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Nueva exposición en Londres ilustra las peripecias de la ciencia al estudiar el sexo

sexo

La Colección Wellcome pertenece al acervo del Instituto de Sexología en Londres. En la imagen, una espectadora en la muestra. Foto AP

Johnny Walsh

Siempre ha habido un tufillo a impropiedad en los intentos de aplicar la investigación científica a la conducta sexual humana. Cuando Sigmund Freud sugirió por primera vez que la emoción sexual era la clave del trauma neurótico, se le tuvo por loco peligroso. Hasta Maria Stopes, que fue una revolucionaria al sacar las prácticas sexuales a la luz pública, decía a sus pacientes: Por favor no piensen en la mente inconsciente; toda la suciedad de este sicoanálisis causa un daño indecible. Las investigaciones sobre la práctica sexual llevadas a cabo por Henry Havelock Ellis y Richard von Krafft-Ebing fueron recibidas con profundo recelo, en tanto los experimentos de Wilhelm Reich con la caja de orgón (según se muestran en la película WR: misterios del organismo) fueron objeto de un ridículo semejante al de las películas instructivas sexuales suecas de la década de 1960.

Kinsey, el Mengele del sexo

Cuando Alfred Kinsey difundió los hallazgos de sus copiosas indagaciones, en Conducta sexual del macho humano (1948) y su secuela en la hembra humana (1953), los estadunidenses se sacudieron hasta la raíz. Cuando la película Kinsey fue estrenada, en 2004, su tema fue comparado (por el grupo Mujeres Preocupadas por Estados Unidos) con el médico nazi Josef Mengele; un libro condenatorio sugirió que era un homosexual desvergonzado que manipulaba sus cifras de investigación (y a sus colaboradores), en tanto el grupo pro cristiano Generation Life sostuvo: Alfred Kinsey es responsable en parte de que mi generación se haya visto forzada a enfrentar las devastadoras consecuencias de la enfermedad transmitida sexualmente, la pornografía y el aborto. Cuando los sexólogos Masters y Johnson publicaron La respuesta sexual humana, basados en sus investigaciones de laboratorio sobre el intercambio sexual, la universidad que había alojado sus estudios declaró que no tenía idea de lo que ocurría y estaba profundamente perturbada.

La nueva exhibición de la Wellcome Collection sobre los pioneros del estudio de la sexualidad toca todos estos asuntos, pero nos recuerda que “aún nos planteamos, en términos generales, las mismas preguntas que se formularon hace un siglo. ¿Cuál es la conducta sexual normal? ¿Es tal o cual impulso indebido o pervertido? ¿Por qué la religión debe tener poder para dirigir (o restringir) lo que hacemos en la cama? ¿Por qué los gobiernos deben dictar lo que los adultos consienten hacer en privado?

Ningún tema en el campo de las modernas relaciones sexuales ha recibido más atención de la prensa y el público en Gran Bretaña que la pedofilia, pero aún parecemos confundidos en cuanto a lo que es. En el caso de los abusos en Rotherham, los policías que recibieron la denuncia de una joven de 14 años de que había sido sujeta a abuso por docenas de hombres concluyeron que había sido sexo consensual.

La introducción de la exhibición ubica la primera discusión pública del sexo en la Contrarreforma del siglo XVI: más que barrerlo bajo la alfombra como algo inmencionable, la Iglesia católica lo sacó a la luz e instruyó a los fieles no sólo a reconocer en la carne la raíz de todo mal, sino también, conforme al imperativo de la confesión, a declarar todo acto transgresor y expresar de palabra todo deseo.

La exhibición intenta transformar las zonas más escabrosas de la investigación sexual en imágenes y artefactos. Ofrece un trayecto por varias galerías. Una de ellas, denominada La Biblioteca, nos presenta los datos visuales recabados por destacados sexólogos en el curso de los años. Por ejemplo, está Magnus Hirschfeld, médico berlinés cuyo Institut für Sexualwissenschaft promovió el conocimiento científico como forma de contrarrestar el tratamiento injusto de las minorías sexuales, en especial los hombres gays y transexuales: el instituto fue asaltado por los nazis en 1933, y quemaron sus libros y fotografías.

Un siglo antes vivió Krafft-Ebing, el hombre cuyo libro Psychopathia Sexualis popularizó los términos sadismo, sadomasoquismo y fetichismo, y cuya colección de tarjetas postales incluye un encantador estudio de una dominatriz en uniforme de sirvienta bávara que cabalga con entusiasmo a un caballero de aspecto bobalicón que lleva una chaqueta color bermellón y una brida de caballo entre los dientes.

Homosexualidad más natural que volitiva

Havelock-Ellis fue un médico brillante que gustaba de observar y registrar la conducta sexual. Su libro Sexual Inversion, publicado en 1897, dos años después del encarcelamiento de Oscar Wilde, fue el primero en sugerir que la homosexualidad podría ser innata y natural, más que volitiva y perversa. Su propia manía sexual era la urolagnia, es decir, se excitaba de ver a alguien orinando.
Por último, pero con la misma importancia entre los escritores está Henry Wellcome, fundador de la colección que lleva su nombre, un tipo de barba profusa y aspecto heroico cuyo sueño era reunir material ilustrativo de la historia de la salud humana y la medicina. En especial le atraían los objetos de tema sexual de diferentes culturas, y alentaba a ayudantes en todo el mundo a encontrar para él objetos fálicos como evidencia de un culto primigenio y panhumano al pene. Las muestras de Wellcome son la perla de la colección. Escenas eróticas en moldes de yeso, que pasan por antiguas pero datan claramente del siglo XIX, muestran cuán excitados estaban los victorianos por el descubrimiento de imaginería erótica en toda Pompeya. Conchas de cauri y esculturas de fruta de porcelana que se abren para revelar trampas sexuales en el interior. Falos enormes cuelgan de móviles o son apretados en brazos de niños sentados (imagen de fertilidad en las cosechas tempranas). Hay una gynaeplaque, modelo de vagina en esponja, supuestamente de uso didáctico, disponible para inspección (o algo peor) en el lado abierto de un maletín de cuero, circa 1925.

También una magnífica pintura de 1845, titulada El acompañante secreto, que muestra un caballero de aspecto compungido recostado en una chaise longue, completamente vestido a la moda pero apretando significativamente un pañuelo, al parecer en la última etapa de agotamiento mental y corporal debido al onanismo o la autodegradación. Data de una época en que se creía en serio que el dispendio de semen podía causar parálisis.

Histeria y aborto

La llamada Sala de Consultas se centra en dos figuras que ofrecieron solaz a los socialmente perplejos en los albores del siglo XX: Sigmund Freud y Marie Stopes. La invención señera de Freud, el sicoanálisis, fue resultado de su descubrimiento de que los trastornos nerviosos no tenían causas físicas. Entre las pinturas mostradas aquí están tres estudios de una mujer rapada, al parecer presa de la histeria, enfermedad que antes se consideraba resultado de los deseos femeninos no contenidos. Freud se apoyaba en la hipnosis y la asociación libre para desatar recuerdos enterrados.

Fotografías de la Clínica para Madres de Marie Stopes y su caravana de control natal, tirada por caballos, se muestran junto con algunas cartas espléndidas de personas a quienes no impresionaban sus enseñanzas sobre anticoncepción (“Doctora Stopes, regrese a su país –Escocia– a predicar allá sus sucios métodos. La gente decente inglesa está molesta por las sucias sugerencias que usted escribe en Married Love”) y por damas desesperadas que la trataban como a una Pamela Stephenson de la década de 1920 (Querida doctora, le escribo en busca de su amable consejo porque estoy muy preocupada. El hombre con quien me casaré este año tuvo un accidente hace unas semanas y, cuando lo ayudaba a quitarse las ropas desgarradas y empapadas en sangre, no pude evitar notar que sus órganos sexuales son muy grandes, y la idea de tener relaciones maritales me ha preocupado desde entonces, porque soy pequeña en ese aspecto).

Galería de objetos

Una galería llamada La Tienda de Campaña examina los estudios antropológicos de Bronislaw Malinowski, aristócrata polaco que se instaló con los isleños de Trobriand en 1915, comiendo y durmiendo con ellos, y aprendió su lengua. Descubrió que, lejos de ser salvajes gobernados por el instinto y la naturaleza, tenían refinadas normas de conducta sexual. La galería Salón de Clases está dedicada a las asombrosamente detalladas indagaciones sexuales de Alfred Kinsey y su vasta colección de objetos eróticos: en particular, él y su equipo estaban interesados en alfarería erótica peruana, que en su mayor parte representa sexo anal.

Luego de esto, la exhibición pierde gas visualmente, pero el trabajo está muy bien hecho, al poner de relieve que, por mucho que los avances científicos revelen acerca de la conectividad del cerebro, la proliferación de células cancerosas o la clarividencia de la secuenciación genética, la conducta sexual humana rehúye el encasillamiento. Las razones por las cuales A fantasea por B, por qué algunas personas ansían tener sexo con mascotas, calzado o partes de máquinas, en tanto otras desean cambiar el sexo con que nacieron, y por qué prelados y parlamentos, desde el Vaticano hasta África subsahariana, insisten en decir a la gente cómo conducir su vida sexual, siguen siendo, pese a todas las encuestas, investigaciones y taxonomías del mundo, pasmosamente inescrutables.

La Colección Wellcome del Instituto de Sexología en Londres, estará abierta hasta el 20 de septiembre de 2015.