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“Descarada” irrupción de los jóvenes de Podemos

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El resultado de los comicios efectuados en España confirmaron el fin del bipartidismo vigente desde 1977 e integrado por PP y PSOE. Foto: AP

Por Josetxo Zaldua, enviado

Madrid.

Noche electoral inolvidable. El bipartidismo que gobernó a los españoles durante los últimos 38 años fue enterrado este domingo por una ciudadanía cansada de más de lo mismo. Los españoles se acostaron este 20 de diciembre sin saber quién los gobernará durante los próximos cuatro años, si es que tal plazo constitucional llegara a cumplirse.

Perdieron este domingo las fuerzas políticas que se repartieron el poder con total impunidad. Entre el PP y el PSOE se coló con fuerza y descaro un ejército joven aglutinado en Podemos, una fuerza nacida hace año y medio del movimiento de los indignados, el tsunami social que sacudió los cimientos de la política española.

Quedaron en tercer lugar, pero la calle dice que ganaron. Salieron de la nada, es un decir, y hoy tienen 69 escaños en el Congreso. Ganó Mariano Rajoy, pero su pírrico triunfo no le alcanza ni para presumirlo en su casa. El batacazo fue descomunal. Con o sin conciencia de lo que hacían, los españoles votaron por la vía italiana, esto es, gobierno precario sujeto a acuerdos puntuales dando mucho a cambio de casi nada. Y al final de ese trayecto, elecciones anticipadas.

El PSOE quedó temblando y está por verse el futuro de su candidato Pedro Sánchez, un hombre que no logró cohesionar los egos de los llamados barones del Partido. Ni el postrer empujón del desacreditado Felipe González fue suficiente para evitar la caída socialista. Se oyen vientos de relevo en las filas de un partido con demasiados generales.

Podemos y las agrupaciones nacionalistas vascas y catalanas tienen la llave de la gobernabilidad española. Es el escenario que más urticaria provoca en los delicados estómagos populares porque una eventual alianza de esas fuerzas políticas con el PSOE haría imposible la relección de Rajoy.

Un politólogo de la madrileña Universidad Complutense llamado Pablo Iglesias llegó desde el cuarto lugar que le adjudicaban las encuestas hace una semana y media para sentarse a una mesa a la que no estaba invitado. De paso, mandó al averno a la neo derecha de Ciudadanos que todavía lidera Albert Rivera.

La marea de Podemos llegó también a los territorios catalán y vasco para disputar a cara de perro la supremacía con los partidos nacionalistas. Y ganaron en caudal de votos, pero no en escaños porque así lo dicta la Ley D’Hondt, que favorece a los grandes en detrimento de los llamados chicos.

Cambió el ADN de la política española de la mano de un puñado de universitarios complutenses que eran nadie políticamente hablando hace dos años. No le importó al electorado que el joven Pablo Iglesias cambiara la tonalidad de su discurso como quien se cambia los calcetines. Pudo más el hartazgo social respecto a populares y socialistas que las embestidas mediáticas que se enfilaron contra Podemos una vez los poderes fácticos fueron conscientes de lo que se les venía encima.

Hasta en ese campo, el mediático, los cachorros de Podemos fueron capaces de revertir la negativa imagen que de ellos se vendía. Iglesias no se entiende como tal sin dos figuras determinantes en ese entramado: Iñigo Errejón, su sombra, y Juan Carlos Monedero, considerado el padre político del invento.

Monedero desapareció del campo visual, pero no del práctico. Su influencia sigue siendo determinante porque hace la contraparte del joven y pragmático Errejón. En medio, Pablo Iglesias escucha a ambos y decide en consecuencia. Contra lo que se piensa, no hay bronca entre ellos.

Vendrán ahora las voces de quienes manejan realmente a los partidos políticos, por lo menos al PP y al PSOE. Parece imposible que sus cantos de sirena, menos sus veladas amenazas, vayan a modificar la esencia de Podemos. Si lo hicieran es más que probable que en el siguiente llamado a las urnas sus votantes de hoy les den la espalda.