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Los jóvenes no quieren hacer versada; sólo ven el celular

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El respeto a los padres se ha perdido, lamenta don Crisóforo Sánchez. En la imagen, aspecto del festival en JaltocánFoto Laura Celis López/Conaculta

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El respeto a los padres se ha perdido, lamenta don Crisóforo Sánchez. En la imagen, aspecto del festival en JaltocánFoto Laura Celis López/Conaculta

Arturo Cruz Bárcenas

Jaltocán, Hgo. La versada es fácil… para quien la entiende. Para mí lo es; tiene una métrica y no es tan sencillo entenderla porque hay que estudiar. La rima es lo mejor, y yo he escrito un titipuchal. ¡Es imposible saber cuántas! En mi juventud hice muchas versadas, pero ahora son pocas, expresó modestamente Crisóforo Sánchez Trujillo, poeta, que recibió el pasado jueves el homenaje y diploma Creador Destacado y Baluarte de la Tradición Huasteca, dentro del vigésimo Festival de la Huasteca, donde brilla el sonido en los encuentros de huapangueros.

En esa tradición sonora se ubica la aportación de don Crisóforo, quien para caminar se apoya en una andadera metálica. Sin embargo, el ánimo no flaquea y el pensamiento poético le ayuda a seguir. Nació en Huejutla, a media hora de esta población en camionetas que cobran 11 pesos el pasaje, sobre una carretera de maleza cerrada.

Ahora ha vuelto la tradición y hay más versadores, porque ya había bajado. En mi caso me ayuda que he leído, pero hay quienes no fueron a la escuela y hacen buenas rimas. Es natural. La versada es para escribir bonito. Me ha permitido conocer aquí y allá. Tengo cuatro libros y sólo se consiguen en Pachuca, pues para hacerlos fue con apoyo del gobierno, del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta).

Don divino

Lamentó que la juventud no siga la tradición de versar. No quieren, por más que se les dice. La composición es cultura y la cultura es vida. Les da flojera y sólo quieren oír la radio o su celular todo el día. Tienen muchas distracciones, que cuando yo era niño no había. Antes había más respeto. El respeto a los padres se ha perdido. Antes, qué iba uno a fumar un cigarro delante de los padres. ¡Te torteaban la trompa! Ahora toman papá e hijos. Huejutla era muy chiquito, pero bonito. Creció y ya hay hasta Chedrahui. Había verde y jugábamos a lo natural, el trompo, las canicas. Todo eso ya no es. Había naturaleza y animales, que se van cuando llega el hombre, el cemento.

La mujer es el tema principal de sus composiciones. “¡Cómo no! Claro que se puede enamorar a una mujer con versos. ¡Cómo no! Esto, si uno se los dice en público o a la oreja, aunque en público es mucho mejor. ¿Yo? Yo era muy enamorado cuando era joven. Tengo unos versos pegados en la pared de su casa. De uno se lee: ‘Soy trovador y poeta, decimista y versador; le he trovado a la Huasteca, ya que Dios me dio ese don, saboreando carne seca entre sorbos de licor. Soy escritor y poeta, de Huejutla originario. He escrito de la Huasteca, en especial la de Hidalgo. ¡Y que viva nuestra tierra, donde se baila el huapango!’”

Para la mujer hay muchas versadas, “que no fallan. Hay una que dice: ‘Vida mía, no pienses tanto para decirme que sí. Aunque veas que gozo y canto, pero sabrás que hay en mí la duda que mata tanto’.

“Hacer versadas es un don de la naturaleza, y a mí la vida me ha dado mucho, gracias a Dios. En mi casa tengo muchos reconocimientos. Este es otro, que se agradece, claro. Lo único malo es que los hijos ya no quieren seguir. Ellos ven la tele y yo sólo por las noticias. No me gusta hacer versos de política porque uno se mete en problemas.”

Manos callosas y sangrantes

Tejer una canasta me lleva unos 15 minutos, pero todo lo demás es más largo, hasta la madrugada, porque la pintura tarda en secarse. Las vendemos a unos 70 pesos, unas; otras de a 60, pero pocos valoran y todos regatean, expresó en entrevista Feliciano Hernández Bautista, quien usa lentes de aro grande porque la vista ya le falla. Don Feliciano recibió el pasado jueves la distinción y diploma creador Destacado y Baluarte de la Tradición Huasteca, que otorga la Dirección General de Culturas Populares del Conaculta.

“Ya llevamos 54 años trabajando este tejido y le estoy enseñando a los hijos y a los nietos. Les enseño que deben pintar con rojo y negro. Estoy muy agradecido; estamos aquí, en esta ciudad.

“Primero se trabajan las tiras. En una semana acabamos 15 canastitas. El material es el otatío, que es muy parecido al carrizo, pero más resistente. Lo vamos a sembrar y a cortar a los planos, no a los cerros. Miden unos cuatro metros de largo y de diámetro unos tres centímetros. Hacemos más piezas como canastos, canastos para acamalla y camarón, que son de tejido muy cerradito. Lo difícil es el secado, que dura tres días, para que agarre la pintura. El negro tarda casi 12 horas y el rojo 40 minutos.

Las canastitas se venden bien en mayo, en octubre, el Día de Muertos. Es injusto que no se valore este trabajo. Trabajamos día y noche y ahorita con el calor no se puede; por eso tenemos que trabajar de las 3 a las 10 de la mañana. Gustan los chiquihuites.

Como a tantos otros artesanos, a él le enseñó su papá, que en paz descanse. Me decía que practicara y que lo hiciera bien. Esto me ayuda porque somos campesinos. Yo enseño a mi hijo el mayor, y ahí viene un nieto aprendiendo. Yo creo que esto no va a morir. En mi comunidad, Huazalinguillo, municipio de Huautla, 95 por ciento se dedica a esto. Somos como 130. Hay que tener mucha paciencia para tejer y pintar los canastitos.

Muestra sus manos y las yemas están callosas. A veces se lastima y sangra. Esto hay que tejerlo rápido y venderlo con gusto, porque va a servir.