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Gamboa Pascoe corona con metal su sacrificio por los trabajadores

Arturo Cano

El secretario general de la Confederación de Trabajadores de México, Joaquín Gamboa Pascoe, al develar una estatua con su imagen, en el edificio de Vallarta 8 ■ Foto José Antonio López

Aunque arrastre la voz y le sobre saliva, Joaquín Gamboa Pascoe conserva rastros de la oratoria que lo hizo el jilguerillo predilecto de Fidel Velázquez. Lo que ha perdido es la cuenta: “Tengo más de 90 años de vivir en este lugar; llegué cuando era niño y desde entonces mi vida ha sido vinculada a los trabajadores”. En realidad, el secretario general de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) cumplirá 88 este año, los últimos 10 al frente de la organización que Velázquez dirigió hasta su muerte, a los 97.
Es la emoción, suponen los asistentes, porque el líder que nunca fue obrero, ni lechero como don Fidel, está tan conmovido que dedica unas palabras a los maestros que desde hace largos meses afean la vista de la sede nacional de la SeTeMe (como le decían antaño los obreros disidentes), justo frente a la enorme estatua del lechero de Villa del Carbón.
“No somos”, dice, “como quienes viven aquí en la esquina, para oprobio de México, con su suciedad y su holganza”.
No, a la central de Gamboa Pascoe la definen otros méritos: “No es alarde, pero la CTM fue la primera que reconoció plenamente el triunfo del presidente Felipe Calderón” en 2006.
Y ahora, a punto de las lágrimas, define el quehacer de la central cuyo poder se desvanece: “Entendemos el sindicalismo como una forma de prosperar en el trabajo… Nosotros, por fortuna, en la CTM no tenemos un problema de desempleo como lo hay ahorita en todas partes. Eso es lo que hemos conseguido sin invadir calles, menos ofendiendo a nuestra bandera”.

“Nomás pasa en Medio Oriente”
¿Velázquez o Rodríguez Alcaine develaron sus estatuas en vida? “No, eso creo que nomás pasa en Medio Oriente”, dice con sorna un dirigente estatal que, como todos, espera más de una hora al líder máximo, igual que centenares de trabajadores de la industria alimenticia (“y nos tienen sin desayunar”) armados de banderas y matracas.
Taca, taca, taca, taca. El Líder ha llegado. Las matracas hacen lo suyo. Dos cañones de aire disparan papeletas rojinegras. En unos segundos, Gamboa aprieta un botón rojo y la enorme escultura del lechero de Villa del Carbón brilla de nuevo (aunque antes de terminar el acto adentro del edificio de Vallarta 8 la vuelven a cubrir).
A Gamboa lo llevan prácticamente en vilo por la escalinata. Se detiene en cada descanso para saludar y ser ovacionado. Entra al enorme vestíbulo donde han sido removidos los bustos de Fidel Velázquez y Leonardo Rodríguez Alcaine para que su estatua luzca en todo su esplendor.
La espera permite que otros líderes cetemistas atiendan a los medios. Uno de ellos se llama José Luis Carazo. Anda en los cincuenta y tantos y ha dejado atrás sus tiempos de asesor del temible Wallace de la Mancha, emblema del sindicalismo gansteril en el Valle de México.
Ahora viste impecable. Pero no sólo su gusto por la ropa cara lo asemeja a Gamboa. Sigue los pasos, la biografía del jefe.
Carazo es secretario del trabajo del comité nacional cetemista, preside dos sindicatos nacionales, pertenece al consejo político del PRI y es además representante obrero ante organismos como el IMSS, el Infonavit y la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos.
“Tenemos el orgullo de tener el cuarto lugar entre los países con los salarios más bajos del mundo”, dice con ironía, para luego soltar datos y probar que es amplio conocedor del tema salarial. Remata con la receta: ¿para qué queremos aumentos si se va a disparar la inflación?
Conoce el debate y se da el lujo de despacharse a los “expertos de la UNAM” que documentan la tragedia salarial mexicana: “Todos presentan lo mismo, unos con rayitas y otros con barritas, pero lo mismo. Pero no saben, ninguno de ellos da salarios, ni cobra”.
Él sí cobra, y bien. Sólo en una de sus chambas, como consejero del IMSS, se lleva casi 80 mil pesos.
Carazo se sienta en la mesa de honor, que preside Gamboa.
Hace ya 10 años que heredó la secretaría general de la CTM y con él están quienes lo han ayudado a imponer su estilo en la central.
En primer lugar, el diputado Carlos Aceves del Olmo, su principal operador y para muchos el verdadero poder en la CTM. A la sombra de su jefe, se ha dedicado a extender sus redes al resto del país mediante la creación de sindicatos nacionales en las industrias minera, automotriz, textil, electrónica y de lácteos, pasando por encima de una vieja regla de Fidel Velázquez, que siempre tuvo el cuidado de “respetar las regiones”. “Se está apropiando de todo”, dice un viejo cuadro cetemista.
Es el estilo de Gamboa –o El Microondas, como fue conocido en un tiempo por traer un enorme cargamento de fayuca en un viaje presidencial–, quien a su llegada al poder se enemistó con dirigentes que tenían algún origen laboral, quizá porque él nunca fue obrero.
Así, se deshizo del ex gobernador de Durango José Ramírez Gamero; se distanció del petroquímico Gilberto Muñoz Mosqueda y de Carlos Romero Deschamps, quien terminó solicitando el ingreso del sindicato petrolero al Congreso del Trabajo, renunciando así a ser representado en ese órgano por la CTM. Ninguno de los tres estuvo en la ceremonia de la estatua.
Gamboa también acabó de un plumazo con los centros de estudios e investigación creados por el sempiterno Velázquez y con otra larga tradición: eliminó la numeración de los secretarios generales sustitutos, para que nadie sienta que lleva mano en la sucesión.
En la mesa central del desayuno está también Fernando Salgado, ex líder juvenil y mano derecha de Aceves. Es el más joven de la cúpula cetemista (nació en 1966), pero estaba predestinado a ocupar importantes posiciones porque Gamboa es su padrino de bautizo.
Vacías las tazas de café, Gamboa se deja querer. Llevan hasta su mesa una réplica miniatura de su estatua y luego el líder se levanta y se toma fotos con su figura metálica y sus aduladores.
La primera foto es con dos de sus hijos, Alejandro y Armando Gamboa, quienes también han ocupado cargos gracias al liderazgo de su padre y tienen sitio en la mesa de honor.

¿Dónde quedó el del obrero?
Gamboa Pascoe corona con metal una larga carrera de sacrificio por el bien de los trabajadores. Fue diputado federal por vez primera en 1961, era secretario general del PRI el 2 de octubre de 1968 y presidió el Senado en tiempos de José López Portillo.
Muchos años más tarde, su amigo Rodríguez Alcaine le pagó después de muerto los favores recibidos. Uno en especial: en la guerra contra la Tendencia Democrática del Suterm, las huestes de Gamboa Pascoe hicieron el trabajo sucio. En 1973, cuando el movimiento encabezado por Rafael Galván resistía con todo, los miembros de la Tendencia chocaron con los golpeadores de la FTDF en la termoeléctrica de Lechería.
Mientras su figura queda para perpetua memoria en el vestíbulo de la CTM, en el edificio que alberga al organismo cúpula del Movimiento Obrero Organizado (así se escribía antes), continúa el misterio de la desaparición del Monumento al Obrero.
Cuentan que Ignacio Asúnsolo –autor, entre otras obras, del Monumento a Obregón que está en la avenida de los Insurgentes– donó el monumento que desapareció de la explanada sin ninguna explicación.
Ahora, en lugar de un obrero que se limpia el sudor con el dorso, los cetemistas pueden venerar la imagen del líder dandy: 2.70 metros, medio millón de pesos que generosamente puso el sindicato de la automotriz Chrysler, de Hugo Díaz Covarrubias.
Sólo hizo falta que al pie de la estatua se perpetuara también la frase por la que se recordará al líder: “¿Qué, porque los trabajadores están jodidos yo también debo estarlo?” O bien la que empleaba a la hora de negociar con los patrones cláusulas de los contratos colectivos: “Ponle precio y no hay problema”.

JSL
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