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A un año de Ayotzinapa: las causas y el fondo de la impunidad nacional

El título de este humilde artículo puede sonar muy ambicioso para algunos. Pero es que Ayotzinapa, a un año de su siempre lamentable conmemoración, es posible que sea el caso que hizo visibilizar en la agenda social y pública el tema de la impunidad y nuestras endebles instituciones y en algunas regiones el nulo Estado de Derecho que existe en nuestro país.

Este sábado 26 de septiembre de 2015, en la mayor parte del país y en la ciudad de SLP, se convocará a marchar. Es muy pertinente como ciudadanos asistir. No solo para quejarse, como muchas personas suelen sugerir en mala forma, del Gobierno Federal y su torpe y dudosa actuación ante el caso particular de los cuarenta y tres jóvenes estudiantes desaparecidos. Sino que el fondo de la marcha presenta una inmejorable oportunidad de sinergia ciudadana para exigir justicia pronta y expedita de nuestros Poderes Judiciales: Federal y Local. Pero sobre todo para demandar en general y como punto mínimo de reclamo ciudadano, mejores instituciones públicas. En suma, estamos en todo el derecho a movilizarnos como ciudadanos para exigir cambios políticos que faculten la posibilidad de mejorar las instituciones y por ende demandar un Estado (en lo local y nacional) funcional.

Para sustentar mi propuesta anterior, sustentaré mi postura de la mano de las ideas del gran y fenecido, politólogo argentino Guillermo O’Donell. Este científico de la política, planteó a principios de los años noventa (1993) una explicación teórica que permitiera advertir del deterioro de la funcionalidad de los Estados nacionales desde los complejos y tremendos retos institucionales que se vivían desde su interior. Así, O’Donell nos expuso su idea sobre las infames “manchas marrones” que se dan al interior de los países latinoamericanos, y que a México bien le hace falta tener en cuenta para identificar que este es más allá que un problema de justicia, un problema mucho mayor y más complejo. Que involucra al bienestar social, a las instituciones públicas, a las clases políticas y a las burocracias.

El politólogo argentino, describió que un Estado en crisis tiene tres dimensiones fundamentales que en mayor o menor medida permiten identificarlo como un Estado crítico, y estas son: 1) existen burocracias ineficientes, 2) hay una evidente ineficacia e inefectividad de la ley, y 3) existe incredulidad en el ciudadano de que las instituciones públicas actúen en pro del bien común, o más allá de beneficios personales para sus servidores públicos.

Estas dimensiones que diagnostican a un Estado en crisis, si se suman a un mal desempeño económico, y a la ineficacia general de las políticas económicas para generar crecimiento y bienestar sostenidos, constituyen entonces una condición favorable para que el Estado se debilite desde su interior; algunas partes más que otras, y para que en consecuencia florezca la violencia, feudos de poder político y criminales que corrompen a las instituciones públicas. En resumen, estas condiciones críticas al presentarse lo minan todo. Al menos lo que es público y constituyen el principal problema para consolidar bases firmes para la democracia.

Además estando en una condición de crisis, el Estado es débil en cuanto a la aplicación de la ley y la violencia legítima. Es decir, las instituciones de seguridad, o coercitivas estatales, al estar corrompidas no pueden establecer de manera eficaz la legalidad sobre su territorio. Ya que el Estado en tanto es un conjunto de instituciones y el espacio de lo público, de lo que es de todos los ciudadanos; al ser percibido en este contexto crítico como un espacio para la consecución de intereses particulares, se convierte en un terreno fértil para la corrupción y para que surjan esferas de poder autónomas que se sirvan de lo público. Y en suma no respondan y se alejen mucho de la consecución de la justicia y del interés general.

En pocas palabras, O’Donell definió que estas “manchas marrones” que hay al interior de los países latinoamericanos son áreas neo-feudalizadas por poderes ajenos al poder estatal. Áreas dónde los circuitos de poder privatizados que surgen de los entornos de crisis, anulan y en muchos casos corrompen la legalidad que se supone deben garantizar los poderes e instituciones públicas estatales. Esto, aunado a un endeble y lento proceso de democratización es, empero, un contexto de cultivo ideal para que se reproduzca y crezca la violencia en patrones alarmantes que incluso delatan la corrupción de gran parte de la clase política, y de los que se encargan de hacer operar las instituciones de justicia.

En alguna ocasión y comentando este tema con colegas politólogos, se decía que O’Donell llamaba de forma descriptiva y coloquial a estas “manchas marrones” como las “manchas meadas” u orinadas, que se podrían apreciar de graficarlas en un mapa nacional. Esta descripción en términos emotivos no podría estar equivocada. Ya que esas áreas donde las instituciones públicas sirven al crimen organizado en vez de a los desprotegidos ciudadanos. Como pasó en Iguala, y como pasa de manera deleznable, en muchas otras partes del país y al interior de los Estados de la República; son las áreas dónde desaparecen miles de personas, víctimas que alguna vez tuvieron identidad y sus historias se vieron enterradas en las fosas comunes junto con la vana y lejana esperanza de que alguna vez se les identifique, y mucho peor aun que se llegue hacer justicia efectiva. Como pasa ahora con los 43 jóvenes victimizados por esos circuitos criminales de poder, y victimizados también por las endebles y desastrosas instituciones de justicia local y nacional.

Lo anterior es una explicación brevísima, pero que permite rastrear y sugerir las causas y el fondo de la impunidad nacional. Y en consecuencia explicar porqué Ayotzinapa es una herida abierta que nos duele como jóvenes y como sociedad. Dejando a lado mi rigor académico, puedo decir que al menos a mi me duele. Desde que me enteré hace un año, de la forma cruel en que fueron atacados estos estudiantes. Nos explica, porqué Ayotzinapa como caso particular no se termina de esclarecer de una forma justa y suficiente ante los mexicanos y ante el mundo y sus instituciones internacionales de justicia y de derechos humanos.

Es por eso que importa salir a marchar este sábado. Y además de conmemorar el siniestro episodio de nuestros cuarenta y tres hermanos desaparecidos. Bien vale exigir justicia para ellos y los miles de cuerpos que nacen sin nombre ni identidad en tantas “manchas meadas” de este país. Y sobre todo, vale exigir cambios a la clase política. Para que tengan la voluntad política suficiente como para decidirse en poner a trabajar las instituciones como debe de ser, y si no que se vayan, como pasó en Guatemala. En resumen vale empezar a demandar un Estado fuerte. Donde la ley sea efectiva y se garantice la legalidad en todo el territorio nacional, no solo en unos lados. Y exigir un estado magro, aquel donde lo público no sea usufructuado solo para el beneficio de unos cuantos, en el cual sus instituciones funcionen para procurar el bienestar económico y de calidad de vida para todos los mexicanos, y así crear avances concretos y firmes para nuestra democracia, y sobre todo para la paz. Paz que desde hace mucho se perdió en tantas de aquellas “manchas marrones” que teorizó O’Donell.

NOTA FINAL

El fin de semana anterior, aprendí a hacer un haiku. Ese género poético japonés donde en tres breves versos hay que expresar una imagen que en las palabras se describe e inmortaliza. Y aunque mi primer haiku versó de una imagen muy bella para mi memoria. Ahora dejo uno de dolor como humilde homenaje a todo aquel que se ha perdido en este abismo de injusticia. Como aquellos hermanos hace un año.

“Desaparición

Nos robas la historia

Destrozas vidas”

Hay algo mágico en los haikus. Y desde mi perspectiva es como algo tan nítido y vívido basta para ser expresado en pocas palabras. De cinco, siete, y cinco sílabas.

Hector Alonso Vázquez
Hector Alonso Vázquez
Politólogo por la UCEM; Candidato a Maestro en Asuntos Politicos y Políticas Públicas, por el COLSAN.