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Acá las plebes

Luis Ricardo Guerrero Romero

Se enredó el cabello, a la pura forma de quien requiere un look emergente, no tenía idea de lo que su mente iba a propalar frente al público que la esperaba. Haber vendido muchos más libros que cualquier otro autor de renombre en esta época audio-digitalizada no es mérito en ciernes ni menuda coincidencia. Mojó sus labios —curvas ejemplares de rosa tamizado, labios hijos de la primavera, con el poder ínfimo de seducir a cualquiera e invitar a pecar en la oralidad de también cualquier sexo—, con el sabor apocado que un trago de tequila le había dejado en la lengua dijo: —Las plebes, somos más, somos la fuerza, el ímpetu y el vigor, somos en el vaho éxtasis de la esencia, el alma que suspira por desear. Ellos, plebes terminan, nosotras las plebes al punto de que aquellos culminan en su justificada habeas corpus, nosotras apenas iniciamos. Ellos acaban; nosotras llegamos, llegamos y no sabemos a dónde.

No obstante, habita una cosa, asunto de colosal interpretación, fenómeno inherente que nos atrapa: el cargo, la responsabilidad, el sometimiento. Puesto que, por muchas figuras, dibujos, trazos creativos que existan al ejecutar el acto del coito, somos más las que preferimos sentir el peso encima, soportar, cargar al otro u otra para complementarnos, asirnos, conjugarnos. Nuestra sangre imputa a Dios, a él también lo recreamos. En el Oriente mediante el sometimiento que hace prevalecer al varón en su sitio, y en el Occidente, somos nosotras quienes los configuramos y se hacen y rehacen a nuestro contentillo. Nos han dicho de todo, nos han hecho de todo, y hoy nos hablan de plebes. Sí, seguro que somos plebes, pero que no se olvide jamás que la Tierra, la Pachamama es quien fructificará al hombre.

Alguien rotó la cámara de su revólver, y la escritora declinó. Y la escritora soy yo, quien expectante y distraída supone imaginar el ver entrar por la puerta de la habitación a la o el presunto que atentó contra mi vida y falló. Falló y buscaré otro modo de acabar conmigo, la autora de: Plebes a la renuncia.

Jamás he leído Plebes a la renuncia, y no he conocido a la escritora de tal título, es más, supongo que tal autora y tal título, es sólo un capricho de la ficción que invita a figurarse de mil y un cosas que nuestra época expone. Como lo es la plebe.

Hablar de plebes y plebe no es un tema nuevo, ni de moda, sustantivo antiquísimo que nos narra denominaciones que la lengua en su inteligente vida nos presenta. Así por eso que podemos decir que la palabra plebe designa la clase social más baja, en coloquiales palabras, el pópulo, la pelusa, la mayoría de nosotros. Ahora bien, plebe es en latín el sentido y significado: populus, forma radical de plebs, plebis; cuyo origen anterior se registra en la voz helénica πληθος (plethos): muchedumbre. Refiere a los que son más. Sin dudas en razón a los párrafos anteriores les damos veracidad de que las mujeres son más porque así es, en todo el mundo, parece cumplirse ese axioma: “nos toca de 7 mujeres”. No por el hecho machista o patán mujeriego, sino porque ellas son más, son la muchedumbre. Sin embargo y a pesar de la autora al punto del asesinato quien intituló su obra como renuncia de lo que son las damas, las plebes de manera terminológica son ellas. Son el 50 más uno, y son pletóricas de vida.