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Vuelve la alegría a Raqa tras expulsión del Estado Islámico

El Estado Islámico había prohibido en Raqa, Siria la música, el canto, el baile y la coexistencia de hombres y mujeres en un mismo lugar sin un grado de parentesco fuerte. Foto Afp

Afp

Raqa. En una casa de Raqa, hombres y mujeres maquillados bailan juntos al compás de una música folclórica para celebrar la boda de Ahmad y de Heba, algo inimaginable hace unos meses, cuando la ciudad se hallaba bajo el yugo yihadista.

Según los habitantes de Jazra, un barrio de las afueras de Raqa, es la primera boda celebrada en esta ciudad asolada desde la reciente expulsión del grupo yihadista Estado Islámico (EI), que la controló durante tres años.

Hombres y mujeres bailan agarrados de la mano una dabke, danza folclórica levantina muy típica en las bodas y fiestas.

El EI había prohibido la música, el canto, el baile y la coexistencia de hombres y mujeres en un mismo lugar sin un grado de parentesco fuerte.

La música se entremezcla con el ruido de los generadores del barrio. Los muros reventados y las casas abandonadas arrastran las secuelas de más de cuatro meses de combates y bombardeos.

‘La vuelta de la alegría’

Jazra fue uno de los primeros barrios liberados por una alianza arabo-kurda apoyada por Estados Unidos. La familia del novio tuvo la suerte de poder regresar hace un mes a esta ciudad desierta.

“Estamos muy felices. Es la primera boda desde que los yihadistas se fueron”, se congratula Othmane Ibrahim, el padre de Ahmad, mientras recibe a los invitados.

“Antes del EI, había dabkes, canciones folclóricas de la región en nuestras bodas, pero el EI las prohibió todas. No había ninguna celebración”, asegura a la Afp este hombre de unos 50 años. “Hoy vuelve la alegría”.

De vez en cuando un septuagenario entona mawals, unos poemas cantados sin música, mientras las mujeres lanzan yuyus (gritos de alegría característicos del mundo árabe).

Los invitados se han acicalado para la ocasión. Las mujeres visten túnicas floreadas y llevan los labios pintados. Atrás quedó el niqab negro que las cubrió de pies a cabeza durante tres años.

Los novios están sentados en sillas. Parecen nerviosos. Ahmad, de 18 años, viste una túnica tradicional de color marrón y ella un vestido de novia blanco y un velo decorado con flores.

Su mano tatuada con henna acaricia un ramos de flores artificiales, mientras unas mujeres retratan a la pareja con sus teléfonos móviles.

Cerca de ellos, unas niñas maquilladas (con carmín en los labios y los párpados oscurecidos con khol) se menean al ritmo de la música. En la muñeca llevan pulseras de plástico muy coloridas.

Otros niños reparten agua o llevan sillas a los que van llegando.

Todos sonríen. “Hace tiempo que no vamos de fiesta”, declara una prima, Um Ahmad, de 25 años, con el cabello suelto.

‘Como nos apetezca’

Jalaf al Mohamad, otro primo del novio, está encantado.

“Hace años que no bailamos la dabke, vuelvo a disfrutar de la vida”, cuenta este hombre de 27 años que invita a bailar a hombres y mujeres haciendo girar en alto un rosario.

“Todos esperaban este momento. ¿Qué sentido tenía una boda cuando todo era negro?”, grita, refiriéndose a la bandera del EI y a las abayas de las mujeres.

“Hoy todo es blanco”, constata con una sonrisa.

La ciudad en ruinas todavía está desierta, debido sobre todo a las minas dejadas por el EI.

Esta boda, pese a la ausencia de desplazados y de la pérdida de familiares en la batalla, es una señal de esperanza.

“Raqa volverá a ser feliz”, dice Jaldiya, tía del novio, mientras toca el derbake, un instrumento de percusión árabe.

“Nadie nos prohibirá cantar y bailar”, asegura esta mujer de 30 años. “Nos divertiremos como nos apetezca”.