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La Manzanilla: arena, ramas y piedras, alfombra del paraíso

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Arturo Cano, enviado

La Manzanilla, Jal. Las palas mecánicas levantan los destrozos en la calle y rellenan camión tras camión con la arena, ramas y piedras que Patricia aventó hasta la calle. Ericka, encargada de un depósito de cerveza en esta hermosa playa que ha atraído a centenares de estadunidenses que tienen aquí sus casas, mira pasar los vehículos materialistas y alza los ojos al techo: ‘‘La verdad yo no creía, me la pasaba risa y risa, pero después de media hora supe que jamás voy a volver a dudar cuando vengan a avisar de un huracán’’.

Ericka ha vivido sus 36 años en este lugar, donde todos se dedican al turismo. Con naturalidad dice que nunca había visto algo así y narra que ella, su marido y sus hijos pasaron dos horas terribles encerrados en un cuarto sin ventanas.

‘‘‘Es que el aire chiflaba muy fuerte’’, dice su hija de cuatro años, sin soltar su bolsa de papas.

Aquí todavía no hay electricidad ni señal de teléfono. El gobierno ha prometido un pronto aunque gradual restablecimiento del servicio eléctrico y es de esperarse que así ocurra, si se juzga por el número de vehículos de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) que circulan por estos rumbos.

Para llegar a La Manzanilla lo más pesado son los últimos kilómetros, de Melaque hacia acá, porque en los cerros que dieron el primer atorón al huracán categoría 5 cayeron toneladas de piedras y cientos de árboles, que los primeros servicios de emergencia quitaron sólo parcialmente y pusieron a funcionar un solo carril.

Los vehículos que van hacia Puerto Vallarta tienen que esperar el paso de los que se dirigen hacia Barra de Navidad. La lentitud del tramo subraya la aparatosa presencia federal: camiones del Ejército y la Marina, tráileres de la CFE que cargan cables o transformadores, pipas de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), camiones con postes de madera que repondrán el servicio telefónico.

‘‘Aquí nada más están haciendo esto’’, dice Ericka cuando pasa otro camión cargado de desechos.

‘‘Lo demás lo tenemos que hacer nosotros, porque ya viene la temporada de más turistas’’.

Ericka sólo tiene que lamentar que su padre perdió su patrimonio: 100 mil pesos que había invertido en una huerta de plátanos que no estaba asegurada.

Ni una sola de las enramadas que reciben a los visitantes sobrevivió al huracán. En muchas ya trabajan diligentes empleados que rompen a machetazos las palmas

caídas y los trozos de madera que las sostenían. Piedras, peces muertos, botellas de plástico, basura son ahora la alfombra del paraíso. ‘‘Pero lo bueno es que no

se desbordó la laguna, porque si no también tendríamos cocodrilos’’, se regocija Ericka.

En dos días de recorrido por estas playas es la primera ocasión que se mira a alguien meterse al agua. Son cuatro niños del lugar que han encontrado una nueva diversión: la fuerza del huracán arrastró aquí los restos de una casa, una esquina de ladrillos y concreto que quedó a media playa.

Es el trampolín de los que se aventuran a regresar al mar, seguidos poco después por un pescador que lanza su red sin mucha suerte. Camino de vuelta a Manzanillo, el panorama es similar en Melaque, Barra de Navidad y Ciuhatlán. En un punto de la carretera hay una docena de tráileres que descargan despensas en una enorme bodega (en La Manzanilla se quejan de que ha comenzado el reparto, pero sólo a los fieles del presidente municipal, de militancia priísta). Aquí y allá se mira a electricistas que levantan postes o empleados de los gobiernos locales que sudan con los destrozos.

En el centro de Cihuatlán todo está en calma. Enormes suspiros siguen a las preguntas. ‘‘Imagínese, pensamos que nos iba a ir muy mal. Si cuando Jova (el huracán de 2011) tuvimos siete muertes, y era categoría 2, ¿qué nos esperaba con Patricia?’’ Por fortuna, Patricia no mató a nadie en Cihuatlán, aunque los productores de plátano de la zona lamentan la pérdida casi total de sus cultivos (los plataneros de Colima dicen que se perdió la mitad de sus cosechas). A ambos costados de la carretera es posible observar los platanares destruidos.

Parece que una segadora gigante les hubiese pasado encima. Los expertos han explicado las razones de que los daños no hayan sido mayores. El meteoro no pegó en ningún lugar densamente poblado, las montañas le quitaron fuerza y ‘‘el huracán tenía una banda de viento muy angosta. Los vientos de categoría 5 se extendían a sólo unos 25 kilómetros a ambos lados del vórtice, y los que no eran tan fuertes, pero tenían fuerza de huracán, sólo alcanzaron 55 kilómetros’’ (según Dennis Feltgen, portavoz del Centro Nacional de Huracanes con sede en Miami).

Esa explicación permite entender que en El Real, playa turística de Tecomán, Colima, parece no haber pasado nada pese a que se encuentra a 20 kilómetros de El Paraíso, lugar donde el sábado el presidente Enrique Peña Nieto constató los mayores daños causados por Patricia. Los restaurantes de El Real no están llenos como todos los domingos, pero clientela no les falta. Las palapas están intactas.

Los letreros que colocaron los restauranteros para este día, sin embargo, dan cuenta de los temores que provocó el huracán que casi pasó de largo: ‘‘Pásele, sí hay servicio’’.