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Mikhail Naime en el corazón del pueblo árabe

Por Alexander Naime S. Henkel

En la vasta historia de la literatura árabe existen dos libros que sobresalen por su modesto tamaño y su inmensa sabiduría. El Profeta, de Gibran Khalil, y El libro de Mirdad, de Mikhail Naime.

En la historia moderna de cada literatura ha habido escritores a los que les toca familiarizar a su literatura con las ideas más progresistas de la cultura humana. Estos artistas innovadores aparecen en momentos cruciales en la historia de su sociedad, en tiempos de gran cambio histórico, para crear un estilo único que rejuvenece a su civilización para luego convertirse en referencia universal. Así es como el nombre de Mikhail Naime ha sido y es reconocido en el corazón del pueblo árabe.

A principios del siglo XX, los árabes comenzaban a estar conscientes de su atraso literario, de la necesidad de cambiar su estilo para expresar su vida moderna. En ese mismo período, pero en Estados Unidos, un grupo de jóvenes libaneses y sirios comenzaron a cambiar el panorama de la literatura árabe. Como si estuvieran tratando de comerse el tiempo, rápidamente, esta generación de escritores árabes asimiló las virtudes de la literatura mundial, la ilustración, el sentimentalismo, el romanticismo y fundó su propio estilo, llamado literatura Mahjar.

La luz más brillante de este movimiento literario ha sido y será siempre Khalil Gibran. Pero fue Mikhail Naime, su confidente y mejor amigo, quien le dio dirección a esa hermosa luz y, así, a la literatura que esa generación forjó.

Filósofo, académico, políglota, soldado, dramaturgo, poeta, ensayista y orador, Naime representa el renacimiento de la literatura árabe en las letras modernas. Nació en el otoño de 1889 en las faldas del Monte Sannin, en Baskinta, Líbano, un poblado agrícola de 2 mil personas donde la familia de Mikhail dependía de un pequeño pedazo de tierra. La pobreza en la región provocó que miles de libaneses emigraran en busca de trabajo a todas partes del mundo. Mikhail tenía solamente diez meses de edad cuando su padre se unió al éxodo. Por ello, la madre de Mikhail jugó un papel importante en el desarrollo del futuro autor. Ella se encargó de que el pequeño Mikhail fuera educado en una escuela primaria que constaba de sólo dos aulas, para después entrar a la prestigiosa Escuela Ortodoxa de Rusia, construida en Baskinta. Como consecuencia de ser un alumno excepcional, Naime fue enviado a Nazaret a la Sociedad Imperial Ruso-Palestina. Este recinto lo expuso a cursos de literatura árabe y rusa, materias que nutrieron su naciente interés en la poesía y la prosa. Naime egresó como uno de los alumnos ejemplares de su generación y ganó una beca en 1906 al Seminario Ortodoxo de Rusia en Poltava, Ucrania.

En las aulas de Poltava, Naime perpetuó el mismo entusiasmo académico que le dio fama en Nazaret. El arte, la música y la literatura Rusa movían sus impulsos creativos, y el activismo social y político que Naime vio en Rusia lo volvieron consciente de los problemas de la civilización occidental.

El período de madurez social y literaria de Mikhail estaría siempre atado a Rusia y su cultura. En sus memorias Naime escribe que, durante su tiempo en el Seminario, un mundo nuevo se abría frente a sus ojos. Leía vorazmente. Difícilmente había un autor, poeta o filósofo ruso al que Mikhail no estudiara exhaustivamente.

El estancamiento de la literatura árabe en compa-ración con la rusa y la distancia entre ella y la vida de la gente se volvió evidente para Mikhail, quien escribió: “La pobreza de nuestra literatura y la ineptitud de sus escritores, quienes se interesan solamente en fenómenos exteriores del alma humana, se volvieron cada vez más claros ante mis ojos.” Si antes de este tiempo Naime había envidiado a algunos de los autores y poetas árabes y trataba de imitarlos, ahora, después de los rusos, Naime quedó destinado a cambiar el rumbo de la literatura árabe.

La vida espiritual de Naime creció introspectivamente y, contrario a un seminarista religioso, sus lecturas de Tolstoi y Gorki lo llevaron a personalizar su fe. Esta introspección y descubrimiento interno lo motivaron a encontrarse con una mujer rusa tristemente infeliz en su matrimonio. Mikhail extendió esta relación hasta la conclusión de sus estudios en Ucrania y la mujer pudo entonces regresar a su marido y a su tristeza.

Mikhail no solamente descubrió las virtudes ilimitadas de la literatura, también conoció el espíritu vital de una vida social y políticamente activa. Fue en Rusia donde por primera vez consideró dedicar su vida a la literatura. Su primer poema publicado fue “El río congelado”, en el cual se refiere a Rusia como un río de tórrida corriente que aparenta inmovilidad por el hielo que lo cubre. Su habilidad para esconder profundos y filosos pensamientos en imágenes y palabras delicadas, provocaron la admiración de maestros y compañeros.

De hecho, en su último año en el Seminario los estudiantes se manifestaron en contra de la opresión a sus libertades. Naime fue elegido como el vocero de su causa. Por participar en demostraciones estudiantiles, las autoridades del Seminario decidieron expulsarlo y tuvo que prepararse para sus exámenes finales sin el apoyo de los maestros. En verano 1911, Naime presentó sus exámenes, obtuvo su diploma y regresó a Baskinta.

Una vez en Líbano, solicitó su ingreso a programas religiosos para continuar su educación. Coincidió que su hermano mayor, Adib, quien vivía en Walla Walla, Washington, visitaba en la misma fecha a su madre. Su hermano habló de las bondades de Estados Unidos. Por curiosidad, y para calmar los ánimos de su hermanos, Mikhail solicitó entrar a un postgrado en la Universidad de Washington.

En el otoño de 1911, Mihkail fue aceptado en la universidad y viajó con su hermano a Estados Unidos. Tuvo que aprender inglés en dos meses para poder entender sus cursos de Derecho y Arte literaria. Aunque Estados Unidos no lo entusiasmaba, Mihkail fue uno de los mejores estudiantes de la universidad en su primer año. Para su segundo año pensaba regresar a Líbano, pero fue entonces cuando recibió el primer volumen de al-Funun, una publicación de literatura árabe editada en Nueva York por Nassib Arida. Su contenido era revolucionario e iba de acuerdo con los ideales de Naime. La publicación señalaba una radical distancia del monorrítmico y monométrico estilo árabe de la época. El primer poema de ese volumen estaba firmado por Khalil Gibran.

Naime no perdió tiempo en unirse al movimiento literario árabe que surgía en Nueva York. Desde Washington, mientras estudiaba, envió numerosos artículos de crítica literaria en los que lamentaba la debilidad de la literatura y cultura árabes, en su opinión, los autores de ese momento se apoyaban en los laureles del glorioso pasado literario árabe y se dedicaban a producir trabajos derivativos, nada original. En sus críticas, Naime apuntaba a un rayo de luz entre la oscuridad árabe, que significaba el amanecer de un nuevo sol literario para el mundo árabe; ese rayo era Khalil Gibran.

Conforme empezó a soltar la pluma, Naime se aventuró a formatos literarios más creativos. Sus primeros cuentos eran una combinación ruso-estadunidense que exploraba los temas políticos y sociales de una manera directa, pero con la tradición espiritual de los textos árabes. Sus cuentos tocaban temas como el suicidio, matrimonios forzados, obediencia a las tradiciones, la moral del amor o el infanticidio, siempre con la intención de elevar el espíritu humano.

En 1915, Naime viajó a Nueva York y, junto con Khalil Gibran, fundó la primera asociación de escritores árabes. Al año siguiente, a pesar de los argumentos de Khalil Gibran, Naime dejó a un lado su interés literario y se unió a las Fuerzas Expedicionarias Estadunidenses que lucharon en Francia e Italia durante la primera guerra mundial.

Dejando la pluma por el gatillo, Naime fue testigo de la bajeza de la humanidad. Al conocer con sus propios ojos lo atroz que puede ser el ser humano cuando se le pide lo peor de sí, Naime se convenció de dedicar su vida, cuando terminara la guerra, a pedir del ser humano lo mejor.

De regreso a Nueva York continuó su vocación literaria, pero ya no sólo por el afán de crear. La literatura que él haría tenía un propósito. En abril de 1920, Gibran y algunos amigos escritores árabes formaron la Asociación de la Pluma, al-Rabitah al-Qalamiyyah. El grupo estaba conformado por Nassib Arida, Rashid Ayoub, Wadi Bahout, William Catzeflis, Kahlil Gibran, Abdul Massih Haddad, Nudra Haddad, Elia Abu Madi, Mikhail Naime y Ameen Rihani. Todos coincidieron en que Gibran Khalil, por su talento y fama, debía ser el presidente de la asociación, y también coincidieron en que Mikhail Naime, con su visión y experiencia, debía ser el secretario. Naime fue, entonces, quien escribió los estatutos de la asociación, y así dio dirección a la literatura creada por estos talentosos poetas.

La literatura de la asociación debería ser, escribió Naime, una enfocada en el Hombre más que en el lenguaje, en el Humano más que en las leyes que lo rigen, en el Espíritu más que en la palabra. Las metas de la asociación fueron entonces tanto literarias como políticas, desplegando en cada letra un ferviente humanismo cuyo centro era la liberación a través del espíritu. Los escritos de al-Rabitah eran ávidamente leídos en el mundo árabe, y la literatura de esa civilización empezó a romper con su rígida tradición.

Esta generación de artistas árabes, conocidos como poetas Mahjar, llevó a la literatura arábiga de su edad clásica a la era moderna. Y los que levantaron más peso fueron Gibran y Naime, inseparables amigos.

Fue a Naime a quien Gibran, en el apogeo de su fama, abría y confesaba su corazón y sus secretos íntimos. Cuando Gibran terminó El Profeta, tomó el manuscrito, lo puso en su portafolio y fue a la casa de Naime para que éste lo leyera y opinara. Naime no tuvo palabras.

“Es un librito extraño, Misha”, le dijo Gibran a Naime.

“¿Tú lo escribiste?”, preguntó Naime a un todavía desconocido Gibran.

“Misha, el libro me escribió a mí”, respondió Gibran.

En 1928, Gibran, ya el poeta famoso que conocemos, cayó enfermo. Muchas personas lo visitaban, pero cuando Gibran sintió que estaba en sus últimas, el único hombre que pidió que estuviera cerca de él fue su amigo Mihkail Naime. Hasta que Gibran soltó su último respiro, Mikhail estuvo ahí, a su lado.

Sin Gibran pocas cosas parecían tener sentido. La Asociación de al-Rabitah se desintegró y aunque Naime continuó viviendo en Nueva York, adquiriendo fama y reconocimiento, para él la ciudad era gris y desolada sin el rayo de luz que la iluminaba, sin Gibran.

En 1932, en el apogeo de su fama, Naime decidió regresar a su pueblo natal, Baskinta, donde, en la soledad de la montaña, escribió El libro de Mirdad.

Naime siempre sostuvo la profunda convicción de que el mundo interior del humano, sus emociones, pensamientos, su estructura social y su maestría sobre las fuerzas de la naturaleza, son campos fértiles para la literatura.

Al escribir El libro de Mirdad con inmensa energía y paciencia, Naime ejemplifica la singularidad y la riqueza de la literatura árabe moderna: su humanismo, su constante búsqueda por la verdad, su pureza moral y la justicia.

Este librito extraño, como tal vez pudo decirle Naime a Gibran si hubieran compartido el mismo aire en 1932, contiene todas las ideas que movieron la vida de su autor. La vida de un escritor, sus viajes por las civilizaciones del mundo, sus sacrificios, su experiencia con los extremos del ser humano, lo predisponen a un gran círculo de ideas en el cual es difícil encontrar el centro. Pocas veces un escritor encuentra las palabras para describir tan profunda y concisamente las enseñanzas que circulan en una vida. Aún más raro, que todas esas palabras quepan en un libro de estas dimensiones.

El libro de Mirdad es la historia de una vida. El libro de Mirdad es la historia de todas las vidas