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Violencia en México, un proceso de descomposición: Jotamario Arbeláez

Ricarlos I

La violencia en Colombia, al igual que en México, no fue una cosa reciente ni exclusiva del periodo en que más se vio en los medios; fue un proceso de descomposición que explotó en los 80 y 90, pero que tomó décadas de oportunismo político y de desinterés de la población para llegar a los graves extremos que alcanzó, y es en eso donde guarda paralelismo con el caso mexicano, advirtió Jotamario Arbeláez, poeta y escritor colombiano de visita en la ciudad.

“El movimiento al que yo y varios compañeros pertenecemos, entre ellos Humberto de la Calle, actual negociador en el proceso de paz con las FARC y que fue vicepresidente en los años 90, se denominó dadaísta por nuestro intento de volver al origen al igual que los primeros dadaístas del siglo XX, es una ideología contra la guerra que nace justamente por la belicosidad que imperaba en los años 50 y 60. Cuando no había un golpe de estado en el país vecino o el propio, había una guerra en Centroamérica o en el sur, o en Indochina, y si eso no era suficiente, la amenaza permanente de una guerra nuclear entre la Unión Soviética y Estados Unidos”, explicó.

En Colombia, en todo ese tiempo, continuó Arbeláez, la violencia en lugar de amainar aumentó, lo que en un principio eran enfrentamientos políticos comenzaron a volverse represión, lo que causó que muchos que eran pacifistas se volvieran guerrilleros y los grupos paramilitares surgieron para eliminar al guerrillero: “fue escalando tan gradualmente que no nos dimos cuenta”, detalló.

Agregó que “en México fue muy semejante; primero empieza una lucha contra el narco, a pesar de la corrupción del gobierno y sin considerar la base social que ya tenían los grupos delincuenciales, y día con día va empeorando hasta que llegan a donde están ahora, con desapariciones y secuestros masivos como hubo en Colombia, con encubrimientos sobre la relación de los gobernantes con el narcotráfico, etcétera”.

Cabe recordar que en Colombia incluso se descubrió con el caso del Proceso 8000 financiamiento de cárteles a la campaña presidencial de Ernesto Samper. Hoy vemos en México cada vez más señales, si no de colusión, sí de complacencia, como el gobierno colombiano mostraba con los paramilitares que masacraban opositores del gobierno.

Y es donde entra la responsabilidad del escritor, del poeta, del ensayista y del periodista, siguió: “como gente de letras, en nosotros está la denuncia, porque para ser escritor hay que ser al menos un poco humanista, y ese humanismo nos hace necesario, si no tomar partido, sí por lo menos denunciar cuando se abusa del poder, cuando se usa la violencia”.

“Aunque no podamos los intelectuales, los escritores, artistas y poetas acabar con la violencia, si podemos asumir una actitud consecuente, denunciándola, enfrentándola, con valentía, eso ya es una gran colaboración, porque generamos solidaridad con las víctimas y eso nos acerca más a llevarles justicia”, añadió.

Comentó que “es este modo de pensar el que permeó mucho en uno de los miembros de nuestro movimiento, Humberto de la Calle, no tanto en el sentido dadaísta de atacar al poder, que por sí solo es violento, sino en la necesidad de devolver el poder a quienes resultaron lastimados por él. No es gratuito que fuera él el que iniciara las pláticas serias con la guerrilla en los años 90 y que hoy, a más de una década de su renuncia como vicepresidente, siga fungiendo como mediador, justamente por ese ideal”.

No nos sorprendió a nosotros –siguió hablando de De la Calle– que él ante los medios se declarara descarnadamente como seguidor de los parámetros del dadaísmo, pero lo más importante, no fue sólo palabras, su actitud fue consecuente con ello, incluso cuando renunció por el asunto del Proceso 8000, pues aunque él no estaba implicado, sí lo estaba probadamente el presidente Samper, así que él, por congruencia, prefirió apartarse de ese gobierno.

JSL
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