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Renovar su escuela era la pasión de David Gemayel Ruiz

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Madres de alumnos de la escuela Jesús Agripino Gutiérrez, al ser informadas sobre el deceso del profesor. Foto Víctor Camacho

Por Arturo Cano, enviado

Ejido Alfredo V. Bonfil, Chis.

La última vez que el profesor David Gemayel Ruiz Estudillo firmó el libro de asistencias de la escuela primaria fue el lunes 7 de diciembre. Ese día llegótarde, porque registró su llegada a las 7:30, hora oficial de entrada. A la mañana siguiente quedó tendido en el asfalto. Su cuerpo en el campo de batalla, en el que de un lado se observa a centenares de maestros y del otro varias filas apretadas de policías federales que les impedían el paso. Los docentes han culpado al gobierno y la Comisión Nacional de Seguridad ha respondido que el profesor murió arrollado por un autobús que fue puesto en marcha por sus compañeros.

En el libro de firmas se puede constatar que David era siempre el primero en llegar a la escuela. La mayoría de las veces firmaba a las 7:10. Aunque tenía apenas unos meses de director encargado –todas las responsabilidades, ninguno de los beneficios–, su trabajo ya se notaba. Frente a la dirección dejó a medias –cimientos, la estructura de lo que será el techo– el comedor que estaba construyendo con el dinero de la parcela escolar y el trabajo de los padres de familia.

Al lado de su silla vacía está el equipo cuya función anuncia una placa con el logo del gobierno federal y la leyenda Internet gratuito. Es un decir, porque la señal es tan mala que cuando, en sus funciones de director, David tenía que enviar archivos, prefería ir a Coita o Villaflores.

Al lado de la computadora oficial hay una pequeña laptop que era suya. El maestro la había llevado porque, naturalmente, la máquina entregada por el gobierno hacía tiempo no funcionaba. La impresora que está a un costado funcionaba porque David la arregló por su cuenta.

Las anotaciones en el libro de firmas dan cuenta de la vida de la escuela y también de los conflictos que enfrenta a raíz de la reforma educativa. Para justificar la inasistencia de dos profesores, Édgar Hernández Alamilla y Rocío Clairé Lugo Tovilla, se anotó bajo sus nombres que gozaban de protección sindical para asistir a trámites relacionados con la evaluación docente.

Muy probablemente será el último registro de actividad de esos docentes, porque hace unos minutos, en un cuarto contiguo, sus 100 compañeros de la zona escolar votaron porque Hernández y Lugo no vuelvan a entrar a la escuela por haber ido a presentar el examen. Traidores, es la palabra más suave que acompaña sus nombres.

Noventa y cinco de 100 asistentes a la asamblea delegacional no habían nacido cuando, aquí en Chiapas, se fundó la CNTE, hace 36 años. Estos maestros, integrantes de la sección 40, son hijos e incluso nietos de la coordinadora.

Aquí no vuelven los traidores

Tras concluir su asamblea, los profesores –la mayoría, mujeres– llevan las pequeñas sillas al patio trasero. Ahí, bajo la sombra de un árbol, se hará la reunión con los padres de familia para informarles de los acuerdos y solicitar su apoyo.

El primero en tomar la palabra es Joel Moguel, compañero y amigo de David: “Como ustedes saben, yo no debería estar en este lugar…”, comienza a decir cuando se le quiebra la voz. Caen las primeras lágrimas. Ochenta mujeres, entre madres de familia y maestras, no dejarán de llorar durante toda la reunión.

Joel llora abiertamente cuando dice que tuvo que reconocer el cuerpo de David y que lo consiguió gracias a que el día anterior habían intercambiado suéteres: Su rostro quedó irreconocible.

El profesor Joel cede la palabra a Alberto Cruz, dirigente de sección 40 del SNTE: “Las dolencias de sus hijos son nuestras dolencias. Estamos trabajando por una causa: edificar al ser humano con valores, no con mentiras. Esto lo comenzó el gobierno en 2013, es éste el que quiere hacer del derecho a la educación un negocio…”

René Rodas, uno de los pocos veteranos en la asamblea, es el encargado de informar a los padres que no permitirán el ingreso de los dos maestros que se presentaron al examen. Rodas es también el supervisor de la zona escolar y, en esa calidad, le corresponde comprometerse con los padres a que las vacantes serán cubiertas de inmediato.

La Secretaría de Educación de Chiapas, por su parte, ya ha informado cómo enfrentará los casos de profesores que no sean aceptados en sus centros de trabajo por haberse presentado al examen: los premiará con mejores lugares de adscripción. Como se sabe, conseguir un espacio de trabajo en una ciudad suele costar años a los docentes que comienzan laborando en comunidades rurales aisaladas.

Mi hijo tuvo tres madres

En la asamblea bajo el árbol de la escuela primaria Profesor Jesús Agripino Gutiérrez Hernández (maestro, escritor y funcionario público) se hace un silencio cuando toma la palabra el padre del docente muerto. Se llama David Ruiz, como su hijo, y, como él, estudió en la escuela normal rural de Mactumactzá.

Vean estas aulas. Hubo personas que dieron sus vidas para que las tuviéramos, para que hubiera educación, libertad y un poco de justicia social, dice el profesor jubilado.

Aunque no quería que estudiara lo mismo que él (no le di razones, le dije simplemente que no), David padre no dudó en apoyar a su hijo y sus compañeros cuando, en 2003, el gobierno de Pablo Salazar apretó tuercas contra la Normal y cerró el internado. La Normal se conservó, pero el gobierno nos arrebató el internado, comentó en una charla posterior.

Frente a las madres de familia que no dejan de llorar, David padre saca fuerzas de su dolor para decir: “Un compañero maestro me dijo que la sangre de mi hijo es ya fertilizante para que esta lucha siga adelante, para que ya no estemos agachados frente a un gobierno que mata maestros y desaparece estudiantes. La solución no es la violencia, ni la venganza. Es organizarse…”

El lunes pasado, recuerda, le pidió a su hijo que tuviera mucho cuidado. No pasa nada, papá, no se preocupe, le respondió el joven, de 29 años. A las 10 de la mañana del día siguiente ya me estaban avisando que estaba tirado en el suelo.

El padre de Gemayel agradece a la señora que le daba tortillas hechas a mano a su hijo (yo también las probé). Y con la voz ya quebrada, cierra: Mi hijo tuvo tres madres: mi esposa, la Escuela Normal Rural de Mactumactzá y esta escuela primaria.

Escuchan con atención padres y madres de familia de la pequeña escuela, de un grupo por grado, que desde siempre se han hecho cargo del mantenimiento y el aseo de las instalaciones.

Son, en su mayoría, ejidatarios que cultivan sus parcelas o bien trabajan en alguno de los ranchos de esta región, La Fray- lesca, conocida por su producción de granos y quesos.

La mitad de los alumnos vienen de las rancherías que rodean la cabecera del ejido. Algunos de los niños caminan cuatro kilómetros para llegar a la escuela.

En nombre del comité de la sección 7 del SNTE, Isaías Muñoz agradece a los asistentes su acompañamiento y les pide no olvidar cuáles son, en buen cristiano, los verdaderos objetivos de la reforma educativa: privatizar para que todo lo paguen los padres y desaparecer la organización sindical para que los profesores no tengan ninguna defensa.

Un minuto de aplausos a David Gemayel cierra la ceremonia para recordarlo.

Era mejor que yo

La vida de David Gemayel ilustra de manera precisa la trayectoria de un normalista rural. Joel, su compañero de escuela, dice que él y su amigo nunca fueron dirigentes, pero participaron en todas las acciones de defensa de la Normal como estudiantes. El padre de David recuerda que a veces me hablaba que ya andaba en Hecelchakán (Campeche) o en México, en actividades de la dirigencia estudiantil.

Los relatos de quienes lo conocieron pintan el retrato de un joven que no tenía tiempo libre. Desde la Normal jugaba voleibol y en su tierra sumó la práctica del futbol.

En Chanona, donde vivía con sus padres luego de su separación, David puso un taller mecánico y un lavado de autos, además de una granjita de gallinas.

Participaba también en actividades de la Iglesia del Nazareno, de la que somos simpatizantes, comenta su padre.

Era un mil usos, dice su amigo Joel. Cocinaba, tenía su título de mecánica, hacía nieves y le gustaba la bohemia, aunque no cantaba bien. Tenía mucha creatividad y era muy responsable.

–¿Usted lo vio trabajar? De maestro a maestro, ¿cómo era él? –se pregunta a su padre.

–Era mejor que yo. Hasta me dio un curso.

David Gemayel dejó un huérfano, Kiyoshi, de cinco años de edad. Quiere decir niño apacible, dice su abuelo.