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Rodrigo Moya trabaja como hizo de periodista: en la infantería

Estoy asombrado y me gusta mucho el mundo de la fotografía digital, pues la era digital ha aportado cosas fantásticas, pero realmente me siento un dinosaurio entre palomas saltarinas, por decirlo de forma metafórica, expresa Rodrigo Moya en entrevista con La Jornada Foto Roberto García Ortiz

Merry MacMasters

La fotografía me ha salvado la vida dos veces, expresa Rodrigo Moya (1934). Desertor de la carrera de ingeniero petrolero –no pude con las matemáticas–, por fortuna el joven de 20 años conoció al gran fotógrafo colombiano Guillermo Angulo, en un paso fugaz por México, quien en un solo día le enseñó los principios de la fotografía, de la que me enamoré para siempre y lo salvó del abismo.

Activo como fotorreportero de 1956 a 1968, Moya estuvo alejado de ese oficio más de tres décadas. Sin embargo, la fotografía lo volvió a salvar a los 70 y tantos años cuando llegó a Cuernavaca en 1998, después de una enfermedad muy latosa; vio su archivo, empezó a meterle manoy renació la pasión.

Vuelta al camino verdadero

Entrevistado con motivo de la presentación, anoche en la Biblioteca de México, del libro Rodrigo Moya: el telescopio interior (Centro de la Imagen, 2014), que se dio a conocer en el pasado Festival Internacional Cervantino, Moya comparte que durante un tiempo dejó de considerarse fotógrafo, error que le hicieron ver su esposa, la diseñadora gráfica Susan Flaherty, y algunos amigos. Me decían que siempre llevaba la cámara y tomaba fotos para la revista especializada de pesca que dirigí 21 años, explica.

Según él dejó de ser fotógrafo cuando ya no vivía de esa profesión. Su vuelta al camino verdadero, aunque ya no hace foto, o muy poca, le ha permitido vivir de ella de nuevo mediante la venta de su obra, principalmente en el mercado estadunidense.

Las Colecciones Wittcliff, de la Universidad Estatal de Texas en San Marcos, han integrado un acervo de su obra.

La institución, localizada entre Austin y San Antonio, prepara para finales de año una exposición, mientras la University of Texas Press le publicará un libro. Ambos llevarán por título Fotografía y conciencia.

Al Moya fotógrafo le llamaba la atención sobre todo los movimientos sociales y el campo mexicano. Dice que era fotógrafo desde el momento que abría la puerta y salía a la calle.

La fotografía a puerta cerrada, interior u objetual no me sale. No lo critico, pero no me sale esta forma de ser artista. Tampoco me considero artista. Soy fotógrafo y punto, o ex fotógrafo.

El telescopio interior reúne, por un lado, la voz de Rodrigo Moya y, por otro, la de personas que han escrito acerca de su trabajo. La compilación y edición estuvieron a cargo de Patricia Gola y Alejandra Pérez Zamudio, editoras del Centro de la Imagen, quienes acudieron con el fotógrafo cuando ya estaba muy avanzado el libro.

Moya aportó para la portada una imagen que tenía arrumbada, que le tomó en 1958 el crítico de arte de origen portugués Antonio Rodríguez en la redacción de la revista Punto. Se ve chupándome la lengua y tirando el tabaco del Raleigh sin boquilla, mientras leía un texto de Antonio Rodríguez.

Jamás fue de reflectores

Rodrigo Moya tiene mucho aprecio por los libros: Siempre he pensado que el fotógrafo trasciende por medio de los libros, más que por la obra misma.

Lamenta que no todo mundo llegue a las publicaciones: Luego se repiten mucho ciertos autores. Hay un grupo de fotógrafos que copan las ediciones. Como nuevo integrante de ese grupo de escogidos, responde: “No me lo creo mucho, porque para empezar nunca fui de reflectores y exposiciones.

Mi primera muestra personal fue hasta 2002. Por otra parte, vivo en Cuernavaca dedicado a explorar el archivo que saltó de pronto de una manera muy imprevista porque me fui allá con Susan a escribir, esa era mi idea. No quiere decir que me sienta privilegiado, trabajo como lo hice de periodista, un poco en la infantería. No me promuevo, no toco puertas. Me siento igual que antes, un fotógrafo de base.

–¿Cómo ve el universo actual de la fotografía?

–Estoy asombrado y me gusta mucho el mundo de la fotografía digital. La era digital ha aportado cosas fantásticas, pero realmente me siento un dinosaurio entre palomas saltarinas, por decirlo de forma metafórica.

No me he adaptado a la era digital. Sigo usando una base que es lo que más me gusta, y sobre todo que la fotografía que uno hace termine en un objeto, en primer lugar tangible, y en segundo, perdurable. Por desgracia 99 por ciento de la fotografía que se hace es de ver un momento, luego se pierde.