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Agoniza y disfruta

Luis Ricardo Guerrero Romero

Nadie podía olvidar las menudas líneas que mi padre, el honorable don prelado de la localidad había inscrito para mí, su hija bastarda. Esto era un secreto a voces, como lo es la fe en un dios, el mito de un pueblo, la verdad más ingenuamente encubierta. Al morir el excelentísimo hombre, habría dejado varias herencias en la tierra, fruto de sus trabajos pastorales, incluida yo, la dama señalada de la familia. Mi madre, el día de la muerte de aquel hombre cristiano, también moría, agonizó con él y sé que fue por amor, tanto como lo fue por lujuria. Finalmente, ser hija de un cura no es tan difícil, mientras éste es el obispo de la ciudad, pues nada hay fuera de su conocimiento. Mis abuelos nunca llegaron a aceptarme por ser un producto del pecado, pero eso no me afectó tanto como aquella nota que desde un lujoso hospital mi padre, el grosero de Dios, me escribió: “Aprende a disfrutar los sentimientos, los agrios o dulces avatares que por encima del tiempo van creciendo. Algún día entenderás el significado del sentido sin que sea por eso cosa de pérdida de tiempo. Arranca por pedazos la vida del reloj, no temas enfrentarte al contratiempo que es sólo un bastardo minutero. Sé siempre una mujer agonizada del futuro, no sabes nunca nada del presente que ahora vives. Por favor agoniza, por favor sé de tu vida un proyecto. Aprende a agonizar los sentimientos, disfruta los agrios y los dulces avatares que te dejo doblados y guardados en la funda de la almohada donde posa el cadáver de mi cuerpo”. Me gusta imaginar cómo aquella mano que bendecía al pueblo, asimismo tocaba voluptuosamente a mi madre, aquella mano suave y adornada por el oro de la fe, también escribió aquel mensaje que aún intento descifrar. El obispo agonizaba mientras escribió la nota final para su hija, agonizaba por mí, su culpa más original, la mujer que lo desconectaría para darle mejor vida, fuera de esta santa irreverencia. Le coarté la vida por capricho, pues por capricho genital fui concebida.

Ser hija de un clérigo quizás no es lo peor, hay muchos hijos de curas potosinos que viven cómodamente en el anonimato, ocultos de la vista divina tanto como del conocimiento de los parroquianos. En teoría creemos que estos hijos agonizan de paternidad, aunque no así de economía. De todos modos, cualquier mortal ha venido al mundo para agonizar.

En la lengua latina la agonía se expresa como: extremus spiritus, esto quiere decir un momento último del espíritu, la situación que se enlaza con la muerte y la vida, es la agonía. Me gusto en imaginar que la agonía besa mi frente mientras su mano acaricia mi muerte —decía con tristeza el obispo pecador—. A muchas personas les ha tocado experimentar un episodio de agonía, ya en su familia, ya en los amigos, ya en su sueño. Al hablar del último momento del espíritu se puede pensar que el espíritu tuvo otros momentos, y esto a su vez nos remite a dotar de accidentes a lo espiritual, podemos entender que es el último momento del cuerpo con su espíritu (aunque este asunto es demasiado complejo para resumirlo de este modo tan atrevido). Al pensar en agonía quizá lo primero que salta a la reflexión es un enfermo terminal, como lo leímos en la anécdota de Susana. Sin embargo, el enfermo terminal no se encuentra en lucha o combate, éste sencillamente está terminando sus horas de huésped en el mundo. La palabra agonía es propia de la lengua antigua helénica αγωνιαω agoniao> agonio> agonía), luchar y/o contender, además es la idea de estar acongojado; vr.g: pasó el viento con tu aroma dejándome la agonía de recuerdo. Eduardo Nicol en La agonía de Proteo, nos narra que el hombre está en agonía porque pierde su ser al pretender hacerse como todos. Todo hombre que pierda su ser, como el obispo que se menciona, agoniza, quiéralo o no, perece.