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Un día en La Jungla: drama y esperanza de los refugiados

refugiados

Vista panorámica de La Jungla. Foto Manuel Ortiz

Por Manuel Ortiz Escámez*

CALAIS, FRANCIA.– Son las 11:30 horas. Estoy en la estación del tren Calais Village, donde quedé de ver a un contacto que me guiará a La Jungla, el campamento de refugiados ubicado en la casi frontera con Inglaterra, en el Canal de la Mancha, que en los últimos 6 años se ha convertido en una mística ciudad perdida. No llega.

Llueve. El frío paraliza las articulaciones. Cinco hombres se resguardan en el diminuto techo de una parada de camión. Hablan árabe, traen bolsas de plástico y sacos con tiendas de acampar. Cuatro son iraquís y uno sirio de 24 años llamado Mohammad Zaed. Les pregunto en inglés por su nacionalidad y posteriormente si saben en dónde queda La Jungla. Para mi fortuna, ellos se dirigen hacia allá. Tomo camino con ellos.

Luego de los atentados terroristas del 13 de noviembre del 2015 en París, los refugiados, particularmente de origen sirio, han sido estigmatizados y ellos lo saben, lo padecen. De hecho, dichos ataques le sirvieron al ultraderechista líder del partido Frente Nacional, Marine Le Pen, para reavivar su retórica anti refugiados. “Calais es una ciudad asediada por los refugiados”, ha dicho en varias ocasiones. Este tipo de propaganda política, nutrida por algunos medios de comunicación, ha tenido eco en una parte de la población. Por eso, en el camión la gente los mira con desconfianza.

En París se habla de La Jungla como un lugar altamente peligroso donde posiblemente se refugian criminales y terroristas de Medio Oriente. Es un lugar que ha quedado fuera del control gubernamental, tierra de nadie en donde solamente entran por el día miembros de organizaciones humanitarias de Francia e Inglaterra, como Médicos sin Fronteras, quienes tienen una fuerte presencia en el lugar.

Los cinco hombres descienden del camión y comienzan una larga caminata bajo la lluvia. Ocupan medio carril de una carretera semivacía. Por momentos parecen preocupados, pensativos, en silencio. Pero también hay instantes de risa y juego entre ellos: se salpican el agua de los charcos que pisan, cantan y charlan sonriendo. Yo camino junto a ellos.

Refugiados iraquíes y un sirio de nombre Mohammad Zaed, caminan de la estación del tren Calais Village al campo de refugiados La Jungla. Foto Manuel Ortiz Escámez

Refugiados iraquíes y un sirio de nombre Mohammad Zaed, caminan al campo de refugiados La Jungla. Fotos Manuel Ortiz Escámez

Luego de aproximadamente 40 minutos llegamos a un puente. Del otro lado está La Jungla, me advierte Zaed, quien lleva aquí apenas dos días. Los otros hombres tienen dos meses. Todos quieren cruzar hacia el Reino Unido.

Por eso van diario a la estación del tren, donde intentan esconderse en los convoyes que atraviesan hacia Reino Unidos por el eurotunel. Pero ahora es casi imposible, todo está custodiado por la policía y el ejército.

Cruzar el puente es una experiencia de realismo mágico. Del cuidado pavimento que caracteriza a las carreteras de Europa occidental, se pasa al suelo de tierra minado por la lluvia. Es como transitar del primer al tercer mundo por una gran puerta, como esas que utiliza el personaje japonés Doraemon para viajar en segundos de una región a otra del planeta.

Bienvenido a La Jungla, me dice Zaed. Se percibe un fuerte olor a basura, fritangas, excremento y orines. Hay gente deambulando entre cerros de basura y casas de acampar semidestruidas por las inclemencias del clima. Las ratas se pasean a sus anchas, como si nada. ¿Lo puedes creer? Esto también es Francia, añade el sirio.

Este campo se creó en 1999 por iniciativa de la Cruz Roja internacional. La intención era darles refugio a inmigrantes albano-kosovares. En el 2001, el entonces ministro del Interior de Francia, Nicolás Sarkozy, ordenó su cierre, lo cual generó gran controversia. Al final se mantuvo abierto porque siguieron llegando migrantes y refugiados de manera masiva.

De acuerdo con cifras oficiales, en La jungla hay entre 5 y 6 mil refugiados de África y Medio Oriente; la mayoría han salido huyendo de la violencia en sus países de origen. El territorio se divide por comunidades: iraquíes, afganos, sirios, sudaneses y otros. Sin embargo, no hay manera de saber con exactitud cuántas personas habitan este lugar, ni qué porcentajes hay de cada nacionalidad, porque son cientos los que llegan a diario y no hay un conteo de los mismos.

 Vista panorámica de La Jungla. Foto Manuel Ortiz

Vista panorámica de La Jungla.

Zaed llega a una pequeña casa de plástico y madera en donde los esperan Rami y Naseer, sus compañeros de viaje, también sirios. Se quita los tenis cubiertos de lodo y me invita a entrar para calentarnos y descansar un rato. El viento y el agua tambalean la frágil casita. Muchas de las viviendas del campo se derrumban por esta razón durante la noche, cuando el mal tiempo parece ensañarse más.

Mi casa fue destruida en Siria, me dice Naseer. Todos los días hay bombardeos y mucha gente está muriendo allá. Si yo me hubiera quedado, posiblemente estaría muerto, cuenta Zaed, quien es radiólogo de profesión.

“La mayoría de los sirios que estamos en este campo somos profesionistas, –añade Naseer, estudiante de letras inglesas de 23 años– no venimos a Francia a hacerle daño a nadie, sino a salvar nuestras vidas. Tampoco nos queremos quedar en este país. Intentamos cruzar hacia el Reino Unido porque allá tenemos familiares o algún conocido, y porque algunos hablamos algo de inglés y pensamos que eso nos ayudará a rehacer nuestras vidas.”

Los refugiados sirios han hecho un viaje de entre quince y treinta días para llegar a La Jungla, el cual, en total, les ha costado de cuatro a siete mil dólares, mismos que en su mayoría han quedado en manos de traficantes de personas en el Medio Oriente.

Zaed asegura que por cinco mil dólares más, los pueden llevar de Calais a Reino Unido sin mayores problemas. Allá los recogería un vehículo y los llevaría a un lugar alejado de la frontera, pero ni él ni sus compañeros tienen el dinero; de hecho, apenas si sobreviven con unos cuantos euros, que les sirven para comprar té de 50 centavos y pan de un euro.

Entrada la tarde, Zaed, Rami y Zaed salen de su vivienda. No ha parado de llover y la temperatura sigue bajando. Ingresan a uno de los varios restaurantes que se han instalado en el campo. Son lugares amplios construidos también con plástico, cartón y madera, en donde los refugiados de las diferentes nacionalidades se reúnen a tomar té, comer pan, fumar y cargar sus celulares. En su gran mayoría son hombres cuya familia los espera en sus países de origen o en campamentos de los alrededores. Creen que una vez en el Reino Unido juntarán dinero y se los podrán traer.

Además de los restaurantes, hay pequeñas tiendas de abarrotes y hasta un puesto de celulares en donde se vende tiempo aire para que los refugiados puedan comunicarse con sus familiares. Resulta evidente que para algunos comerciantes, La Jungla y el drama de sus habitantes representa una importante fuente de ingresos.

A las 15:00 horas, un alud humano sale de las viviendas y los restaurantes para dirigirse al interior de un albergue amurallado con altas rejas, localizado a la mitad de La Jungla, en donde los refugiados hacen filas de hasta tres horas para recibir alimentos. La entrada del lugar está custodiada por voluntarios de diversas organizaciones humanitarias, así como por tres camionetas llenas de policías que vigilan sin bajarse de sus vehículos. Zaed, Rami y Zaed se unen a la fila. Yo soy expulsado del lugar porque traigo cámaras. Los espero afuera, pero en el tumulto de los que entran y salen los pierdo.

Uno de los restaurantes de La Jungla. Foto Manuel Ortiz

Uno de los Restaurantes de La Jungla.

Los refugiados comen una vez al día. . Foto Manuel Ortiz

Los refugiados comen una vez al día.

El albergue cierra a las 17:00 horas y los voluntarios se retiran de La Jungla junto con los policías. La oscuridad es casi total. Intento buscar la vivienda de Zaed. Paso un par de horas pisando basura, excremento y charcos. La lluvia por fin disminuye. El lugar es un laberinto. Me siento perdido, empapado y casi paralizado por el frío y la incertidumbre de no saber en dónde pasaré la noche.

Varios hombres se agrupan alrededor de una fogata. Me acerco buscando calor. Generosamente hacen un espacio para que me integre. También son sirios. Alimentan el fuego con lo que sea, incluyendo grandes bolsas plástico. Sin embargo, el frío es suficientemente fuerte como para optar por aguantar el humo y los fuertes olores, aunque esto dificulte la respiración. Charlamos en un inglés muy básico. Les agrada saber que soy mexicano. Uno de ellos pone una canción con mariachi en su celular y todos desparraman carcajadas. Han escuchado que también en México se viven tiempos difíciles por la violencia y la complicidad del gobierno con los criminales. Nosotros tenemos un gobierno que asesina a su propio pueblo, igual que ustedes, señala uno de ellos.

En París hay muchos mitos sobre lo que ocurre al interior de este campo, particularmente en la noche, cuando los periodistas, los voluntarios y la policía ya no están aquí. Se dice que asaltan, que hay peleas entre los grupos de distintas nacionalidades, que han habido varios asesinatos, que algunos entran y no vuelven a salir. Lo que yo observo es que entre los refugiados hay un sentido muy desarrollado de solidaridad y dignidad. Es esto lo que les permite sobrevivir en tan duras condiciones. Los sirios se llaman hermanos entre ellos. Comparten la comida, el agua y las prendas para abrigarse, aunque éstas sean escasas.

Al recorrer el campamento con Akram, un amable sirio de 39 años, se escucha a mucha gente estornudar y toser, incluyéndolo a él. Las enfermedades respiratorias y gastrointestinales están a la orden del día. Aquí todos estamos enfermos de algo, dice Akram.

Refugiados sirios reunidos alrededor de una fogata. Foto Manuel Ortiz

Refugiados sirios reunidos alrededor de una fogata.

Un reciente informe de la Universidad de Birmingham, describe como infrahumanas las condiciones del campamento, en donde solamente hay una letrina por cada 70 habitantes y se recibe una sola comida al día. Otro reporte de la Agencia de la ONU para Refugiados (ACNUR), fechado en marzo del 2015, denuncia que los habitantes de este lugar son forzados a vivir en condiciones deplorables, con 30 tomas de agua potable para más de 3 mil personas, 60 regaderas, 20 sanitarios e insuficiente atención médica. Miembros de la prestigiosa organización Médicos sin Fronteras, ven al lugar como una tragedia humanitaria.

Durante el recorrido con Akram, ya pasando la medianoche, algunas de las pocas personas que rondan fuera de sus viviendas me gritan: no foto, no foto por favor. Algunos me han explicado que tienen miedo de que, por las fotografías de la prensa, sean identificados como ilegales en Inglaterra. Otros, en cambio, me llaman para que les tome una foto y se las mande por Facebook, una red social muy popular entre los refugiados. Seguimos el camino y encuentro la vivienda vacía de Zaed, Rami y Zaed. Su ausencia me parece extraña a esas horas de la noche.

Como no tengo dónde dormir, Akram me lleva a una vivienda más amplia, hecha con madera comprimida, habitada por 8 sirios. Todos me dan la bienvenida con una sonrisa. Los que hablan inglés me dicen que por favor me ponga cómodo y me ofrecen del té que están calentando en una pequeña estufa portátil. Uno me ofrece un plátano y un pedazo de pan. Otro se quita la cobija con la que está tapado y me cubre con ella. Me siento apenado por tantas atenciones. No puedo creer tal nivel de generosidad en condiciones tan deplorables. Así son estos sirios, ya me lo había dicho un activista en

París.

Los ocho hombres tienen una acalorada discusión sobre diversos temas: los ataques en París, el islam, el sueño de llegar al Reino Unido y de la violencia en Siria. Uno de ellos de nombre Azahar, profesor de inglés en Siria, me trata de traducir al instante, pero él también quiere opinar, así que me pierdo de algunas cosas. Mientras tanto, otro de ellos, cuyo nombre prefiere no dar, termina una llamada telefónica con su madre. Todos guardan silencio. No quiere que lo grabe pero sí desea dar su testimonio. Asahar traduce: Acabo de hablar con mi madre que está en Siria. Aviones rusos bombardearon el vecindario y mataron a mucha gente; civiles, mujeres y niños que nada tiene que ver con el terrorismo, gente que lo único que quiere es vivir en paz. El grupo también habla de los ataques de aviones franceses en zonas donde hay civiles. Los medios de comunicación no están hablando de eso, denuncian.

Refugiado sirio en el interior de su tienda de campaña durante la noche. Foto Manuel Ortiz

Refugiado sirio en el interior de su tienda de campaña durante la noche.

Asahar agrega: nosotros somos los primeros en lamentar los ataques en París. Somos musulmanes y esos actos van en contra de nuestros principios. Además, sabemos que eso nos perjudica mucho, que eso significa más violencia en contra de nosotros y nuestras familias. Ahora, los franceses nos ven con coraje, y yo me pregunto por qué, si nosotros también somos víctimas de esos mismos que atacaron París, por eso salimos de nuestro país. Pero lo que aquí no quien decir es que la mayoría de esa mierda de gente, los terroristas, no se han formado en Siria, sino en Europa, son una creación europea que luego viaja a Siria.

La versión consensada del grupo sobre los ataques en París, es que éstos fueron perpetrados por el régimen de Bashar al-Asad en mancuerna con el Estado Islámico (ISIS). Para los refugiados, es claro que el pasaporte falso sirio, que supuestamente quedó intacto luego de la detonación de uno de los kamikazes, fue sembrado en el lugar con la intención de culpar a los refugiados y legitimar la masacre de los civiles en Siria.

Amanece en La Jungla. Despierto y los refugiados ya me están ofreciendo té caliente. Me doy cuenta de que mientras dormía me pusieron encima una cobija extra, así como un bulto de ropa en la cabeza a manera de almohada. Yo estaba tan cansado que ni cuenta me di cuando eso sucedió. Me levanto y me percato de que al final no fuimos nueve los que dormimos en ese lugar, sino 12. A mí me reservaron la única colchoneta que tenían. No pude rehusarme a emplearla.

Afuera está nublado. Ha dejado de llover. Recorro los lodosos caminos y me encuentro a un hombre cargando a un niño de 4 años, el primer niño que veo en el campo. El hombre no es su padre, es un familiar; el padre del niño fue a traer agua. Ambos sonríen. El adulto habla un poco de inglés. Me cuenta que el pequeño se enfermó hace unos días mientras me señala su cuello, lo cual indica que fue una afección en la garganta. Pero ahora ya está mejor, aclara.

Uno de los pocos niños en el campo de refugiados. Foto Manuel Ortiz

Uno de los pocos niños en el campo.

Por la mañana hay varios activistas, la mayoría de Inglaterra, realizando distintas labores dentro de La Jungla. Una camioneta llega cargada de gorros y guantes. Para obtenerlos, los refugiados tienen que hacer una larga fila. Me acerco y entre los formados me encuentro a Zaed, quien una vez que obtiene sus guantes, va hacia mí y me da un abrazo.

Me cuenta que por la noche intentó pasar al Reino Unido por el eurotunel, junto con Rami y Naseer, por eso no estaban en su vivienda cuando los fui a buscar. Dicho cruce implica saltar un cerco metálico del cual Zaed se cayó, se raspó la pierna y el hombro derecho. Tras la caída, los tres fueron interceptados por la policía francesa y regresados a La Jungla. Estamos aquí como prisioneros. Por lo menos estos policías fueron muy amables, al menos no nos rociaron con gas en la cara como lo suelen hacer otros, narra Zaed.

Mientras camino con él, me dice que está perdiendo la esperanza de llegar al Reino Unido. Comenta desmotivado: allá me esperan algunos familiares, pero los ataques a París volvieron imposible llegar hasta allá. Zaed me acompaña al puente por donde entramos a La Jungla. Ya no sé qué hacer, dice. Si me quedo aquí voy a morir de alguna enfermedad, y si me voy a Siria me matará una bomba. Lo que el mundo no ve es que los sirios solamente queremos paz, no queremos riqueza, ni poder ni fama, seríamos muy felices si pudiéramos vivir con nuestras familias en alguna parte donde no nos maten, sólo eso pedimos.

Por último, Zaed me muestra una fotografía de su atractiva novia en el celular. Sonríe al verla. Dice que la extraña mucho y añade: le prometí que llegaría al Reino Unido y mandaría dinero para sacarla de Siria, pero ya no veo cómo le voy a hacer para cumplir mi promesa. Nos despedimos con un fuerte abrazo y quedamos de volvernos a ver un día en alguna otra parte del mundo, una parte mucho mejor que La Jungla.

Algunas de las viviendas son destruidas durante la noche por la lluvia y los fuertes vientos.  Foto Manuel Ortiz

Algunas de las viviendas son destruidas durante la noche por la lluvia y los fuertes vientos.

*El autor es coordinador del Laboratorio Multimedia para la Investigación Social de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.