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Avilés: entre el rigor y el ingenio

La escritora Elena Poniatowska en el funeral del periodista Jaime Avilés. Foto Carlos Ramos Mamahua

Blanche Petrich

Ciudad de México. La campana de aviso de la mensajería instantánea celular sonó a las 6.11 de la mañana. Juncia y Julio Avilés Cavasola avisaban así a la vasta red de amigos de su padre, Jaime Avilés, que el periodista había fallecido después de la medianoche. A las 1:41 am, puntualizaban en el breve texto, aprendices del rigor con el detalle que aplicaba Jaime, el cronista, en sus escritos.

Desde el pasado 26 de junio mantuvieron abierta una línea de información por esa vía sobre el estado de salud de Avilés, quien la víspera había sufrido un infarto cerebral. Internado en terapia intensiva y hospitalizado de emergencia, se le encontró un gran tumor cerca del cerebelo. Estudios posteriores detectaron que el origen del cáncer estaba en los pulmones y que había hecho metástasis en varios órganos.

A partir de ese momento la vida de Jaime Avilés, rodeada de un tropel de amigos, admiradores y colegas, fue una sucesión de días de rencuentros, despedidas tácitas, una decidida lucha por revertir la agresiva enfermedad, entradas y salidas al hospital. Todo esto salpicado por el ingenio inimitable del paciente, quien respondió a un internista que le preguntó cómo se sentía después de la cirugía: “Como operado del cerebro”.

Jaime Avilés egresó de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM para aterrizar directamente al periodismo. Inició su carrera en la edición vespertina del periódico El Día, llamada Crucero. 

En 1977 se incorporó al equipo fundador del periódico unomásuno, secuela de la ruptura del grupo de periodistas de Julio Scherer con el viejo Excélsior. Ahí desplegó un estilo de crónica periodística innovadora, radicalmente distinta a la prosa de los cronistas de la vieja guardia, donde la vena literaria y el filo cómico no lo apartaron de la obligada lealtad a los hechos puntuales. El México de los indígenas, la insurgencia sindical, la práctica cotidiana de la tortura en los cuarteles policiacos del Distrito Federal, la insurrección sandinista en Nicaragua, entre otros temas.

Militante del Partido Comunista de entonces, reivindicaba el derecho del periodista a tener opinión y vida política paralela al ejercicio periodístico, a contracorriente de la opinión dominante que rechaza esta dicotomía. Esto lo llevó en los albores del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional a involucrarse en el movimiento indígena chiapaneco y posteriormente a ser un activo detractor del mismo. Siguió viviendo intensamente su vena de animal político, más recientemente como un decidido promotor de Morena y de Andrés López Obrador.

A la salida colectiva de un grupo de periodistas del unomásuno, encabezados por Carlos Payán y Carmen Lira, Jaime Avilés buscó otros rumbos. En El Financiero publicó una columna titulada Cuarto de Página.

Se incorporó a La Jornada publicando reportajes especiales, algunos de ellos memorables como la denuncia del maltrato dentro de las instituciones psiquiátricas tradicionales o la denuncia del caso de corrupción de Guido Belsasso, el entonces director del Consejo Nacional contra las Adicciones (Conadic), que fue descubierto cuando el reportero Avilés se hizo pasar por el empresario italiano Francesco Mossca, al estilo del periodismo de inmersión practicado por el alemán Gunther Walraff.

Hijo de uno de los más importantes cronistas taurinos del siglo 20, Jaime Avilés y Ortiz, quien publicó por décadas una columna bajo el nombre de Lumbrera, Avilés hijo mantuvo el espacio bajo el nombre de Lumbrera Chico.

Por su parte, su columna política en este diario fue rebautizada por el autor en tres ocasiones. Primero fue “El Tonto del Pueblo”, después “Isla Canela” –asuntos del corazón—y por último “Desfiladero”.

En 2012 Jaime se apartó de esta casa editorial. Inició un blog, Desfiladerito, que él mismo definió como “una sardina perdida en el océano”. Más tarde inició –también en sus palabras—un “diminuto portal electrónico” al que denominó Polemón, “un semanario mensual que sale todos los días a veces” y que tuvo como principal plataforma de difusión la red social twitter.

En este medio fue donde se informó puntualmente la evolución de la enfermedad de Jaime Avilés en sus últimos días.

El periodista también ejerció de dramaturgo y actor de carpa, con obras de sátira política escritas especialmente para puestas en escena de café concert.

De sus libros destacan La rebelión de los maniquíes y sus novelas Nosotros estamos muertos  y Adiós cara de trapo, su versión sobre su encuentro y desencuentro con el zapatismo y el más reciente, AMLO: vida privada de un hombre público, un retrato que logra penetrar en la intimidad de este político que resguarda con especial celo su vida personal.