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Alfonso Esper Cárdenas, el mirrey potosino

Óscar G. Chávez

L a instauración y empoderamiento de los regímenes gubernamentales emanados del orden revolucionario, posibilitaron el surgimiento de una nueva clase social apuntalada en el poder de las armas que aseguraron su triunfo y que de forma posterior la legitimaron mediante la política.

Así, al amparo del poder institucional que por más de diez sexenios sería, con dos nombres, el partido oficial, surgieron como verdaderos patriarcas políticos de grupos familiares que al convertirse en integrantes de las familias revolucionarias, supieron sacar partido de su posición y gracias a ella, amasar verdaderas fortunas que los apartaron de una forma diametral de los personajes que fueron en origen.

Bástenos recordar personajes como el general Abelardo L. Rodríguez, quien logró en poco tiempo, y luego de su tránsito por la presidencia de la República, acumular una incalculable fortuna, hecha e incrementada mediante negocios turbios y legales. Principal promotor de los juegos de azar en el territorio de la Baja California, del que fuera gobernador, era considerado por el departamento de estado norteamericano, como uno de los grandes gangsters mexicanos equiparable con el legendario Al Capone.

Contemporáneo y prohijador del anterior, fue el general Plutarco Elías Calles, quien también gracias a su posicionamiento como presidente de la República, pudo formar una sólida riqueza y constituirse en jefe máximo de la familia revolucionaria sonorense. A estos personajes pueden sumarse Juan Andreu Almazán y Joaquín Amaro, militares revolucionarios amantes del poder y el dinero

La desmilitarización de la institución presidencial trajo cambios en las formas y las estructuras; familias de civiles acabadas en políticos continuaron la trayectoria de acumulación de caudales iniciada por Miguel Alemán Valdés y continuada hasta la actualidad.

De manera conjunta, y como reflejo total de la mentalidad acomplejada del mexicano, los grandes capitales monetarios obtenidos dentro de esos parámetros, buscaron una legitimación familiar aristocratizante mediante alianzas matrimoniales con familias de vieja raigambre y apellidos altisonantes de las élites decimonónicas y porfirianas, a cuyos encantos no escaparon tampoco secretarios de estado e ideólogos del poder.

Inmoral, por ofensiva, resultó la exacerbada pobreza de la mayoría del pueblo mexicano; familias cuyas únicas posesiones eran las del arado y la parcela, se convirtieron en el rostro obscuro de la nación, que debía ser oculto ante propios y extraños. Inútil, fantasioso e improcedente, a la par que absurdo, fue el intento por lograrlo; por tanto lo procedente fue el ignorarlas y convertirlas en una realidad aparte; inexistente a sus ojos, irreal en su universo de ostentación de lujos inconcebibles.

De manera paralela en los estados de la república también aparecieron nuevas familias que acumularon nuevas riquezas, ora al amparo del poder, por participar en la política local, ora bajo el padrinazgo de algún hombre fuerte o cacique regional.

Para el caso de San Luis Potosí, la antigua aristocracia fue relegada hasta convertirse en un elemento ornamental y decorativo, pero necesario para ascender socialmente, y ser aceptado y reconocido como parte inherente a ella; obstáculo menor que pronto fue salvado con matrimonios acordes a las necesidades de los interesados.

Muchos de estos personajes, sin embargo, al margen de integrarse o no a las viejas familias de apellidos y palacetes, nunca dejaron de ser considerados como nuevos ricos, por la desmedida ostentación de su riqueza. Exhibiciones de lo material y alarde de poder que resultaban chocantes a la discreción tradicional de familias que externaron su riqueza en fincas urbanas y haciendas campestres; que enviaron a sus hijos a estudiar a la capital de la República, o al extranjero, para que bajo la protección de alguna profesión incrementaran sus riquezas, y perpetuaran apellidos en descendencia.

 

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Una muestra de la desmedida exhibición de la riqueza acumulada por una familia potosina circula desde hace unos días en redes sociales; un video publicado en youtube y titulado Vida lujosa de Alfonso Esper ( https://www.youtube.com/watch?t=80&v=XF2xVwDrc9I ) hace patente el nivel de despilfarro y excesos en que pueden incurrir los propietarios de algunas fortunas logradas e incrementadas bajo la protección de la política regional y nacional.

20 millones de dólares anuales son los que permiten a Alfonso Esper Cárdenas, nacido en Ciudad Valles en 1975, vivir como uno de los selectos integrantes del jet set de Miami, Florida, donde ha establecido su lugar de residencia y donde subsiste con un promedio de 54,945.20 dólares al día.

La exhibición desmedida de la fortuna del personaje, no causaría tanto escándalo si no se encontrara vinculada familiarmente, con su tío paterno Antonio Esper Bujaidar, político de altos vuelos en la región huasteca y en el estado potosino. De la misma manera, por ser su madre Laura Cárdenas del Avellano, hija del ex gobernador de Tamaulipas, Enrique Cárdenas González, cuya fortuna el semanario Proceso en su número 63 de 16 enero de 1978, al tiempo que la catalogaba como producto de un enriquecimiento sin recato, calculaba en 800 millones de pesos.

El caso de Alfonso Esper, padre, es un poco distinto, por haberse constituido como un empresario de la construcción, con intereses diversificados en: distribución de gas natural en Valles y Tamaulipas; redes públicas de telecomunicaciones en los estados de Tamaulipas y Nuevo León; concesionario del espectro radioeléctrico en al menos 17 municipios huastecos. Agreguemos la concesión de XHVSL-TV, canal 8 de televisión de Ciudad Valles; diversos ranchos ganaderos y un buen número de gasolineras distribuidas en las huastecas potosina y tamaulipeca.

Tras la muerte de Alfonso Esper Bujaidar, ocurrida en Houston, Texas, en agosto de 2007, su hijo hoy enaltecido mediante ese video, se convirtió en coheredero, en conjunto con su hermano Adrián, del emporio financiero del arquitecto.

Si bien, en ningún momento se señala que la fortuna sea mal habida o producto de actividades ilícitas; sin embargo riquezas de este tipo y demostradas en alardes de poderosa superioridad, sólo vienen a evidenciar la aberrante desigualdad existente en nuestro estado, de la misma forma que siembran dudas sobre el origen de la misma.

No es desde luego un delito ser poseedor de este considerable capital, pero sí constituye un acto de total amoralidad el hacerla evidente de esta forma frente a una sociedad que se ha visto agraviada innumerables veces por las familias integrantes del poder político; familias a las que él pertenece y cuya riqueza resulta hoy más que nunca cuestionable.