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Un útopico Guggenheim delata el legado tóxico de ese apellido

Un útopico Guggenheim delata el legado tóxico de ese apellido

En el predio conocido como el Cerro de la Grasa se dan conciertos y performances, así como talleres de microhistoria (en la imagen) y acciones escénicas. Foto cortesía de Rolando López

Ángel Vargas

El Museo Guggenheim Aguascalientes es un museo oscuro, sucio, enfermo. Así fue proyectado de forma deliberada por su realizador, el artista aguascalentense Rolando López (1978).

El propósito es, por un lado, confrontar el concepto actual de museo y, por otro, cuestionar las implicaciones de la modernidad desde diversos puntos de vista, como el social, el económico y la identidad, según el diseñador gráfico.

Este recinto utópico, explica, fue concebido para dar cuenta del legado tóxico que el empresario estadunidense Solomon Robert Guggenheim (1861-1947) dejó en la capital de aquella entidad al establecer allí, durante el Porfiriato, una fundidora de metal.

La empresa, denominada Gran Fundición Central Mexicana, no sólo incumplió su promesa de brindar desarrollo y progreso para el estado de Aguascalientes, explica en entrevista.

También, durante las tres décadas de su operación (1894-1925), hizo uso indiscriminado de recursos naturales, sobrexplotó a los trabajadores y dejó en la ciudad nueve hectáreas de desechos industriales tóxicos que siguen expuestos, en un predio conocido como el Cerro de la Grasa.

En ese lugar, ubicado en la zona céntrica de la ciudad, es donde Rolando López decidió establecer el Museo Guggenheim Aguascalientes,el hijo bastardo de la fundación que lleva el nombre del magnate.

Después de tres años de trabajo –que implicó una acuciosa investigación histórica y la colaboración con otros creadores– y de haber inaugurado de forma simbólica esa instancia en julio de 2014, el artista trae ahora a la ciudad de México una exposición que rinde testimonio de los procesos para hacer posible ese espacio, así como las actividades que ha desarrollado como parte del mismo, entre ellas conciertos, performances, video, talleres de microhistoria y acciones escénicas.

El Museo Guggenheim Aguascalientes es el título de la muestra, la cual estará abierta al público en la Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana (Pedro Antonio de los Santos 84, San Miguel Chapultepec) a partir del jueves 22 de enero y hasta el 20 de marzo.

Con la curaduría de Édgar Alejandro Hernández, en ella se exhiben el plano arquitectónico y la maqueta del museo, proyecciones en tercera dimensión del edificio, así como fotografías y objetos que documentan las actividades realizadas por la institución, además de piezas de su colección permanente, conformada por las rocas contaminadas de plomo que dejó la planta fundidora.

La idea, indica el artista, es demostrar la viabilidad del proyecto de este museo en aquella entidad, el cual contradice los lineamientos con los que la fundación Guggenheim concibe sus recintos: como espacios de muros blancos y, en sí mismos, como piezas escultóricas en las que se exhibe arte.

De construirse, precisa, el de Aguascalientes sería un recinto oscuro, sucio, edificado con esos desechos tóxicos, pero que contaría con todos los requerimientos de un museo moderno.

Si bien el edificio es inexistente, lo que sí tiene es un programa de actividades culturales, en las cuales se abordan tanto el pasado como el presente de la comunidad donde se encuentra la instancia como ejemplo de lo que ocurre a escala mundial.

No sólo es una dimensión en torno al arte, sino que plantea dimensiones en torno a la historia, la identidad, la economía, la relación con la modernidad y, sobre todo, a la relación de un lugar tan pequeño y una historia muy particular, pero que se relacionan de manera directa con la historia a escala global, sostiene Rolando López.

Esa parte me parece muy valiosa, porque pareciera una historia muy local, pero lo que hace es hablar de una historia de la modernidad que regularmente no se aborda o se plantea desde otra perspectiva, desde una idea de desarrollo y progreso, y lo que hay que preguntarse es a costa de qué. La respuesta es a costa de la salud, de vidas, de muerte, de la ecología; esa otra historia de la modernidad que regularmente no nos gusta explorar.