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“Varios” Cartier-Bresson habitan el Museo del Palacio de Bellas Artes

Sevilla, España, 1933, extraída del álbum Renoir, plata sobre gelatina, copia de 1933 realizada por el autor, Colección Henri Cartier-Bresson, ParísFoto © Henri Cartier-Bresson/ Magnum Photos, cortesía Fundación Henri Cartier Bresson

Carreras de caballos, Thurles, condado de Tipperary, Irlanda, 1952, plata sobre gelatina, copia de época, Colección Henri Cartier-Bresson, París. Las dos imágenes se incluyen en la exposición del Palacio de Bellas ArtesFoto © Henri Cartier-Bresson/ Magnum Photos, cortesía Fundación Henri Cartier Bresson

Merry MacMasters

Un solo Cartier-Bresson no lo hubo, sino varios. Esta es la idea que subyace en la exposición itineranteHenri Cartier-Bresson: la mirada del siglo XX, inaugurada la noche del martes en el Museo del Palacio de Bellas Artes.

Es la primera gran retrospectiva del fotógrafo francés montada tras su muerte ocurrida en 2004 y se ha presentado en Francia, España e Italia.

Hasta ahora la mayoría de las retrospectivas han intentado definir la unidad de su trabajo, expresa el curador Clément Chéroux. Incluso que jamás cambió desde que comenzó a tomar fotos a principios de los años 30 del siglo pasado y hasta su fallecimiento.

Según el entrevistado eso no era posible para alguien que transitó por el surrealismo –una de sus influencias más relevantes–, el comunismo y el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Integrada por 398 piezas, en su mayoría fotografías, hay collages, pinturas y dibujos –pues Cartier-Bresson quiso ser pintor antes que fotógrafo y a partir de 1972 retomó el dibujo–, así como películas, revistas y periódicos, la muestra se divide en tres grandes secciones.

La primera, de 1926 a 1935, está marcada por su contacto con el surrealismo, sus pasos iniciales en la fotografía y sus viajes por Europa, a México y Estados Unidos.

En la segunda, de 1936 a 1946, destacan su compromiso político, su trabajo para la prensa comunista, su incursión en el cine y las vicisitudes de la guerra.

La tercera gira en torno a su trabajo de fotorreportero para la agencia fotográfica Magnum, de la que fue uno de sus fundadores.

Entre esos varios Cartier-Bresson está el joven que deseaba ser pintor.

De acuerdo con Chéroux, su educación como pintor fue determinante en su manera de ver las cosas: Estudió en el taller del famoso pintor cubista francés André Lhote, donde aprendió mucho acerca de la composición. Lhote daba a sus alumnos, a manera de ejercicios, reproducciones en blanco y negro de obras maestras y pedía que las redujeran a formas geométricas, y así comprender si eran circulares, cuadradas o rectangulares. Antes de ser fotógrafo era muy bueno para componer imágenes.

Algunas de sus pinturas se incluyen en la muestra. ¿Era un pintor prometedor? Para Chéroux, no tanto,si uno lo compara con sus amigos, como Max Ernst, aunque reconoció que eso es difícil decir, pues “destruyó la mayoría de su obra cuando decidió volverse fotógrafo.

Cartier-Bresson entendió que la fotografía puede ser un arte, por eso la escogió y dejó la pintura.

De las fotos que tomó en México en 1934, el curador dijo que algunas son de las mejores que hizo. El ambiente que vio en México estaba conectado con lo que buscaba. Breton, jefe del surrealismo, dijo que México tenía un ambiente surrealista natural en sus calles.