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Textualismo electoral: Abstención y anulación

Textualismo

Es lugar común afirmar que aquellos que se abstienen de votar son personas poco comprometidas con el ejercicio ciudadano de elegir a sus representantes políticos. Sin embargo el trasfondo del asunto va más allá de la simple descalificación emitida a priori y sin conocer las causas que determinan que un votante potencial renuncie a ese derecho.

Si consideramos que el voto es un ejercicio libre que se ejerce sin coerción o presión de algún tipo, es legítimo considerar que de la misma forma se otorga al ciudadano la opción válida de no emitirlo.

Cierto es que el abstencionismo es uno de los vicios más recurrentes que en materia electoral se desarrollan en nuestro país; esto sin embargo no es otra cosa que la evidencia del desencanto que en este ámbito empapa a la sociedad.

Ahora bien, en el ámbito de las ideas y en el ámbito de la política, resulta válido en su totalidad que el ciudadano se muestre renuente a ejercitar su derecho al considerar que su voto no contribuirá de modo alguno a mejorar la situación de su entorno, y sí al posicionamiento de políticos voraces.

En el mismo sentido se ha estigmatizado de una forma bastante agresiva a aquellos que consideramos la emisión del voto nulo como un ejercicio cívico de corte pacífico y dentro del marco de la legalidad que no tiene ningún otro objetivo que señalar que si bien estamos a favor del ejercicio del sufragio libre, no llenan nuestras expectativas ni reúnen los requisitos mínimos los partidos políticos y sus candidatos.

En un ámbito de dicotomías qué resulta más inmoral: ¿emitir un sufragio ficticio que no tiene mayor objeto que beneficiar a quienes podemos asegurar que contribuirán al deterioro y desgaste de las instituciones que nos gobiernan; abstenernos de hacerlo, o nulificar nuestro voto para no contribuir en modo alguno a legitimar el ascenso de institucionales camarillas de saqueadores del pueblo?

Existen desde luego ciudadanos respetables que creen y han depositado su confianza en los personajes y modelos propuestos por sus partidos; es válido en totalidad y hasta loable que participen en la elección de aquellos en quienes han puesto sus expectativas.

De la misma forma debe aplicarse a aquellos que no apostamos por ninguna de las opciones contenidas en las boletas electorales. Pareciera, sin embargo, que la opinión adversa se empeña en denostar a quienes manifestamos nuestra inconformidad y rechazo a los partidos políticos y sus candidatos mediante la anulación de las boletas.

Desde el inicio de la jornada electoral y al señalarse la anulación del voto como una propuesta válida encaminada a hacer patente nuestra inconformidad y descontento, una serie de voces autorizadas, especialistas en la materia y opinólogos -de esos que hoy abundan- se han empeñado en señalar que esta medida no hace otra cosa que beneficiar al Revolucionario Institucional.

Es real el señalamiento, pero también es cierto -y no pequemos de idealistas y puritanos mentales- que desde el momento que el PAN como primera fuerza política permitió el retorno del tricolor a la presidencia de la República, se hizo evidente que la estructura totalitaria y renovada de este partido político, no la cedería en un buen número de sexenios.

Bajo este derrotero quién será más culpable, el partido que no supo posicionarse y mantenerse frente al electorado que lo llevó a la cumbre del poder político, o el ciudadano que se siente defraudado y rechaza por considerarlos insanos para que lo representen a una serie de personajes afines a todo lo que el elector rechaza.

La anulación como ejercicio ciudadano no se constituye como agravante de ningún tipo; existe la voluntad por elegir un representante, sin embargo los registrados dentro de las boletas electorales no reúnen las características requeridas por el elector.

¿Qué camino se debe seguir? ¿Debemos continuar legitimando a una serie de sanguijuelas políticas que se han nutrido de nuestras instituciones? Resulta antiético e inmoral para un ciudadano de convicciones, ser partícipe de la pantomima electoral y cruzar en la boleta el rostro de aquellos que le puedan parecer menos peor que los otros.

La emisión del sufragio electoral, al igual que las ceremonias matrimoniales, constituye un acto de enteras voluntad y convicción, en el que al ir contra ellas, es ir contra nosotros mismos, contra nuestros ideales; contra nuestra capacidad de razonamiento y elección.

Dentro de la jornada cívica que hoy vivimos y en la que hemos sido partícipes, saldrán electos una serie de personajes que serán nuestros representantes los próximos tres o seis años; éstos sin embargo llegarán mediante la elección libre de sus correligionarios o de los sectores que fueron presionados para votar en su favor. Elección y estigma; secretos ambos.

Para quienes, por el contrario, optamos por el camino del abstencionismo o la nulidad, queda la satisfacción de haber realizado este ejercicio ciudadano sin presiones de ningún tipo y de acuerdo a las premisas de nuestros principios cívicos. Llegarán los que tengan que llegar, pero queda la satisfacción de no ser quienes impulsamos y legitimamos la selección de personajes nocivos para nuestro entorno.