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Tenía pasión, pero no técnica; me obsesiona sonar bien: Revueltas

Revueltas

Las máscaras que cuelgan de la pared de su estacia, que simulan un público eufórico y emocionado, fueron testigos de las anécdotas y el ensayo con su banda que Julio Revueltas compartió durante la entrevistaFoto José Antonio López

Revueltas

Las máscaras que cuelgan de la pared de su estacia, que simulan un público eufórico y emocionado, fueron testigos de las anécdotas y el ensayo con su banda que Julio Revueltas compartió durante la entrevistaFoto José Antonio López

José Rivera Guadarrama

Suena un blues de fondo, a volumen moderado. Es la sala de la casa del guitarrista Julio Revueltas. Miércoles de ensayo por la tarde. Puso música y se excusó para ausentarse unos minutos. Al fondo de la estancia se escucha cómo sube y baja de las escaleras. Al fin llega y lo primero que suelta es una extraña recomendación: un viejo truco aprendido de los colegas es aplicarte Kola-loka entre la uña del dedo para que no moleste al momento de tocar, y ríe mientras comenta que hace unos instantes se lastimó un dedo de la mano izquierda, con la que pulsa las cuerdas de la guitarra.

Viste de negro: botas, jeans, camisa. De no hacerlo –continúa sin dejar de observarse la mano–, el dolor es insoportable, impide la buena ejecución, y soy un obsesionado por sonar bien. Rajneesh (2013) es su más reciente disco y en él se percibe esta atmósfera de equilibrio sonoro. La composición de este material es curiosa, está llena de experiencias. Revueltas accedió a contar algunas.

Sucedió que un día se fue de México. Salió a estudiar música a escuelas de Estados Unidos con el objetivo de perfeccionar sus técnicas. Al tomar esa decisión, las críticas de sus amigos y familiares fueron severas, estás loco, no puedes irte en estos momentos de la cúspide de tu carrera musical, que era un error, etcétera. Y así pasó más de una década fuera del país, en la que no produjo ningún disco. Nada. Todo era aprender.

Entre cortinas púrpura y tenue luz

“En ese lapso se cayó todo lo que había construido en México. Lo único que me mantuvo en contacto con la gente de aquí fueron los discos que dejé: De tierra y cielo, Mi Santa María y El cuerpo y el alma”. Material que contiene piezas ejecutadas con rápidos y complicados solos de guitarra, llenos de agudas semicorcheas aplastadas como pulgas. Técnicas aderezadas con tapping y repetidos bends.

La estancia de su casa está acondicionada como un pequeño foro. Cortinas púrpura impiden la entrada de luz solar. La iluminación interior es artificial y tenue. Las máscaras que cuelgan de la pared simulan un público eufórico y emocionado, testigos de expresiones estáticas y silenciosas. De lo alto de una ventana cuelga una que llama la atención, negra, es Zeus con la boca semiabierta. Risa de dios griego, cabello rizado y alborotado a la altura de las orejas. Julio le da la espalda, se acomoda en una silla con su querida guitarra Ibañez dorada, bien ajustada al frente.

Sin darle importancia a esa réplica griega, continúa: Antes de irme, tenía pasión para tocar pero no técnica, me faltaba muchísimo. Gritaba fuerte, pero no dejaba de balbucear. Ahora creo que hablo claro luego de toda esa odisea. Se refiere a la forma que tenía al momento de ejecutar su instrumento.

Durante esos años en el extranjero conoció a enormes guitarristas, como Joe Satriani o Jeff Baxter, eminencias para mí y de quienes le gusta estudiar sus técnicas.

Durante la charla, tocan a la puerta que da a la calle. Julio se levanta y abre. Es uno de los integrantes de su banda que llega previo al ensayo. Y esa es la primera de muchas veces que llamarán a la puerta y que él –nadie más– se levantará de su silla para ver de quién se trata. Cruzarán palabras. Acomodarán sus instrumentos. Dialogarán. Julio los deja hacer. Charla con ellos sin prisa. Abre su espacio musical sin recatos. Otros visitantes pasarán al interior con toda confianza y se acomodarán en lugares distintos.

La sala está acondicionada como un pequeño auditorio. No son butacas las que hay dispuestas al público, sino bancas largas, de madera, acomodadas en fila, decoradas en los respaldos con fauces de animales salvajes. La entrevista se interrumpirá varias veces. Son muchos los que llegan.

Cátedras en servilletas

Retoma la charla y recuerda que una de las escuelas más importantes que he tenido en mi vida fue la barra de un bar. Sus ojos redondos se vuelven traviesos cuando sonríe por sus anécdotas. Me fue imposible pagar una escuela como Berklee, no se puede. Viví de la música popular, tocaba salsa y de eso me ganaba la vida, esos lugares se llenan y son una buena forma de obtener recursos.

El dinero que ganaba en huesear lo invirtió en su verdadera educación: los clubes de jazz. Ahí pagaba el cóver y mi cerveza e iba a escuchar a todos los grupos de jazz que podía. Y si en esos lugares se encontraba con algún músico que le impresionara, lo seguía, se ganaba su confianza y ya en la barra de un bar le invitaba un trago, le preguntaba por técnicas para escribir música, para arreglos, por diferentes escalas musicales, y ya medio mareados por el alcohol,sacaban una servilleta o lo que tuvieran a la mano y en ella me respondían lo que les preguntaba. Fueron cátedras de grandes músicos que daban clases en escuelas renombradas. Julio las aprendió en sesiones informales. Aún conserva las servilletas.

Luego de esas improvisadas clases, llegaba a casa y las estudiaba. Me ponía a tocarlo. Eran unas ganas de aprender bárbaras. De ahí nacieron mis composiciones para Rajneesh. También se compró una guitarra chiquita que siempre cargaba, si se me ocurría algo me ponía a hacer fragmentos en ella.

Porque la música no sólo nace de ponerte a escuchar piezas o con algún maestro enfrente. Sale de lo que vives. Todo lo demás es técnica, un manual de cómo se hace.

Recuerda también que esos años fueron grandes ejercicios de humildad. Llegué a tocar en las esquinas con mi estuche abierto para juntar dinero y poder comer ese día. Imagínate pasar esto después de haber tocado en México en el Foro Sol ante 10 mil personas, o al lado de Steve Vai en el Metropólitan.

En Nueva York conoció a un monje budista y me metió unos rollos chingones. De él aprendió a apreciar la vida, a vivir el presente. A pesar de ser ateo, aquello me afectó en la música de manera positiva.

Baquetas, guitarra y piano

Luego de todo eso, ya estabilizado en México, “junté las piezas y así nació el disco Rajneesh. En él cuento con música lo que viví durante más de una década fuera del país, lo escucho y me acuerdo de la odisea y las anécdotas”. No quiso dar muchos detalles, pero adelantó que viene un nuevo disco.

A estas alturas de la charla ya están en la casa todos los integrantes de la banda. Luis Huerta se ha acomodado en la batería, con las baquetas golpea los toms, la tarola y con el pie derecho el bombo. David Sosa en el bajo comienza a ejecutar rítmicos slaps. Novelli Jurado se encorva en el teclado.

Julio da algunas instrucciones. Vamos a probar, dice. Se hace un silencio. Suena la batería, otro músico lo sigue. Se detienen. Afinan. En broma le sugieren a Julio ponerse las partituras en la espalda para que todos las puedan leer y así no se equivoquen. Mejor en las nalgas, dice él. Risas. Luego música.

De la uña pegada ya no se acuerda. No hay muecas de dolor en su rostro. No creo que eso también lo haya aprendido de algún monje budista. Después de todo lo contado, seguro lo aprendió en la barra de algún extraño y lejano bar.