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Un corazón normal, una historia de lucha vigente

un corazón normalRicarlos I

Una historia sobre discriminación, esperanza, amor, lucha, autovaloración, solidaridad y valor, muchos calificativos para una obra que no busca ser de mensaje ni de moraleja. Pero eso, y más, es Un corazón normal, la puesta en escena que el grupo de actores Hernán Mendoza, Édgar Vivar, Pilar Boliver, Eduardo Arroyuelo, Juan Ríos, Horacio Villalobos, Pedro Mira, Miguel Conde, Carlo Guerra y Juan Ugarte trajo a la capital potosina, con tal demanda de boletos que debieron dar dos funciones en una noche, cuando sólo estaba programada una.

Se levanta el telón, el escenario, dividido en cuatro pantallas, tres a nivel de piso y una superior, dominando la vista. En las pantallas bajas, se proyectan las paredes, los muebles, las manchas, mientras que la parte superior, te muestra el exterior. Estás en el Bronx, te dice la imagen, en el apartamento de Ned Weeks, un escritor de profesión, periodista a ratos, declarado homosexual después de una difícil juventud descubriéndose a sí mismo.

La época, nos dice la pantalla, la ropa, los muebles, tanto los presentes como los proyectados, es hace por lo menos 30 años. La música, lugar común cuando se habla de Nueva York, trata de dar un aire bohemio. No hablamos pues, del típico aire funky ni del Studio 54, los personajes están en un mundo cercano espacialmente a eso, pero alejado de los reflectores, del glamour, de Warholes y de Yoko.

Este es el mundo de los homosexuales neoyorkinos, en los años 80, un grupo de un millón de personas, que vivían ignoradas por los medios y el gobierno y, peor aún, discriminados por sí mismos, despreciándose mutuamente pero sobre todo, despreciando su propio ser. Se sienten condenados, se saben rechazados, y con esa autocompasión se entregan al hedonismo. “No existen las relaciones entre los gays”, dice uno. Sólo el sexo casual, la amistad cómplice, y nada más.

En esta comunidad, es en la que aparece la epidemia del SIDA.

Y con esa desunión, con ese autodesprecio, deben luchar los protagonistas. No es algo tan simple como decir “dejen de tener sexo”, cuando la libertad de tener sexo fue una de las cosas que identificaron el nacimiento de la comunidad homosexual y su reconocimiento en los años 70 y 80. Se agrega el detalle, de que una gran cantidad de esos homosexuales, lo son en secreto, para prevenir ser discriminados por el resto de la sociedad. Banqueros, médicos, maestros, incluso políticos, niegan su homosexualidad, pese a acudir a los mismos sitios de sexo casual que el resto de la comunidad.

Es el miedo a la otredad, el miedo a saberse diferente, o incompleto, o incapaz.

Y entre todo esto, el protagonista, Ned Weeks, encuentra algo que nunca se sintió capaz de descubrir, el amor, una pareja que lo acepta completo, camorrero, agresivo, crítico, cruel. Este descubrimiento lo convence aún más de que es necesario cambiar la imagen de los homosexuales, cambiar su modo de ser y pensar, para evitar que la epidemia se propague.

Una epidemia que, con el pasar de la obra de teatro, que abarca casi tres años, se cobra a la mitad de los amigos de Ned y su pareja Felix, ante la impasividad del sistema de salud estadunidense y el gobierno municipal neoyorkino.

Esta desesperación de ver morir a sus amigos de toda la vida, y el terror de no saber la causa, lleva al protagonista a organizar un grupo de ayuda, pero como toda organización, choca con las necesidades de sus miembros, con un presidente que se niega a “salir del closet”, un ned aguerrido pero tan explosivo que impide la negociación, y en medio, un personaje joven, que puede parecer una caricatura de los arquetipos homosexuales, pero que es posiblemente el más equilibrado cuando de avanzar se trata.

A partir de ahí, deben luchar contra sí mismos y contra el gobierno, cerrado a apoyar en cualquier sentido a los gays. Y antes de que esto se vuelva una parodia homosexual de Erin Brokovich, ocurre lo que el protagonista temía, desde el principio, y que era fuente de su pasión y lucha. Su pareja está infectada.

A partir de entonces su agresividad y su enojo suben de tono, mientras que el afán diplomático de Bruce, el presidente de la asociación de ayuda, parece ser más un lastre que una ventaja. “No logramos que el alcalde nos recibiera besándole el culo, sino presionándolo, y ahora que por fin tras dos años de epidemia, nos recibe, lo primero que haces es besarle el culo”.

Y aún así, la tragedia toca a todos los personajes. Todos pierden amigos, a uno ni siquiera le dan la oportunidad de enterrarlo, al temerse contagio por una enfermedad que en ese tiempo estaba rodeada de misterio y miedo. Teorías sobre su origen hay muchas, algunas sobreviven hasta ahora.

Al final, la muerte le llega a Félix, y con ella la recriminación, la culpa. “Debí luchar más, debí plantarme frente a la Casa Blanca hasta ser escuchado”, es el lamento de Ned, quien sólo unos minutos antes de la muerte de Félix, contrajo nupcias con él, ificiados por la doctora que los asesoraba.

Una historia que sigue vigente, porque no es una historia sobre SIDA, ni sobre homosexuales, ni sobre prejuicio. Es una historia de lucha, que nos recuerda, primero, que el lamento posterior a la tragedia es inútil. Que la desunión causa debilidad, que la discriminación lleva dos partes, el que discrimina y el que acepta esa discriminación, y que el peor juez de cualquier persona, es uno mismo.

Una historia que nos recuerda que sólo la solidaridad y la unión, pueden cambiar las cosas. Una historia que ocurrió en realidad, con los nombres modificados, pero con personas que vivieron y sufrieron todo esto. Una historia digna de ser recordada, en un momento en que el país carece precisamente, de solidaridad y unión, y rebosa de discriminación, de corrupción y de odio.

JSL
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