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Ayotzinapa, Francisco / Víctor Flores Olea

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Marcha en Guatemala en solidaridad por los 43 normalistas de Ayotzinapa, quienes cumplieron un año de desaparecidos. Foto: AP

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Marcha en Guatemala en solidaridad por los 43 normalistas de Ayotzinapa, quienes cumplieron un año de desaparecidos. Foto: AP

Dos  temas tan lejanos, aparentemente, y sin embargo tan cercanos en su significado.

La gran fuerza y vida del movimiento de Ayotzinapa reside en el grupo de padres de familia. Si no es por su entrega y persistencia que los han llevado lejos; si no ha sido por su pasión justificada e indomable pudiéramos preguntarnos dónde estaría, ante un gobierno pusilánime y mentiroso que apenas comienza a moverse después de un año de la tragedia. Todas allas razones que ha contribuido fuertemente a que el drama siga vivo en México con toda su fuerza, y mucho más allá de nuestras fronteras, que siga viéndose como el escándalo inadmisible que es.

Pero no nos engañemos: además del crimen de mexicanos resentido por mexicanos, su significado ha trascendido nuestro territorio y la indignación está presente en el mundo entero. Me atrevo a decir que también ha sido la inspiración de algunos de los conceptos y sentimientos más profundos que ha expresado Francisco en distintos foros de esta gira extraordinaria que ha emprendido en tiempos recientísimos por tierras americanas. Sí, es cierto, ha llevado la voz y las angustias del Tercer Mundo a donde se expresan raramente, y con la fuerza de sus palabras ha contribuido a la unificación del mundo, y a decir, a convencer de veras a multitudes que el hombre nació para la solidaridad, para el apoyo y el auxilio de los abandonados, des les damné de la terre.

En sus discursos y homilías ha insistido el Papa en que la corrupción va de la mano del crimen y la violencia, y que para trascender a unos y otros es necesario una transformación de la sociedad en que cada hombre y cada grupo se sienta responsable de los demás, de cada hombre y de cada grupo, y que en tal cosa se anida el verdadero ejercicio de la humanidad, el ser verdaderamente humanos. Y que esto no ocurre sin una toma de conciencia, y una generosidad de alma, en que lo primero sea la autenticidad del alma y la verdadera vocación para hacerla fuerte, inclusive para purificarla.

Por vía un tanto distinta, las víctimas de Ayozinapa me parece que han vivido una experiencia análoga. El profundo sufrimiento frente al hecho dramático de la pérdida, pero también las mentiras y falsedades que se les han presentado como si fueran la Verdad, la única Verdad, explican sobradamente su indignación y su sentimiento de haber sido tratados y burlados, por buena parte de los sectores oficiales del país, como hombres y mujeres de 2º o 3º rango, como desechables y prescindibles, que es tal vez la manera más profunda de la exclusión.

Pero no confundamos. Mientras el Papa Francisco, en diferentes foros generalizó y habló ampliamente de la condición humana en nuestro tiempo, en condiciones de trascender la actualidad, Ayotzinapa es aun, además de variedad de otras cosas, un problema policíaco pendiente, y ahora en tal cosa debieran concentrarse las llamadas “fuerzas del orden” en nuestro país, que contiene muchas implicaciones además del famoso “quinto” camión desaparecido supuestamente cargado de drogas, las complicidades entre policías locales y federales, con narcotraficantes que no excluyen a integrantes del ejército y que ha sido una pésima idea “protegerlos”  ( sin declaraciones o investigaciones especiales), porque como están las cosas es una manera en que el propio gobierno lo señala con un cierto grado de culpabilidad. El hecho es que tal es la creencia y la reacción de la ciudadanía, que los juzga no como inocentes sino como protegidos por el propio gobierno en función de un cierto grado de culpabilidad y complicidad. Como quien dice los tiros salen por la culata.

Hay por cierto otra preocupación en México que vuelve a emparejarse con preocupaciones centrales del Papa Francisco ahora pensando en el conjunto de la sociedad humana, y es el hecho de la “descomposición social”,  que parece haber penetrado en tantas regiones y sectores de la comunidad. De manera directa el Papa habla del abandono de valores y creencias que arrastran a jóvenes y viejos hoy, junto a mujeres y niños, a conductas destructivas de la condición humana  y a la propia degradación. Si entendí bien y escuché la degradación del individuo y del grupo sería la causa más seria de la descomposición social qie se vive en la actualidad. Algo así como la raíz del mal “individual y colectivo”.

Si entiendo bien, este peligro lo intentan evitar a toda costa los padres de los normalistas desaparecidos (y o …), y vaya que lo han logrado con éxito. Sin duda hoy se encuentran entre los mexicanos más respetados porque no han caído en ninguna de las trampas  que acostumbran prepararles los “de arriba”. Ellos transparentan una autenticidad y una decencia que son muy difíciles de encontrar en el medio, en el ambiente que sea. Y por eso son también admirados, queridos y respetados por una gran mayoría de mexicanos.

Además de que la diferencia abismal entre la condición de unos y otros, los discursos y conductas de los padres de los 43 de Ayotzinapa y del Papa Francisco, es preciso subrayar que el caso de Iguala se refiere en lo inmediato y central a una cuestión de índole penal, aun no resuelta todo indica por corrupción, negligencia o incompetencia, todo mezclado pero que al final es específicamente policíaco. Cuestión legal y de rectitud humana pero al final de cuentas jurídica y que debe ser atendida por esa vía, que es una de las reclamaciones más fuertes de los padres de los 43.

Visión de un mundo superior (el propio Papa Francisco ha dicho que “un mundo mejor es posible), pero sin desvincularlo de las exigencias de la ley y del orden jurídico. Dos casos que vivimos intensamente a través de los medios de comunicación que nos hacen pensar que, en efecto, “es posible el mundo mejor que todos queremos”).