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Perseguidos por maras, migrantes de CA buscan refugio en México

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Arturo Cano

Tenosique, Tab.
Alba Doris Omaña nunca ha estado en la ciudad de México, pero allá quiere ir: ‘‘Es una ciudad grande. Nos dicen que por la Central de Abasto hay donde vivir y hay trabajo. ¿Usted qué piensa?’’
Alba y Henry Orellana Barahona, su esposo, viajan acompañados por su hija de 10 años de edad. En cuatro pases dibujan el panorama aterrador que los sacó de El Salvador: incluye a mareros atacando su barrio vestidos de soldados o policías, la prohibición de usar el pelo rubio o vestirse de amarillo o rojo, el peligro de muerte.
Alba y Henry trabajaban en un hospital en Ciudad Delgado. Él estudiaba además ingeniería en sistemas. Salieron de su país para preservar sus vidas luego de que una pandilla los amenazó directamente. Con los 300 dólares que pudieron juntar eran de los ‘‘adinerados’’. En promedio, los migrantes que se aventuran por la antigua ruta del tren salen de sus países de origen con entre 60 y 80 dólares.
Para las historias que se escuchan en la casa refugio La 72, la suya ha sido afortunada. En El Naranjo, Guatemala, tomaron una lancha que los acercó a territorio mexicano.
La pareja salvadoreña guarda como un tesoro el documento que ampara su estancia en México como solicitantes de refugio, con la firma de un funcionario del Instituto Nacional de Migración en Acayucan, Veracruz, lugar adonde no pueden ir sin arriesgarse a ser detenidos. El documento que portan les permite moverse, cuando mucho, a Villahermosa. Hace poco fueron al vecino municipio de Emiliano Zapata, donde el gobierno mexicano construyó un búnker que brilla todas las noches y obliga a los vehículos a meterse a un laberinto para ser revisados. ‘‘Ya vimos los retenes’’, dice Alba, como quien habla de un muro impenetrable.
Henry y Alba no quieren ir a Estados Unidos. México es su destino. Saben que es difícil. En La 72 les han informado que el gobierno mexicano acepta muy pocas solicitudes de refugio.
La lentitud tiene su explicación. Con unos pocos empleados y apenas tres oficinas en todo el país (DF, Tapachula y Acayucan), la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) recibió el año pasado 2 mil 137 solicitudes, contra las mil 196 que procesó en 2013. Concedió refugio sólo en uno de cada cinco casos. La pareja de El Salvador lo sabe. No le queda más que esperar y confiar.
‘‘ México es un país muy grande y hay lugares donde se puede vivir. El Salvador es tan pequeño que no tenemos ni dónde escondernos.’’
Otra historia. Ella pide que se le llame Fabiola. Estuvo a punto de morir en Progreso, Yoro, Honduras, la tierra de Roberto Micheletti. Casi suelta una carcajada cuando se le recuerda el apodo del impresentable golpista. ‘‘Sí, Goriletti, ja, ja, ja’’. Tiene 23 años, las cicatrices de 18 tiros que ordenó el jefe de una mara y una breve historia de sexoservidora. ‘‘Serás mía o de nadie’’, dijo el marero, antes de que le dispararan.
En Yoro, Fabiola se dedicaba ‘‘al sexoservicio y en el día vendía diaria (lotería)’’. Tardó tres días en recorrer el infierno que corresponde a los migrantes apenas cruzan la frontera mexicana: 60 kilómetros que separan la línea de la cabecera de Tenosique. Al llegar a Tenosique la asaltaron y le arrebataron lo poco que le quedaba. Ahora, al lado de las mujeres, arma florecitas de fantasía para venderlas en las calles, mientras espera que las cicatrices de los balazos sean argumento suficiente para que México le conceda refugio.
Al igual que otros migrantes que ya hicieron tiempo en La 72, Fabiola guarda con celo la constancia de su solicitud de refugio.
Fabiola tiene un tío en Estados Unidos, pero no lo ha buscado porque quiere quedarse aquí, donde conoció a otras dos personas transgénero que pasaron; ahora están –supone– felices en Monterrey.

‘‘Me iré hasta la capital’’
Jorge Chavarría lleva pocos días en el albergue y ya ha asumido tareas de líder. El constante ir y venir de los migrantes hace que los liderazgos duren poco. Chavarría y tres de sus amigos salieron juntos de Comayagua, en las inmediaciones de Tegucigalpa, por amenazas de las pandillas.
Es un joven de ojos claros y palabra fluida, que lo mismo explica cómo funciona la casa refugio que describe el clima de persecución que desde el golpe de Estado padecen activistas, estudiantes y maestros en Honduras. Cuenta que él y varios de sus amigos hicieron un documental sobre su rechazo a las órdenes de las maras. ‘‘Dijimos que no nos doblegaríamos y lo subimos a Youtube’’.
Eso fue suficiente para que un día les cayera encima una pandilla. A la mañana siguiente estaban en la frontera. ‘‘Tuvimos que bajar el documental de las redes por las amenazas. Por eso ahorita estoy esperando que me manden el CD, para presentarlo como prueba en la solicitud de refugio que tengo en la Comar’’, dice Jorge.
Chavarría es otro que no busca el sueño americano: ‘‘Yo quiero quedarme aquí, si México me brinda la oportunidad. Y me iré hasta la capital’’.

Retorno accidentado
Marco Antonio Madariaga tiene 24 años; viene de San Pedro Sula, Honduras, y el destino que busca está más cerca. Ya estuvo aquí en otra ocasión y pasó un tiempo en Villahermosa, donde ‘‘se emparejó’’ con una muchacha que ahora está embarazada. Tuvo que volver a su tierra por una emergencia familiar y ahora está de vuelta, luego de un viaje accidentado. ‘‘Estuvo feo, porque en Guatemala nos quedamos sin dinero; los mismos taxistas que nos llevaban nos asaltaron”. Ahora su ilusión, su pregunta, la duda que lo consume en la espera, es qué tan difícil será el trámite para legalizar su estancia en México una vez que se case con su enamorada mexicana.

La carga de la prueba
José Alexander era guardia de seguridad en La Paz, El Salvador. Su pecado fue ir a vivir al barrio donde residía su madre. La mara local lo desconoció. Recibió una visita que le dijo. ‘‘Mirá, te tienes que ir y no tenemos por qué darte explicaciones’’. Quedarse era morir. De modo que José agarró camino sólo para quedarse en la primera ciudad de la frontera. Ahí andaba evaluando sus posibilidades de solicitar refugio, preguntando si la denuncia que presentó ante la policía de su país podrá servir de algo.
El investigador Alejandro Olayo-Méndez, quien ha recorrido las rutas migratorias durante un año, dice que cada día es mayor el número de centroamericanos que huyen de la violencia y de las amenazas de reclutamiento de las maras. Se ha topado con familias que huyeron porque las pandillas amenazaron con reclutar a sus hijos de 9 y 11 años.
Para el también jesuita, el número de centroamericanos que consiguen la condición de refugiados ‘‘es ridículo frente al grueso de solicitudes’’ y el gobierno está pasando por encima de la Convención de Cartagena, de la que México es firmante.
‘‘La decisión es discrecional; se suele pedir a los migrantes que documenten cómo los están amenazando. ‘Dame una prueba de que mataron a tu tío o a tu hermano’, les dicen, cuando la convención establece que la fuerza de las pruebas no tiene que recaer en el solicitante’’.
Una vez que rechazan su solicitud el migrante, naturalmente, prefiere quedarse en México en situación irregular que regresar a un lugar donde le espera la muerte.

Conflictos, tensiones, discriminación
Para Ramón Márquez, director de La 72, la casa en Tenosique ha dejado de ser estación de paso para convertirse en “campo de refugiados”. Cada vez se queda más gente y por más tiempo. ‘‘El estancamiento es muy preocupante porque al no haber un plan de inserción van a aparecer conflictos, tensiones, discriminación’’.
Será por eso que el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, con oficinas en el Distrito Federal (por razones diplomáticas) y en Tapachula (por motivos prácticos), está comenzando a abrir una sede aquí, en Tenosique.

JSL
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