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“Interpretar a Cristo y al anticristo han sido mis dos grandes éxitos”: Germán Robles

Germán Robles

Por Rosa Elvira Vargas

Noviembre de 2001. Su diálogo oscila sin tregua ni advertencia, de la evocación a la reflexión. Porque Germán Robles vive en todos sus personajes. En teatro, cine y televisión ha sido héroe y villano, vaquero, príncipe, rey, revolucionario, narcotraficante, Ricardo III, Cristo, Agustín Lara y tantos más. También vampiro.

Con ese último personaje mantiene, sin embargo, una relación dual y muy compleja. Parece que lo odia y lo ama. Que le huye y evade porque es el estereotipo, la etiqueta, pero al mismo tiempo le causa orgullo porque su cachondo ser de las sombras lo tiene ubicado a la altura de los grandes actores de terror en el mundo como Boris Karloff, Bela Lugosi, Vincent Price y Klaus Kinski.

Germán Robles es también rotundamente pasional para armar su pensamiento y sus ideas, todas de izquierda, herencia de padres y abuelos socialistas. Afirma que está siempre “en la lucha total y absoluta de que la voz la debe tener el pueblo” y en su ideal lo concibe gobernado por un consejo de ancianos porque ellos están más allá de esa cuestión “terrenal, terrible que es el poder”.

Asturiano de nacimiento y prácticamente mexicano, adora y rinde tributo “a un México de libertad que acogió a la diáspora republicana”.

Por lo mismo, le duele el país que hoy observa y, como tantos, padece: “Quisiera saber dónde en la rosa de los vientos perdió el norte México; saber qué lo llevó a desviarse de su ruta”.

Hoy, aplicado también a la enseñanza en Faces (Formación Actoral Especializada), escuela que formó a instancias de su mujer, Ana María, el actor recrea sus mundos ubicándolos en momentos.

Precisamente en el café Internet que ocupa la parte delantera de la academia -en Coyoacán- tuvo lugar la entrevista con él. Su advertencia de no centrarla sólo en el personaje del vampiro fue de inmediato olvidada… por ambos.

-¿De veras un actor puede ser todos los personajes que desee? ¿Un vampiro, Ricardo III y hasta Cristo?

-Sí. Qué cosa más curiosa. Los dos grandes éxitos que tuve. Uno fue haciendo Cristo, mi debut teatral en El mártir del Calvario, y el otro, el vampiro que fue mi debut cinematográfico. O sea, el Cristo y el anticristo. Qué factor del destino ¿no?

-¿Y eso lo mueve a alguna reflexión?

-¡A nada, hija! Hago el comentario porque creo que merece la pena, por lo curioso que es en la carrera de un actor, primero, digamos, el sacrificio del hombre, del hijo de Dios y que mi debut en cine fuera haciendo el Anticristo, o sea un vampiro, un hijo de las sombras, el que está muerto vivo.

Evoca un México de libertad

-¿Qué México evoca Germán Robles?

-Uno de libertad. El que recibió con los brazos abiertos a los republicanos que llegaron aquí buscando la libertad y la encontraron; buscando trabajo y lo encontraron. Un país en el que su presidente de entonces, Lázaro Cárdenas, con gran visión de futuro, dijo: “¿Cómo, los intelectuales españoles se salen de España y no los reciben en ninguna parte porque dizque son comunistas? Vengan para acá”. Y ahí están todas las universidades, los centros, la cuestión médica, artística, de pintura, literatos, poetas, pintores, de todo vino.

-Su padre llegó en ese grupo y más tarde toda la familia…

-Sí, él llegó aquí en el 39, en la primera expedición republicana. Era pintor, Germán Horacio. Aunque qué curioso, allá era ante todo dibujante, ilustrador y publicista muy bueno, cartelista sensacional y ganador de premios y medallas. Pero llegó a México después de haber pasado por los campos de concentración, de haber sufrido el abandono forzado de su mujer y de su hijo, impactado por los horrores de la guerra y surgió en él el pintor, y empieza a plasmar en sus lienzos el tremendismo casi goyesco que le tocó vivir.

-¿Usted se había quedado en Asturias?

-Sí, en Gijón, porque agarraron a mi madre y la metieron un año a la cárcel de Ondarreta, en San Sebastián, y luego pasó casi otros dos en La Modelo, de Madrid. Claro, fue a ella porque no pudieron agarrar a Germán Horacio, que estaba señalado por la cuestión publicitaria -había hecho unas famosas estampas de la guerra que fueron editadas en Londres- y estaba en contra del fascismo.

“El era socialista, no anarquista. Creía, como yo, que lo que no es elegido por el pueblo difícilmente tendrá una explosión social, porque uno elige a sus gobernantes como elige a la mujer con quién vivir.”

-¿Qué edad tenía usted cuando a su madre la tomaron presa?

-Once años. Ibamos a pasar a Francia por Fuenterrabía, en el País Vasco, y las agarran, a ella y a mi tía, en el puente internacional y me dejan a mí ahí solo. Era un chiquillo. A ellas las metieron en un coche de la cárcel y entonces, uno de los policías que estaban ahí se enterneció y me preguntó: “¿No tienes con quién comunicarte?” Les pedí que llamaran a la telefónica de Gijón y hablaran con Pablo San Agustín, el callista…

“Efectivamente, lo hicieron y avisaron que yo estaba en San Sebastián. El y mi tío fueron desde Gijón al País Vasco para recogerme.”

Al llegar a este punto, Germán Robles tiene la mirada de quien vive todo de nuevo con sólo recordarlo. Su voz se sumerge en la descripción de la guerra civil y el apremio de su padre por rescatar a su familia y hacerla venir a México -luego de pagar 10 mil pesos de entonces-, lo que no logró hasta 1946.

Por algo que él llama “atavismo celular” siguió aquí el camino de las artes plásticas, como dibujante, y pasó luego al baile en un grupo denominado Danzas de España. El teatro vendría casi enseguida.

Hacia la actuación

-¿Cómo fue esto?

-A finales de 1950 estuve haciendo unos juegos florales con poesías de mi abuelo. El era poeta en bable, que es la lengua que se habla en Asturias, y era en realidad el creador de ese teatro, pues no se había hecho antes. Entonces, le hacíamos un homenaje a Pachín de Melás, o sea Emilio Robles, el padre de mi padre, y es cuando me encuentro con Enrique García Alvarez y Enrique Rambal padre, que se había peleado con su hijo -el Enrique Rambal que todos conocemos- porque a éste le tocó la musa, las sirenas de la meca del cine mexicano y dejó estacada la compañía teatral que su padre trajo de España.

“Esa compañía había tenido muy mala suerte. Puso varias cosas y lo único que le había pegado era El mártir del Calvario,interpretado por Rambal hijo, y al que por ese motivo lo llamaron al cine. Entonces, como la única forma de resarcir las pérdidas era poner de nuevo esa obra, y no había Cristo, fue cuando me invitaron.”

-Hay quienes piensan que cuando se hace el papel de Cristo, el actor queda marcado. ¿No temió a esto?

-No, afortunadamente no. Tampoco lo permití ni con ese papel ni con el vampiro. Hice El vampiro y El ataúd del vampiro y 96 películas restantes como estelar y que no tenían nada que ver con esos personajes. Desde Dónde estás corazón, Rapiñay muchas más. He trabajado con (Ignacio) López Tarso, con Carlos López Moctezuma, los De Anda, Pedro Armendáriz y he hecho de todo, vaquero, príncipe, rey, villano, narcotraficante…

-¿Qué director de cine le dejó mejores recuerdos?

-Quien más cerca estuvo de mí, por su manera de ser, fue Alejandro Galindo. Era adorable. ¡Tenía una forma de pedir las cosas! Te decía: “Creo que en este momento debes tener esta actitud, bla, bla, bla… no sé qué hayas pensado tú”. ¡Qué bonito! Los demás no. Los Gavaldones y los Del Villar eran de: “¡Tú haces esto; como yo te digo!”

-¿Es sólo apreciación o sus palabras reflejan un combate constante contra los símbolos del poder, contra el autoritarismo?

-Definitivamente. ¿Por qué hay amigos y enemigos? ¿Qué es lo que busca el enemigo en contra del amigo? Para mí, la tremenda distancia que es capaz de alejar a dos amigos es de 90 centímetros, el ancho de un escritorio. Porque si de esos dos amigos a uno de ellos el destino lo coloca detrás del escritorio, cambia. Es el poder y de aquellos, uno ya es más que el otro y se lo hace saber. Yo en cambio lo que siento es pudor de decir que soy más que alguien. Me pasa con los alumnos, siento pudor al corregirlos.

-Pareciera que usted ha reflexionado sobre todo lo que le incumbe y que ha alcanzado alguna forma de plenitud. ¿Es así?

-El mundo, mi espacio vivencial no puede estar limitado. Lo más cerca que hay de la estupidez humana es la especialización. Entendámonos. La especialización es hermosa porque cargas la mano sobre un hecho específico, pero para llegar hasta ahí debes tener las bases. Hoy estamos desmembrando las actividades. Esto es lo malo y ocurre en todos los países. Es como si yo, como actor, me especializo sólo en películas de terror. ¡La cagamos!

-¿Y tuvo la tentación, la oferta?

-Claro, si yo hubiera hecho la tercera película que me ofreció Abel Salazar después de El vampiro y de El ataúd del vampiro. Y voy a hablar de lana. En ese momento, María Félix junto con Dolores del Río eran las que más cobraban, 210 mil pesos por película -estamos hablando de 1954-. Arturo de Córdova (cobraba) 200 mil, Pedro Armendáriz, 200, 190 mil, en fin, y trabajando en Hollywood y todas esas cosas.

“¿Sabes cuánto me ofreció Abel Salazar? ¡A Germán Robles!, ¡el vampirito!, ¡150 mil pesos! Entiéndeme ¡150 mil pesos por la tercera película!

-¿Y cuánto había cobrado por las dos anteriores?

-Por la primera, siete mil pesos, y por la segunda 13 mil.

-¿Y qué pasó?

-Le dije que no. “¡Estás loco, eres un don nadie! ¡Con 150 mil te compras un coche!”, me decía Abel. Claro, porque un Volkswagen costaba 18 mil pesos en ese momento y una casa 100 mil. Entonces, con ese dinero yo incluso podía tener cuenta en el banco.

”¿Pero cómo rechazas 150 mil pesos? ¡Eres un don nadie!’, me decía otra vez. Y le respondí: Ahora, pero no lo seré en el futuro. Si yo hago la tercera película me quedaré encasillado como se quedaron Boris Karloff, Bela Lugosi, Vincent Price. No la voy a hacer.

“Inmediatamente después de hacer El ataúd del vampiro, también un éxito, me ofrecen la vida de Agustín Lara para interpretar a El flaco de oro. ¡Me estaban considerando como actor!”

Un vampiro es un mosquito grandote

“Mi negativa a hacer la tercera película fue el gran acierto de mi vida. Porque de ese momento me consideran un actor y no un ser horrible. Qué es un vampiro si no un mosquito grandote.”

-Y alcanzó dimensión internacional.

-¡Claro! De inmediato trascendió la frontera. Definitivamente. Yo estoy en los grandes museos, en las grandes enciclopedias de terror en el mundo. Antes me hacen un homenaje en Amiens, como vampiro (en 1993) durante un festival internacional de cine… ¡Un homenaje a Germán Robles! Antes me lo hicieron en Francia que en México, pero qué importa. Así somos.

“Pero bueno, el primer acierto fue el momento en el que se le ocurrió al condenado Abel Salazar: ‘Voy a hacer una cosa de vampiro’. ¡Y lo sitúa en México! ¡Con mexicanos! ¡En un rancho mexicano! Y el otro acierto fue de Fernando Méndez, el director. Lo que él me dijo desde las primeras lecturas fue definitivo: ‘Mira, Germancito, yo no quiero un vampiro monstruo. Yo quiero un vampiro cachondo’. Textual”.

-¿Y cómo se logró?

-¡Yo salía con la pestaña parada y levantando la ceja! Y cuando a él le presentaban a una señora -porque lógicamente era un conde, Lavud, Duval al revés; Alucard, Drácula, la misma cosa- tomaba la mano para besarla… ¡Y la desnudaba! ¡Y se la sentaba! ¿Qué pasó? Que el público femenino gritaba: ¡Sí, chúpame, vampiro! Pues cómo no. ¡Sí, échatela!

“Este fue el éxito del vampiro: galán, guapísimo, precioso, joven, rozagante. No fue un monstruo como todos los otros: Lugosi, cacarizo, y Nosferatu, tanto el de Murnau como el que personificó Kinski, casi la misma versión: tremendo, calvo, con las orejas en punta, los dientes afilados.

“Entonces, no andaba tan descabellado Fernando Méndez cuando me dijo: quiero un seductor. ¡Esa mirada! La cosa de la mirada, clavarla, clavarla, clavarla y lógicamente, en función de ella, después dulcificarla. Perdóneme. ¡Híjole! En la mirada se la quiere, pero se la quiere… ¡Y la quiere! ¡Y se la echa! Esa es la posesión, tomar la energía potencial del individuo vivo, mujer, pues él no se echa hombres. Tal vez lo haga en un acto de autodefensa, cuando alguien lo persigue, lo agarra y agrrrss, le pepena el pescuezo y se acabó. Qué gran acierto de Fernando Méndez.

-Luego pasa a la vida de Agustín Lara, en vida.

-Eso fue precioso.

-Todo un gran personaje.

-¡Hombre! ¡Hombre! De repente pues nada, Antonio Badú que era el productor, Alejandro Galindo, que iba a dirigir. ¡Increíble! Y me llaman para hacer la vida de Agustín Lara. Ya tenía yo la cosa del cine. ¡Ya era experto! ¡La tercera! (Germán presume y se burla de sí mismo) ¡N’hombre! Qué me duraba a mí Cecil B. De Mille.

“Yo no conocía a Agustín y estuve como dos o tres meses antes de la película viviendo un día sí y otro también con él en su penthouse de Reforma. Me mandaba al chofer y entonces, desde la mañana, yo así, ¡como esponja!, ¡imagínate!, lo observaba. Me fijaba en sus manos. El decía: ‘Mis manos, alas rotas que acarician los dientes del piano’. ¡Alas rotas! Y efectivamente, las tenía medio artríticas.

“Siempre, con su anillo con una cruz y una cadenita. Lógicamente yo no iba a hacer una copia, porque no me parecía a Agustín Lara. No es por nada, pero yo era mucho más guapo que él: en figura, en estatura, en todo, aunque para la película me enchuecaron la boca…

“Estuve viviendo con él. El fue a varias sesiones de filmación. Siempre con su whisky y claro, yo hacía las escenas, sobre todo las románticamente cursis y me decían: ‘¡Agustín Lara es un cursi!’ Y yo les contestaba: El es así. ¡Así habla él! Por ejemplo, si hablábamos de comida, parecía que le estaba haciendo un verso a una mujer y hablaba de un repollo ¡como si fuera una flor! Así era él. Punto.

“El iba a la filmación. Después yo me le acercaba haciéndome como que ‘bueno, ahí va otra escena’, y él me decía ?y finge la voz ronquísima y bajita del músico-poeta?: ‘Muchacho, me gustó mucho’. Y Alejandro Galindo nada más me guiñaba el ojo. O sea, mientras el maestro estuviera contento, estábamos bien. Y sí, efectivamente, me la premiaron como la mejor actuación del año en cine.

-¿Aceptaba todo lo que le proponían?

-No, no, no. Yo buscaba que tuviera carne el papel. No era sólo trabajar por trabajar, pues al fin y al cabo yo tenía el teatro y nunca lo dejé.

-Y así, de El mártir del Calvario a la más reciente telenovela que hizo, ¿con qué México se fue transformando Germán Robles?

-Eso quisiera yo saber. Saber dónde en la rosa de los vientos perdió el norte México y lo empujaron a desviarse de su ruta. Quiero creer que la rebeldía de la delincuencia de hoy día es resultado de que el individuo común y corriente, silvestre y campesino, no cree en el gobierno.

-Y en todo esto, su vida ha estado ligada al arte siempre, ¿cómo lo entiende?

-¡Es una válvula, hija, por Dios! Es para quitar la presión. Es la tarea ocupacional para dejar de pensar aun pensando. La misión del actor es contar una mentira, pero hacerlo de tal manera que parezca una absoluta verdad, que tenga la honestidad de poder contar todo.

“¿Qué válvula de escape representa para mí? Pues eso, el decir: ¡Ay! Voy a dar clase o voy al teatro. Yo llego dos horas antes (de la función) al teatro. Acomodo mis cosas, preparo el café, prendo mi cigarrito, veo que tengo una espinilla… En fin, haciéndome el tonto porque estoy viviendo en el medio en el cual me desarrollo y me siento como pez en el agua: definitivamente feliz.”