los puedo obligar a ser lo que no quieren, indica.

–¿Cómo se siente por este premio?

–Es una satisfacción y el resultado del trabajo de mi familia: de mi papá, mi mamá, mis hermanos, mis hijos y esposa; porque, en conjunto, la familia es la base de la sociedad y la nación mexicana.

Esto me llena de orgullo. Los que somos mexicanos en cuerpo y alma creemos en nuestro país, en lo que estamos haciendo, y este es el reconocimiento a eso que estamos proyectando.

–¿Qué tan antiguo es su oficio y cómo busca enriquecerlo?

–En San Bartolo Coyotepec han trabajado el barro durante muchas generaciones. Hay datos de vestigios arqueológicos que ubican este trabajo en más de 2 mil 500 años de antigüedad.

“Es un pueblo netamente indígena, con una tradición milenaria. Y mi trabajo es el resultado de ir investigando, adentrándome en la búsqueda de nuevas alternativas, de innovar lo que nos heredaron. Aunque al innovar, también, uno regresa a la estética antigua.

“Eso es lo que me ha motivado, porque originalmente mis padres fueron maestros de la técnica de la cerámica en barro negro, pero conté con la suerte de tener instrucción en artes plásticas.

“Soy egresado de la primera generación del Taller de Artes Plásticas Rufino Tamayo, que dirigía el finado maestro Roberto Donis. Al estar en contacto con mis compañeros pintores, siempre me definí por seguir la técnica de mis ancestros.

Hago gráfica, sé las técnicas de la acuarela y el óleo, pero lo que más me ha motivado es seguir la tradición de mi familia y mi etnia. Por eso sigo trabajando el barro.

Cruce de dos mundos

–¿En usted, entonces, se entrecruzan dos tiempos y dos mundos: el ancestral y el contemporáneo, el indígena y el occidental?

–Exacto. Me nutro de la cuestión indígena, del arte originario, pero soy contemporáneo. Dice alguien por ahí que los artistas somos los testigos de nuestro tiempo, y como tales tenemos que plasmar las vivencias actuales y proyectar un mensaje en nuestro trabajo. No sólo es el arte de reproducir objetos bellos utilitarios.

–¿Tuvo claro desde siempre que quería dedicar su vida a la alfarería?

–Estuve muy tentado de ser abogado o entrar a la milicia, pero finalmente ganó la sensibilidad que nos hereda la cerámica.

Empecé a trabajar el barro negro desde los cuatro años, actualmente tengo 49, entonces llevo 45 de estar en esto, dialogando con mi propio corazón. Y esa es una ventaja, porque nací en una familia de artesanos en barro negro.

–¿Tiene alguna obsesión o gusto en especial que retrate su trabajo?

–La muerte, en particular, es un pretexto para expresar mis emociones, y hay bastante tela de donde cortar con ese tema. Es para mí un icono de identidad de México. Tengo más de 30 años representando este tipo de escenas y eso me ha dado un sello característico.

“Recuerdo un artículo que salió en España en 2005 cuando fuimos a la feria de arte de Madrid, alguien escribió que en mi trabajo se reflejan los traumas de la conquista de México.

Trato de expresar lo que somos como país, con símbolos muy claros, como la Virgen de Guadalupe, el tzompantli, la huesuda, la calaca, el diablo, el búho, el perro negro, la mazorca de maíz…

–¿Artista o artesano?

–Es una concepción intelectual de cada quien. Estoy consciente de que lo que estoy haciendo es arte y no me importa que me digan artesano, artista o creador. Es lo mismo para mí; no hay distinción ni me siento ofendido.

–¿Es bien valorado su trabajo?

–Siento que sí, no me puedo quejar; no vivo holgadamente, pero de forma austera tengo todo para mis necesidades. Vivo bien a mi manera; con esto mantengo a mi familia y, como diría don Andrés Henestrosa, ando gastando alegremente mis pobrezas, y eso es lo que me da mi trabajo.

–¿Qué piensa hacer con el dinero del premio?

–Afianzar dos proyectos que tengo en mente. Uno tiene que ver con la educación de mis hijos, quiero hacer un fideicomiso; y el otro, que va muy avanzado, es la Casa Museo Taller Eleazar Pedro Carreño-Familia Pedro Martínez, para proyectar la obra de mi papá, quien de sus 85 años ha dedicado 78 a trabajar el barro negro.