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López Liborio fue vecino de fosas y murió asesinado a tiros

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Arturo Cano

Iguala, Gro.
‘‘Te vas por ahí, por donde subíamos a las fosas’’, recomiendan los colegas igualtecos. Allá arriba, a las faldas del cerro Gordo –donde a la fecha se han hallado los restos de 101 personas desde la desaparición de los 43 de Ayotzinapa– y en medio de lotes baldíos, está la casa que Francisco López Liborio, líder local del PRD, ha dejado a su viuda y sus tres hijos. La noche del martes no alcanzó a llegar. Quedó dentro de su automóvil, a unos pasos de su hogar, luego de que los sujetos que lo perseguían le dieron alcance y le asestaron unos tiros calibre 38.
Un político local se acerca a un dirigente de colonos seguidor de López Liborio. Ofrece condolencias y dice lo de rigor: ‘‘Ya hablamos con fulano para exigir una investigación pronta para dar con los responsables y para que no prevalezca la impunidad’’.
La respuesta es también de rigor: ‘‘Oiga, todos sabemos que lo mató el crimen organizado, los mismos que quieren ver a Iguala como la tenían antes, pisoteada. Y nadie alza la voz…’’ Las lágrimas cortan las palabras.
Porque todo es llanto en la casa clasemediera de paredes altas rodeada de huizaches. Familiares, amigos, colonos, chileros y comerciantes ambulantes que recibieron asesoría o consejo del dirigente social han acudido al lugar.
Algunos políticos de renombre local también han llegado. Uno de ellos acaba de perder la presidencia municipal de Iguala. Se llama Óscar Díaz Bello y saltó a los reflectores nacionales cuando se dijo que entregó al candidato Andrés Manuel López Obrador, en la campaña de 2012, ‘‘pruebas’’ de los vínculos de José Luis Abarca con la delincuencia. Lo que se ha podido documentar, sin embargo, es que hizo entrega de una encuesta donde él figuraba arriba de Abarca.
López Liborio era un hombre que rebasaba los límites del pragmatismo. La organización que fundó llevaba por nombre Víctimas del Vado de Aguas Blancas. En el PRD pertenecía al Grupo Guerrero –herencia del asesinado ex secretario de Gobierno Armando Chavarría–, pero no tuvo empacho en coordinar la campaña de Díaz Bello, quien es miembro de la corriente que en el PRD aún mantiene el ex gobernador Ángel Aguirre.
La cantidad de arreglos florales y la diversidad de quienes los han enviado indican que López Liborio era querido, o al menos respetado: Beatriz Mojica Morga, la derrotada en la reciente contienda por la gubernatura, ha enviado una corona, igual que personajes de otros partidos.
No en vano. López Liborio contribuyó a organizarle a la candidata dos buenos actos de campaña en esta ciudad. Para tener tiempo de montarlos pidió licencia a su cargo de coordinador fiscal del gobierno de Guerrero en Taxco (nombrado por Aguirre, mantenido por Rogelio Ortega).
Originario de Ometepec estudió contaduría en Acapulco y se avecindó en Iguala, donde asesoraba a integrantes de colonias de paracaidistas, como Tepecoa, Arboledas, Insurgentes, 10 de Mayo y Buenos Aires, donde vivía. Varias de esas colonias son territorio de paso a los ‘‘cementerios del narco’’ en que se convirtieron los cerros de Iguala.
Una de las arterias principales de la ciudad, Cuna de la Bandera, está cerrada desde la semana pasada. ¿El motivo? La junta local del INE ha instalado su comedor a media calle. Pasado el mediodía, meseros de corbata (el calor está del carajo) esperan a los comensales. Una guardia permanente de la Policía Federal desvía los coches. Según los periodistas locales, 300 elementos de la PF han cuidado a los consejeros del instituto día y noche. No vaya a ser la Ceteg.
Una cifra similar de efectivos de la Gendarmería disfruta gimnasio propio en las instalaciones de la Feria. Y a la presencia federal hay que sumar contingentes de la preventiva estatal y la ministerial, sin contar dos batallones del Ejército. Nada de eso ha parado ejecuciones, levantones y asaltos. Mucho menos el miedo.
‘‘Mmjjjm”, hace un ruido ininteligible la regidora del PRI, Marina Hernández de la Garza, una de las pocas críticas de Abarca antes de su caída, cuando se le habla de la inseguridad que se esfuma en las declaraciones del gobierno. Y expone su caso: ‘‘Hace poco me pusieron una golpiza porque me resistí al asalto’’.
Que ya no exista la policía municipal de Abarca –es un decir porque, en rigor, el ex alcalde encarcelado no mandaba ese cuerpo– no salvó a López Liborio quien, en septiembre de 2013, se salvó de milagro. La historia sucedió así, de manera sucinta:
Las huestes de López Liborio fundaron dos nuevas colonias y decidieron que no dependerían de las mafias del transporte controladas a su vez por el cártel de los Guerreros Unidos. Crearon su propia ruta con unas camionetas usadas. La Maña no podía admitir tal desafío. Levantó a tres choferes de las camionetas. En respuesta, los colonos retuvieron varias camionetas ‘‘autorizadas’’, con todo y conductores. Los devolverían cuando sus tres compañeros regresaran con bien.
La respuesta es una prueba de la colusión crimen-gobierno: a rescatar a los choferes ‘‘legales’’ no acudieron los autores de los levantones, sino la policía municipal. Se llevaron a siete dirigentes y al propio López Liborio. Todos entraron a la comandancia por su propio pie y salieron en camillas.
‘‘Nos echaron gases, nos dieron toques, nos tablearon’’, recuerda una de las víctimas, cuyo nombre se omite.
A una sobrina de López Liborio, que fue testigo de los hechos, se le ocurrió acudir a los militares. Un destacamento llegó al cuartel policiaco a preguntar qué pasaba y ‘‘por eso conservamos la vida’’, dice la víctima.
‘‘Hubo personas que tardaron más de un mes en recuperarse de esa tortura’’, revela un cuñado de López, presente en el velorio.
‘‘Él tenía dos enseñanzas: que la gente pobre debería estar unida para lograr algo, y que amarillo era hasta el polvo que pisaba’’, dice Leticia Cuevas Gómez, su cuñada y una de las lideresas que lo acompañó en sus andanzas.
Hay tonos de amarillo, claro. Porque López Liborio deslizó a la prensa nacional que Jesús Zambrano, en su calidad de presidente nacional del PRD, habría recibido 2 millones de pesos a cambio de entregar la candidatura a José Luis Abarca, cosa que el sonorense negó rotundamente. Luego, Liborio no volvió a tocar el asunto y se volcó en el apoyo a la candidata de Los Chuchos.
¿Cuánto ha cambiado en Iguala ahora que el gobierno federal tomó el control de la seguridad? Difícil decirlo cuando se ve el abrazo de Celia Cuevas, esposa de López Liborio, con una mujer que sufrió lo mismo a mediados de 2013: Ave María Flores, viuda del síndico Justino Carvajal Salgado, cuyo asesinato sigue impune.

JSL
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