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Agua que no has de beber…

Óscar G. Chávez

P revisible desde todos los aspectos eran los posibles conflictos de agua que generaría la presa El Realito –si no con el gobierno del Estado, sí con el organismo encargado de la distribución del agua potable en la capital y zonas conurbadas–, una vez que entrara en funcionamiento.

Al menos en dos ocasiones anteriores, mediante esta columna, me atreví a señalar que los problemas que se pudieran desencadenar a causa de esta obra de ingeniería hídrica eran en un plazo corto; en efecto no hubo de pasar mucho tiempo entre la publicación de ellos y las declaraciones cruzadas entre el delegado de la Comisión Nacional del Agua y el titular del organismo regulador de agua para los municipios aparentemente beneficiados con las labores de la presa y su función abastecedora.

Por fortuna en el campo de lo práctico los obstáculos no han pasado de ser los generados por la naturaleza misma del líquido, y en este sentido podemos considerarlos subsanables a la brevedad, siempre y cuando exista la voluntad por parte de la compañía que se encarga de operar las áreas de bombeo y el sistema de distribución.

Lo anterior deriva de que al menos en esta ocasión los obstáculos no surgen por motivos geográficos o administrativos, e incluso por derechos contraídos con anterioridad por comunidades avecindadas con la presa y que con anterioridad se abastecían del cauce hoy obstaculizado por la cortina de la presa.

Las inconformidades de esta ocasión son una alerta roja para el gobierno de San Luis Potosí, que en su momento se ocupó de ponderar las bondades y excelencias de la presa al grado de compararla con obras de primer mundo.

Los señalamientos que ocurren sobre el tema en este momento, bien deberían de convertirse en indicadores que obliguen a los gobiernos estatal y municipales a centrar atenciones en una obra del mismo tipo dentro del territorio del estado potosino y que tuviera como fin el ocuparse del abastecimiento directo de la ciudad y municipios cercanos.

Este tipo de medidas no implican necesariamente una cuestión constructiva de las dimensiones de la presa El Realito, por el contrario, pudieran centrarse en obras de menor esfuerzo, pero de resultados más óptimos en cuanto a plazos de funcionamiento y alcance en el tema del abastecimiento.

Resulta absurdo que un entorno que tradicionalmente se consideró innovador en materia de almacenamiento para la posterior distribución de agua para riego y consumo humano, en estos tiempos hubiera invertido en una obra ubicada en un estado vecino y que logística y económicamente implicó esfuerzos mayores.

Por irónico que parezca, las obras hidráulicas construidas a lo largo de los siglos XVIII, XIX, y las primeras décadas del XX, resultaron mejor planeadas y de mayor utilidad que el elefante blanco al que durante el sexenio calderonista el gobierno de nuestro estado –en atención a la gracia presidencial– le dedicó todo tipo de atenciones, sin reparar en la problemática que generaría su funcionamiento.

En este sentido podemos observar una gran cantidad de presas ubicadas entre los valles de San Luis y San Francisco, que en su momento permitieron que una gran cantidad de tierras vinculadas a las haciendas y a las zonas urbanas florecieran de una manera inusual para el entorno y la época.

Considero de mayor rentabilidad y beneficio el mantenimiento a las presas ya existentes no sólo en los alrededores de la capital sino también en otros puntos colindantes y vecinos; pensando que a partir de ellas se pudiera obtener una magna obra que posibilitara el abastecimiento en plazos inmediatos y lejanos.

Las presas ubicadas en la zona del Valle de San Francisco, por ejemplo, podrían ser dotadas de plantas de bombeo y canales de traslado que permitieran un flujo constante a esa misma región; de la misma manera los propios excedentes en época de lluvia pudieran ser trasladados a grandes depósitos naturales o construidos ex profeso para distribuirlos entre aquellos municipios y la zona de la capital.

En el caso de las presas ubicadas en la periferia de la ciudad, su contenido también podría ser encausado a áreas de almacenamiento masivo que pudiera ser utilizado en los meses de estiaje que son los que ocupan la mayor parte del año.

Recordemos que las lluvias que en apariencia sufre la ciudad de San Luis Potosí, sólo son recurrentes y normales en esta época del año; es necesario considerar que ya desde hace muchas décadas, el mismo poblamiento de la ciudad, y la concretización de su entorno, aunados a la vocación depredadora de los urbanizadores, ha generado una ruptura y alteración de los procesos naturales de la región, entre los que se encuentran la alteración de las temporadas de lluvias observadas años atrás.

De la misma manera, en un estúpido afán por imitar las formas implementadas en el antropófago y centralista Distrito Federal, iluminados ingenieros y arquitectos lograron convencer a flamantes gobernantes para pavimentar ríos, incardinados a la mancha urbana, que si bien hay que reconocer que como alternativas viales resultaron óptimas hasta cierto punto, la nociva alteración que se generó al ecosistema es evidente desde cualquier parámetro.

Parte de este deterioro ambiental al que me refiero, es muy perceptible durante las actuales temporadas de lluvia. La más perceptible de ellas son las cantidades de agua que se desperdician una vez que las compuertas de la presa San José son abiertas y derraman el contenido sobre el cauce del río Santiago; aguas que no tienen otro destino que su inútil pérdida.

Los meses en los que la lluvia resulta ausente son en los que se deberían implementar acciones encaminadas a preparar una serie de obras que tengan como finalidad la captación de las aguas pluviales en los momentos en que las mismas son permanentes hasta convertirse en un problema generado en su mayor parte por la abusiva apropiación y extensión del espacio urbano.

Lo que ahora pudiera parecer un problema suscrito sólo a cuestiones de pureza y potabilidad del agua, no quedará ahí; seguro es que en un tiempo no muy distante, las fricciones con el estado de Guanajuato serán una realidad. El costo del bombeo y traslado a nuestro estado y nuestra ciudad también representarán un serio obstáculo que en inicio pretenderá subsanarse con el incremento a las tarifas del agua; sin embargo qué ocurrirá después que el costo rebase las capacidades humanas.

El agua de la presa El Realito no es apta para consumo humano, por tanto no se bebe, en este sentido debería dejarse correr, como también la presa debería entregarse en su totalidad al estado de Guanajuato. Amenaza con convertirse en un problema grave en los próximos años; esperemos no sea un elemento de discordia derivado del almacenamiento de aguas envenenadas.

JSL
JSL