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Sefchovich celebra la calidad de la crónica en México

"Hay novelas, poemas o ensayos importantísimos, pero no podemos hablar de la novela mexicana en conjunto como algo maravilloso o de la poesía. Hay cosas que son una porquería", sostiene Sara Sefchovich. Foto Cristina Rodríguez

Mónica Mateos-Vega

La crónica es la madre de todos lo géneros literarios, afirma la escritora Sara Sefchovich (Ciudad de México, 1949). Lo dice con la certeza que le proporciona el placer de la lectura, pero también como provocación.

Es el tema de su libro más reciente, Vida y milagros de la crónica en México (editorial Océano), en el que deja claro que la crónica en México, en conjunto, como género, es de una calidad impresionante, y lo ha sido históricamente; no es de hoy.

En entrevista con La Jornada, la socióloga explica que no se puede decir lo mismo de la novela o la poesía, pues hay novelas, poemas o ensayos importantísimos, pero no podemos hablar de la novela mexicana en conjunto como algo maravilloso o de la poesía. Hay cosas que son una porquería. Lo siento, es la verdad.

Podemos revisar el quehacer de los cronistas en el país 500 años atrás, prosigue, y nos daremos cuenta de que adoramos y festejamos la crónica liberal y de izquierda, pero también hay maravillas en la crónica conservadora de derecha, porque la crónica no fue un género para quedar bien con nadie; entonces, los autores podían escribir como querían. Esa libertad hizo llegar al género alturas impresionantes.

¿Cuál es esa realidad que pretende recoger la crónica?, se pregunta la historiadora: “¿La realidad que ve el autor o el lector? La realidad es desordenada y difusa, para contarla hay que darle un orden, un principio, un fin, y en ese momento, al construirla, ya no es la realidad que a lo mejor otros vieron de otra manera.

“En Vida y milagros de la crónica en México trato de hablar lo que creo que ha sido la preocupación principal de la crónica, sus logros en cuanto a temas y estilos. Si alguien no está de acuerdo con mis puntos de vista, pues vamos a polemizar.”

Sefchovich está convencida de que cuando un lector compra un libro o un periódico, se establece una suerte de contrato con el autor o el articulista; “el lector ya sabe más o menos qué esperar de este o aquel escritor. Con la crónica no sucede eso. Durante muchos años los cronistas ofrecían cosas muy irregulares, algunas veces les importaba lo frívolo, o hacían sus crónicas en 15 minutos porque necesitaban que se las pagaran, o a veces las pensaban. Nunca se sabía qué se iba a encontrar. Esto dio también una enorme libertad a los lectores.

“La crónica es el género que mejor nos habla en México porque nos encanta que nos narren historias. En general, a todos los seres humanos nos gusta que nos cuenten cosas. Según los estudiosos del cerebro, lo que nos hizo diferenciarnos de los animales es nuestro gusto por la narración y nuestra construcción de todo narrativamente. Uno, a sí mismo, ya sea que se esté parado frente al espejo o bañándose, se narra una historia.

Nos narramos todo. Ese aprendizaje de la narrativa hace que nos guste tanto la crónica, porque de repente se nos olvida que estamos leyendo una historia. Imaginamos que nos las están contando, sobre todo si el escritor es muy bueno y sabe transmitirlo. ¡Es muy emocionante!, algo que no pasa tanto con una novela o un poema por mucho que el lector se acerque, pues hay una distancia al saber que se trata de una ficción o de un poema que te pide sacar tus emociones. Con la crónica te entregas porque se supone que no va a pasar eso.

Queremos creer

Sara Sefchovich, autora de México: país de ideas, país de novelas (1989), ubica el esplendor de la crónica en los últimos 25 años del siglo XX mexicano, con plumas como las de Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska y Hermann Bellinghausen, “porque fue el momento en el que creímos que la crónica nos iba a mostrar lo que sucedía en el país. No le creíamos a ningún otro género, más que a lo que nos contaban los cronistas.

“Hoy eso ya no sucede, pues la crónica está demasiado volcada a ver solamente el tema de la violencia y la delincuencia que genera el narco. Es tanto lo que están haciendo la novela y la crónica con estos temas que ponemos esa barrera que le pusimos, por ejemplo, a la novela de la Revolución cuando se volvió reiterativa. En tiempos de Luis Spota decíamos: ‘ya, queremos una novela que hable de la clase media’.

“Por importante que sea el narco o la delincuencia, ahora queremos que nos hablen de otra cosa. Además, a lo mejor me equivoco, pero las historias del sismo no van a tener el mismo peso que tuvieron en 1985 porque lamentablemente nos estamos acostumbrando a los desastres.

“Antes del sismo del 19 de septiembre estábamos con las historias del temblor en Oaxaca, pero antes de eso se nos había inundado la mitad de la Ciudad de México, y no hacíamos nada. ¿Cuál solidaridad? Con el sismo resultó que sí hicimos, que sí ayudamos y sucedió porque hay una cuestión simbólica con los temblores, como si lo demás no existiera.

“Pero nos hemos acostumbrado a los desastres y a pensar que el obligado para resolver todo es el gobierno. Por eso nos faltan cronistas que además eran capaces de decidir qué es lo que se debe cronicar. Hoy los cronistas no se consideran eso, se llaman a sí mismos periodistas narrativos, y el reto para ellos es dar a los lectores también una interpretación de los hechos, no nada más el hecho crudo y pretender una neutralidad.

“El hecho crudo no nos hace actuar como ciudadanos, nos hace cerrar el libro y ya. Es el verdadero desafío, el dejar la inquietud en el lector: ¿de verdad me voy a dormir tranquilo en mi cama después de haber leído esto?

Quienes pensamos que el país atraviesa por una situación muy grave queremos creer y queremos confiar en que una crónica ayudará, y la música, y el deporte. Queremos creer, porque de lo contrario, ¿adónde vamos a ir a dar?, concluye la escritora.