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Alerta de género

Óscar G. Chávez

En repetidas ocasiones y dentro de un entorno de estimación y afecto, una persona muy cercana me ha acusado de practicar hacia su persona lo que ha denominado como violencia argumentativa. La amistosa e intrascendente acusación, queda claro, es parte de alguna estrategia que le permita colocarse frente a mí como una víctima más de la incapacidad humana, en este caso la mía, para argumentar y exponer dentro de los parámetros de la racionalidad una idea que se sostenga por sí sola y sin la necesidad de ser apuntalada en la imposición de las ideas que de manera desordenada e inconexa puedo verter en el marco de cualquiera charla.

Alcanzo a comprender que al menos en este caso, mi interlocutora, haciendo mías sus palabras, es proclive a ejercer hacia mi persona no una violencia, sino un terrorismo argumentativo, al tratar de sembrar en mi entendimiento la idea de que soy un personaje con el que no se puede tener mayor comunicación racional sin que se genere una discusión. Surge esto en el campo de las ideas materializadas en discusiones permanentes que tienen como finalidad colocar una idea vertida por cualquiera de las dos partes por encima de la del interlocutor inmediato. Es decir, permitir que mis ideas y argumentos se posicionen como superiores a las de la contraparte. Disquisiciones intelectuales que no llegan a mayores desenlaces como no sea el consabido puchero; la amenaza de descender de un vehículo en movimiento o el intento por abandonar el espacio donde se efectúa la discusión. No más.

En el entornos de los afectos mutuos, supongo será una práctica recurrente entre muchos de los que nos ocupamos de analizar ideas y conceptos mientras la compartimos con algún cercano interlocutor que no necesariamente estará de acuerdo con lo expuesto. Nada va más allá de las ideas, de las palabras, de las amistades, de los afectos. Señalamientos y chispas humorísticas dentro de la cordialidad.

Lo expuesto permite sin embargo crear un estado de consciencia que nos permite comprendernos como seres acostumbrados a imponer por voluntad sometida o mediante el recurso de la fuerza y la violencia, cualquier situación en acto o idea que para nosotros adquiera la calidad de premisa y consideremos superior a la de los demás.

En este contexto debemos considerar que hemos sido formados en una sociedad tradicionalmente machista en la que la necesidad de autoridad masculina adquiere nivel de preeminencia frente a cualquier tipo de postura observado por el género femenino. Es así como el hombre, entendiendo como tal al género masculino, busca constituirse como un ser superior al femenino. Es pues el hombre superior a la mujer, dentro de esta errónea, viciada y estúpida conformación mental arraigada por milenios en nuestros imaginarios.

Sin detenernos a analizar dentro de la evolución histórica de las mentalidades si la responsabilidad en la conformación de este pensamiento y pautas conductuales derivan de la mujer o del hombre, es necesario señalar que en estos momentos cualquier postura que pretenda colocar a cualquiera de los dos sectores por encima del otro, estará observando una conducta retrógrada y sesgada, que lejos de contribuir a modificar derroteros en materia de género, hará mucho más evidente la fractura entre ambos.

Desafortunadamente para una gran mayoría el ejercicio machista ejercido por unos y en muchas ocasiones solapado por otras, ha contribuido a otorgar un status quo de normalidad y un concordato que no nos permite ver más allá de lo cotidiano y considerar las acciones masculinas como superiores por encima de las femeninas, ubicando dentro de éstas las materiales y las inmateriales.

En los últimos años el ejercicio de violencia, ya no sólo psicológica, sino también física sobre el género femenino, ha alcanzado niveles de preocupación y alarma que hacen evidentes que no se ha avanzado lo necesario dentro de la igualdad de género, y lo que tradicionalmente hubiera estado supeditado a los actos de generaciones pretéritas, por absurdos convencionalismos sociales y permisividad consensuada por roles y estereotipos, ha sido transmitido a las nuevas generaciones.

La violencia de género ha transgredido niveles, y llegado a la cumbre de la misma, en el momento que el homicidio a la mujer, es decir el feminicidio, se ha colocado en la cúspide del acto violento, y como una muestra terrible de la superioridad del género masculino. Es decir, dentro de otro contexto la muerte de un hombre o una mujer puede darse en igualdad de circunstancias; así entenderemos que un hecho accidental o incidental que priva de la vida indistintamente tanto a hombres como mujeres, no tiene un mayor trasfondo sexista.

Sin embargo en el momento en que la mujer es privada de la vida a partir del ejercicio de una acción machista a ultranza que no busca otra cosa que hacer manifiesta su superioridad sobre ella, es cuando debemos estar conscientes del peligro que representa no sólo para las mujeres mismas, sino para todo el entorno social de un determinado espacio.

En el caso concreto de San Luis Potosí, esperemos que la solicitud de la alerta de género contribuya a no sólo a activar los protocolos que en materia de violencia contra las mujeres serán activados, sino también a crear una conciencia de igualdad, respeto y armonía en los ámbitos familiar y laboral, que son en los que principalmente ocurren las agresiones a las mujeres. De igual forma que las instancias correspondientes que tienen a su cargo la atención de este tipo de delitos se sensibilicen y actúen de manera eficaz frente a este tipo de agresiones violentas en contra de la población femenina.

Recuerdo ahora el caso de una joven, cercana a quien esto escribe, que luego de ser víctima de una agresión que mal pudo haber culminado en violación, decidió presentarse ante las instancias correspondientes: instituto de la mujer y ministerio público. En el primero se le señaló que como las cosas no pasaron a mayores no había necesidad de dar continuidad a los trámites, ya que no podía ejercerse acción alguna sobre alguien que no alcanzó a consumar un acto de barbarie. ¿Es necesario entonces presentarse con rastros de agresión o violada? Entiende que hay cosas más importantes que atender, y si no es así no vale la pena. Mejor no salgas de tu casa, respondió la abogada encargada de esa oficina.