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En Colima celebran que no hubo graves daños, “aunque exageraron alarma”

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En Manzanillo, Colima, elementos del Ejército ayudan a restablecer la normalidad tras el paso de Patricia. Foto: AFP

Por Arturo Cano, enviado

Armería, Col.

El lugar que pronto será una ruina lleva el mismo nombre de la playa: El Paraíso. Para allá no se puede pasar, dicen dos jóvenes que esperaron al huracán Patricia por órdenes del patrón. Ellos no se fueron, pero sí dos refrigeradores que tuvieron que ir a recoger del otro lado de la calle. La verdad, yo pensé que iba a estar peor, dice uno de los muchachos, mientras una ola salpica cerca.

Donde hubo playa ahora está la furia del mar. El restaurante-hotel perdió algunas habitaciones, y la alberca, el gran atractivo de una de las mayores instalaciones de este pueblo de turismo nacional, es ahora un charco de agua salada lleno de sillas que antes hicieron las delicias de los amantes del ceviche.

El Paraíso, municipio de Armería, fue uno de los lugares más afectados por el paso del huracán que se anticipó como el peor de la historia y terminó, por fortuna y hasta ahora, en daños materiales solamente.

A unos pasos del restaurante-hotel, que daba empleo a 50 personas, vecinos de la zona se acercan a mirar los destrozos. Reconocen allá al fondo los restos de La Ñeca, uno de los comederos más famosos por su mural de héroes de revoluciones latinoamericanas y sus pescados a la talla. Los sanitarios del restaurante están ahora a medio mar, a punto de ser arrastrados por las olas.

Los habitantes de El Paraíso han perdido su única fuente de trabajo, pero por el momento los tranquiliza la numerosa presencia del señor gobierno. Hay palas mecánicas, camiones de carga, brigadas de trabajadores que quitan montañas de arena que fueron a dar a las calles.

A punto de oscurecer, trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad están a punto de reponer parcialmente el servicio eléctrico. Marinos y soldados cargan las armas de siempre, pero también palas. Una brigada de jóvenes empleados de la Secretaría de Desarrollo Social, armados de chalecos y listados, prueba el lodo arenoso. Uno de los muchachos explica que primero quieren saber qué sucedió con los beneficiarios de Progresa y luego harán un padrón de los afectados.

Cansados ya de ver el trajín de los soldados, esperanzados en que la ayuda será pronta, los paraiseños siguen mirando los montones de troncos y ramas que bajaron de los cerros pero también se entretienen con una nueva adquisición: los cortos videos que en sus teléfonos grabaron sus vecinos de un acontecimiento inédito.

Aquí nunca había venido un presidente de la República, dice uno de ellos, muy orgulloso de mostrar el pequeño video que hizo del momento en que Enrique Peña Nieto trepa a la góndola de una camioneta y se dirige a los colimenses presentes para prometerles la presencia permanente del secretario de Agricultura y destacar que lo importante es que todos atendieron las instrucciones de Protección Civil.

En realidad, no todos, porque a pesar del volumen empleado por el gobierno federal (todavía hoy los anuncios en radio insistían en una tragedia sin par), los comerciantes de El Paraíso no abandonaron sus establecimientos. Pudo más el miedo a la rapiña, hijo de la desconfianza en la protección que en estos casos puede brindar la autoridad. Es el caso de los dos muchachos que se quedaron a cuidar el restaurante-hotel y de los vendedores de recuerdos hechos de conchas.

Yo sí me fui, porque ella quiso, pero se quedaron mi hija y mi yerno, dice Luz Hermida Vargas, cuando señala a la pequeña que la convenció de marcharse a la cabecera municipal con un mejor vámonos, abuelita. El negocio de la señora Vargas es uno de los pocos abiertos. Qué van a llevar, pásenle, pásenle, dijo doña Luz al ver pasar a los fuereños, ofreciendo su mercancía por puro acto reflejo o quizá esperanzada en que el abrazo que dio hace apenas un rato sea útil para que todo vuelva a la normalidad, y pronto.

Y es que hace un rato la señora Luz tuvo la fortuna –se le ilumina aún el rostro cuando lo cuenta– de abrazar al Presidente de la República. “Le regalé una lámpara, porque hay que recibirlo bien… Venga para que vea una igual”. La lámpara de techo está hecha de hilos y conchitas de mar: vale 500 pesos, según se lee en la etiqueta.

Una franja de negocios ocupa la primera línea frente a la ahora inexistente playa. La tienda de doña Luz está pasando la calle. Ahí caló duro el miedo entre las tres y cuatro de la madrugada, cuando el oleaje pegó más fuerte y estuvo a punto de llevarse a un imprudente que salió a buscar comida.

–¿Cuántos hijos tiene, doña Luz?

–Tuve 10, pero me viven cinco.

–¿Murieron de pequeños?

–El hombre me salió muy malo, no me daba nada, y se me murieron de hambre.

Manzanillo es el centro de la ayuda federal. Hay grandes charcos aquí y allá, pero por lo demás todo parece en calma. Los hoteleros no se pueden quejar, al menos por el momento, porque el lugar de los turistas lo ocupa, desde ya, un ejército de empleados federales.

Las advertencias lanzadas por el gobierno calaron tierra adentro también. En Colima capital, por ejemplo, hubo compras de pánico y desde el mediodía del viernes no era posible conseguir pan, huevo, agua. Vamos, incluso los teléfonos celulares se acabaron.

Todas las actividades se suspendieron cuando mucho a las tres de la tarde, pero a esa hora los comerciantes ya habían hecho su agosto. “Paty me cayó muy bien”, dijo el administrador de una tienda, según refiere un habitante de la capital colimense que buscó, sin fortuna, comprar un teléfono para su amigo chilango que lo había perdido. Igual, si hubiese conseguido adquirir el aparato, de nada habría servido, porque las oficinas de la empresa telefónica cerraron, como todo, al filo de las tres de la tarde.

En una mesa en la capital del estado, un grupo diverso evalúa el paso dePatricia.

Una mujer cuenta de sus conocidos que perdieron toda su cosecha de papaya. El recuento de los daños está por hacerse.

Un hombre, gerente de una cadena de tiendas de conveniencia en la región, dice que es la primera vez en su vida que se siente orgulloso de ver que un gobierno toma acción frente a una potencial tragedia, aunque hayan exagerado la alarma.

Otros en la mesa estiman que al gobierno federal se le fue, a falta de mayores daños o pérdida de vidas humanas, la oportunidad de distraer a un país que ya no puede con tantas tragedias.

Al final se impone, sin embargo, la mexicana alegría de sacar chistes casi de todo. Patricia hace esquina, para tal efecto, con la anulación de los recientes comicios de gobernador que serán repuestos la primera semana de diciembre, y con los mismos candidatos.

Una sonora carcajada cierra la tarde colimense cuando uno de los comensales, el escritor Agustín Benítez, refiere la broma de un amigo: “¿Por qué Patricia nos la perdonó? Porque si entra a Colima corre el riesgo de que la impugnen y la degraden a tormenta tropical”.