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Anarquía proselitista

Óscar G. Chávez

Nada decente queda en esta ciudad, lo poco que así podía considerarse ha sido contaminado con la propaganda electoral; es lo que hoy se impregna en cada uno de los actos de nuestro entorno cotidiano.

Nada ha quedado a salvo, ni fuera del alcance, de las voraces campañas publicitarias de los partidos políticos. Todos, sin excepción, se han apropiado de los tres niveles espaciales disponibles para darse a conocer y difundir las bondades que hay en su entorno y en sus actos. Tierra, muros y aires se encuentran a merced de aquellos que amparados en los colores de un partido pretenden alcanzar –y beneficiar su bolsillos– con algún cargo de elección popular.

Venustiano Carranza, una de las poca avenidas dignas con las que contábamos, si no es que la única, por ser la principal, más transitada y que recibe mayor afluencia de viandantes locales y foráneos, se encuentra invadida con anuncios espectaculares que promocionan los logros políticos de los candidatos.

En el circuito vial del Río Santiago, toda superficie disponible en muros y puentes ha sido expropiada y pintada con los nombres y colores de los contendientes. La antigua Diagonal sur, hoy Salvador Nava, más se asemeja a una galería publicitaria de retocados rostros que a una vialidad vehicular de alta velocidad, que ahora sabemos no lo es. Difícil es saber si la contienda se librará entre colores o logros en el arte de la manipulación facial.

En el extremo oriente de la ciudad la avenida Ricardo B. Anaya, también ha sido entregada a los publicistas electorales que han decidido hacer la guerra a lo no contaminado visualmente y empoderarse de cualquier superficie libre en árboles, cableado, muros, postes, y azoteas de casas y comercios.

En Soledad de Graciano Sánchez, el municipio conurbado, la guerra de los muros se da entre los amarillos y los azules, nada parece frenarlos en su desesperada competencia por acumular la mayor cantidad de espacios destinados a lucir orgullosos los colores de su partido. Contados son los muros en los que se puede leer la consigna prohibido anunciar.

Anuncios espectaculares, banderillas, estandartes, folletos, y pendones, son material que en la difusión de cualquier rostro o imagen que logre la asociación visual con alguno de los candidatos, será presentado de una manera forzada a quienes transitan por cualquier punto de la ciudad.

La profanación electoral del entorno, desafortunadamente ya no sólo se limita a lo visual; lo auditivo tampoco se ve libre de la contaminación de nombres y mensajes. Camionetas de modelos recientes, proporcionadas –esperemos– por algún simpatizante o amartelado de los logros y figura de los candidatos respectivos, al tiempo que lucen enormes engomados con los bien logrados congelamientos faciales de los candidatos respectivos, bombardean inmisericordemente y en volumen desmesurado, con audios –que acompañados de horrendas tonaditas que más se asemejan a la versión rosa de los narcocorridos– que repiten incesantemente la necesidad de votar por la opción que nos presentan.

Interesante y conveniente sería consultar a algún especialista en materia de derecho, sobre la factibilidad de presentar alguna querella en contra de quienes –incluidos Ayuntamiento y autoridad electoral– violentan nuestro derecho a recibir un número prudente de decibeles, y no hacen más que fomentar la neurosis existente en los que recorremos las calles.

Amarillos, azules, naranjas, rojos, turquesos, verdes, todos sin excepción se han adueñado de las calles y contribuido en la medida de sus posibilidades a incrementar la contaminación auditiva, material, y visual, a la que nos enfrentamos diariamente en las calles.

Cuidadoso en expresión y con una impecable sonrisa, el rostro de Gonzalo Benavente, candidato del PRD a una diputación, invadió las calles de la colonia Alamitos; en las cercanías una camioneta difundía, a paso de sepelio, un corridillo espantoso en el que se narraban las ejemplares virtudes del gallardo candidato. Mañana los vecinos que a temprana hora barren las aceras frontales de sus hogares, decidirán qué uso darle a los volantes convertidos en basura.

Delgada, atractiva, Paulina Castelo sonreía amablemente a los conductores del crucero de avenida México y la carretera a Matehuala, en el extremo noreste de la ciudad. La encantadora sonrisa acompañada de cautivante mirada, eran la invitación a recibir el engomado que repartía en la transitada intersección vehicular que seguramente si llegara a obtener el triunfo, jamás volverá a transitar. La frágil apariencia en nada limita las ambiciones personales y políticas de un aspirante; mayormente si va de por medio el salto de una gris regiduría a una diputación federal.

Por fortuna aún existen reductos sociales donde se ha buscado mantener la saludable distancia de estas nocivas campañas que enrarecen el ambiente y fustigan al ciudadano con sus remedos de campañas. El día de ayer el colectivo Vida sobre ruedas, señalaba que no permitirán que en el desarrollo de sus actividades conocidas como rodada nocturna¸ la actividad proselitista de los candidatos contamine el sano esparcimiento de sus concurrentes.

La ciudad se enturbia, los focos de contaminación que antes fueron representados por tanque Tenorio y la ASARCO (hoy IMMSA), lo constituyen en la actualidad esta desmesurada competencia por verse favorecidos en la contienda electoral a partir de lo que les reditúe la inversión propagandística. ¿Qué mejor recomendación que la simple mención del nombre de quien realmente ha contribuido en el beneficio de su ciudad? ¿Habrá necesidad de derrochar tal cantidad de recursos en una horrenda propaganda electoral, que finalmente se traduce como dinero convertido en basura?

Nada los detiene, la ciudad y el estado por los que hoy dicen trabajarán, está convertida en una zona de basureros que se encuentra a merced de la rapiña y la pepena electorera; la anarquía es total frente a la complacencia de las autoridades. No importan esos detritos que ahora se vierten, finalmente los salpicarán con benéficos resultados. Políticos al fin.