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“¡Fuera Peña!”, gritan miles cuando el padre de Alexander confirma la muerte del normalista

Diversas organizaciones marcharon por Paseo de la Reforma hacia el Monumento a la Revolución, en una protesta encabezada por padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos en septiembre pasado Foto: Roberto García Ortiz

Alonso Urrutia, Carolina Gómez, Laura Poy y Matilde Pérez

México, DF. Casi al anochecer, el griterío de la protesta y la exigencia de justicia para los normalistas de Ayotzinapa hizo una pausa. Desde el templete, Felipe de la Cruz, padre de uno de los 43 estudiantes desaparecidos, confirmaba lo que ya se esparcía como rumor a lo largo de casi una hora de marcha: Alexander Mora Venancio, levantado aquella noche del 26 de septiembre, estaba muerto.

Apenas una pausa para que los miles que se volvieron a congregar –ahora en el Monumento a la Revolución– respondieran a coro: “¡Fuera Peña, fuera Peña!” Algunos, pocos, no pudieron reprimir el llanto por la noticia, y otros corearon otra añeja consigna que hasta ahora no había sido pronunciada: “Alexander, tu muerte será vengada”. El anuncio removió los sentimientos entre la multitud congregada a los pies del Monumento a la Revolución.

Sin dar resquicio a la tristeza, anunciaba agitados días por venir y lanzaba: “Alexander, no te vamos a llorar, pero haremos que tus cenizas sean una semilla para la revolución…”

Más de dos meses después de aquella noche en Iguala, la primera certeza sobre el destino de los 43 normalistas ha repercutido con un endurecimiento de la postura de los padres y estudiantes de Ayotzinapa, que rompen las frágiles formas discursivas guardadas hasta ahora.

Reclaman el encarcelamiento del ex gobernador Ángel Aguirre Rivero, a quien sin matices tachan de asesino, mientras a Peña Nieto le endilgan la responsabilidad de la desaparición y asesinato de normalistas. Y sí, ahora exigen la investigación del Ejército en esta trama que ha cambiado el rumbo a México.

Enésima congregación en favor de la justicia en Ayotzinapa, en un día particularmente agitado para la ciudad, con protestas casi desde el amanecer. El país está en ebullición y este sábado fue un termómetro del ánimo social que campea entre la población.

Día de protesta pese a la clausura del Zócalo por el Gobierno capitalino, que desplegó una estrategia para impedir el paso al Centro Histórico. Nada que enturbie los preparativos para las celebraciones navideñas que ya contemplan para esta ciudad.

Evocaciones revolucionarias

El ataque en Iguala se ha convertido en una verdadera caja de Pandora que convocó a organizaciones ciudadanas, campesinas, estudiantiles, urbanas.

Con la exigencia de la presentación con vida de los normalistas de Ayotzinapa como bandera común, desde temprano, en sucesivas manifestaciones, y por la tarde en una sola movilización, cada sector carga sus propios agravios. Los campesinos con sus males casi ancestrales; el magisterio oaxaqueño, que 15 meses después de la malhadada reforma educativa, sigue combatiéndola; el Grupo Lésbico Gay reclamando el fin de los crímenes por homofobia. Los estudiantes encendidos por el destino de los jóvenes en este país.

Todos repudiando al mal gobierno , todos reclamando una esperanza para La Paz, para la justicia, para que se conceda un momento a la razón.

Fue un sábado de confluencias. Entre las remembranzas históricas, que evocan los 100 años de la toma de la capital por los generales Francisco Villa y Emiliano Zapata, que se entrelaza con la trágica historia en construcción, con Ayotzinapa como punto de quiebre del sexenio.

Convocada por los herederos de Villa y Zapata, se realizó una cabalgata por Reforma hasta el Monumento a la Revolución, con la pretensión de recordar la historia, pero también de pronunciarse sobre el presente. Francisco Villa, nieto del Centauro del Norte, se pronunció a mediodía por el fin de los secuestros, las desapariciones, del caos que prevalece en el país.

Chinelos, bandas de música y caballos llegaron casi como en carnaval, celebrando a Zapata y Villa a 100 años del clímax de su épica revolucionaria, sin olvidar un presente que indigna a la nación.

Era el preámbulo para la masiva movilización vespertina. Poco antes de las 16 horas, las inmediaciones del Ángel de la Independencia comienzan a saturarse de contingentes. Esta vez será diferente: los violentos desenlaces de las últimas dos jornadas por Ayotzinapa obligan a extremar medidas de protección mutua entre los manifestantes y a diseñar estrategias de protección contra policías e infiltrados.

En la Glorieta de Insurgentes se reúnen los universitarios, que esta vez no aportaron los miles de manifestantes, pero afinan precauciones. Anuncian medidas de emergencia: no dejar de gritar su nombre, quien sea detenido arbitrariamente, que nadie se separe del contingente, si arremete la policía, entrelazarse con los brazos; no permitir ningún ingreso de encapuchados. Y si nada de eso funciona, recordar que Insurgentes e Hidalgo son las arterias de evacuación para el contingente.

La comunidad artística tiene otras claves para protegerse. Artistas escénicos, músicos y dramaturgos conformaron un festivo contingente que en su mayoría portan narices de payaso. No se trata de la trivializacion de la protesta, sino de un distintivo de protección, explicó Míriam Orva, joven dramaturga que porta un radio para comunicarse con la retaguardia del grupo.

Ximena Oliver es la coordinadora de otro peculiar conjunto de manifestantes: el grupo carriola. Padres de niños que aún requieren carriola, que no cancelan su derecho a la protesta, pese a los riesgos que han surgido en las últimas dos manifestaciones. “Reivindicamos nuestro derecho a la protesta sin tener que separarnos de nuestros hijos”.

La actuación de las policías federal y capitalina es tachadas por igual de represora. La arremetida policiaca en pos de frustradas detenciones de presuntos “anarquistas” provocan la reacción entre los manifestantes. Si el “¡Fuera Peña Nieto!” está en pancartas de forma casi generalizada, algunas comienzan a involucrar al jefe de Gobierno de la ciudad: Mancera, traidor, se lee en otras.

Durante el mitin, quien lo conduce repite un par de veces la recomendación de desalojar el lugar al término del mismo y pide extremar precauciones sobre posibles acciones de las policías federal y capitalina.

El mitin de este sábado trae aparejada una nueva consigna, emanada, se diría, de los cambios en el Congreso: “Con esta ley o con una nueva ley, seguiremos saliendo a las calles”, advertía una gran manta del Comité del 68, que parece equiparar las reformas en el Congreso para controlar las movilizaciones con presagios represivos, como aquellos años de lucha estudiantil.

Clausurado el Zócalo, el contingente se enfiló hacia el Monumento a la Revolución. Casi en la vanguardia, la imagen de la Guadalupana, incorporada esta vez a la lucha, va dando tumbos, por tanto peso, que apenas soportan los fieles que la cargan. Sin tintes religiosos, entre la masa cada quien carga al que le profesa fe: Gandhi, Zapata, Villa, Genaro Vázquez, Che Guevara, una lista de figuras llamadas a acompañar la manifestación.

Sin la convocatoria de las últimas movilizaciones, fueron miles los asistentes al Monumento a la Revolución para escuchar, esta vez, noticias desesperanzadoras. La muerte confirmada de Alexander permea en algunos de los discursos de los familiares. Bernardo Campos, otro de los padres de los normalistas, no puede reprimir su ímpetu y hace una promesa pública: “hijo, donde quieras que estés, te seguiré buscando, aunque mi corazón sangre”.

JSL
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