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Julio Hernández López

Los momentos más inquietantes del segundo debate entre candidatos a la Presidencia de la República se produjeron cuando el panista Ricardo Anaya Cortés se acercó de manera provocadora al morenista Andrés Manuel López Obrador. Un desplazamiento del abanderado del frente PAN-PRD-MC que buscaba sacar al tabasqueño de su anunciado pacifismo de puntero. Momentos que pudieron desenvolverse de una forma distinta a la finalmente vista, acaso con algún roce físico o alguna expresión altisonante. Todo quedó en la sonrisa plastificada del joven retador y programadamente imprudente y en la resolución teatral de López Obrador, quien disolvió la tensión con el recurso sencillito de la cartera bajo necesaria protección en caso de cercanías partidistas indeseadas.

El debate del hombre del costal (Anaya, pretendiendo dar fuerza a su argumento en turno); del muy peligroso señalamiento difamatorio de Meade hacia una candidata morena al Senado, Nestora Salgado; del histrionismo cada vez más grotesco del candidato que ni es independiente ni es bronco, de la aparición de un público bajo control, en cuanto a su selección y sus preguntas, como ejemplo de una “democracia” tripulada y de los memes justicieros como intento de recuperación de algo de esperanza y buen humor.

Este, el debate de los moderadores convertidos en protagonistas sin mesura (León Krauze y Yuriria Sierra embelesados en la largura de sus preguntas y en el añadido a discreción de sus puntos de vista y consideraciones), ha sido también el debate de la vacuidad consolidada: poco o nada nuevo o destacado aportaron los señores candidatos (ya no hubo señora candidata ni habrá señora presidenta más que en la cartelera teatral, con el personaje que tantos años interpretó Gonzalo Vega y ahora desarrolla Héctor Suárez). El chiste, la ocurrencia, los apodos y los juegos de palabras, la rutina, la mentira abierta y la evasión de lo concreto fueron elementos distintivos de este segundo debate que resultó peor que el primero y que debería llevar a declarar de inutilidad pública al tercero.

A fin de cuentas, lo que se debería saber de cada uno de los candidatos ya es más o menos conocido (digan lo que digan en los debates, hagan lo que hagan ahí) y los segmentos de voto duro de cada cual habrán de mantenerse fijos, como corresponde por definición a esos bloques de votantes ya definidos. La batalla, en todo caso, se dirige al sector de los indecisos, ese gran bocadillo impreciso al cual apuestan los jugadores, sobre todo los rezagados y, en la especie, el escénicamente renovado “Pepe Mid” (ahora bajo la tutoría propagandística de Carlos Alazraki, a quien algunos de sus amigos han dicho que el pentasecretario Meade se vio mejor en esta ocasión) y Ricky Canaya, el gladiador grotescamente desesperado por despegarse de Meade y acercarse a Andrés (esta, la palabra más presente a lo largo del debate que tuvo a Manuel, el segundo de los nombres del candidato, como eje central, referencia obligada, punto de arranque y destino, faro de luz, estrella de la mañana…).

Y sin embargo, más allá de la paradoja de que el debate supuestamente más abierto y elástico haya resultado intelectual y programáticamente casi soporífero y estreñido, las estrategias que van más allá de los foros siguen campantes su ruta: López Obrador dijo ayer en tierras jaliscienses que se les está acabando el tiempo a sus adversarios, los cuales ya deben decidir si van con Meade o con Anaya como candidato único, pues él, el tabasqueño, ya les lleva más de 25 puntos porcentuales de diferencia en las (por ahora) sacralizadas encuestas de opinión.

En ese tenor, tal como se adelantaba en el Astillero publicado este lunes (Postales antes del debate), es notable el liberado esfuerzo por posicionar a Meade como una carta de probable éxito sembrado. Desde los primeros minutos después del encuentro de candidatos en Tijuana, se desató la maquinaria propagandística que pretende adjudicar a Meade el triunfo en ese debate y promoverlo como la única carta con lucidez intelectual y capacidad ejecutiva como para enfrentar al “villano” López Obrador y sus “maléficos” planes de hacerse del timón de México para hundirlo entre adoraciones al chavismo y videograbables problemas de salud mental y física. ¡Oh: salvad a México del peje amenazante!

Ante miembros de la comunidad del Instituto Politécnico Nacional, Enrique Peña Nieto refutó a quienes  hablan de “lo mal que estamos en México”. “Falta mucho por hacer, pero no pongamos todo en la canasta de que estamos mal. Sepamos reconocer los avances”, pidió-demandó-proclamó. Las cuentas de Los Pinos le pintan bien al ocupante de esa magna casa y, como tal, en esta etapa de turbulencias electorales le parece bien ensalzar los presuntos logros, lo cual es una forma, en estas fechas y circunstancias, de usar la tribuna gubernamental para promover continuidades.

El 9 de marzo de 2013 fue asesinado Jesús Gallegos Álvarez, quien apenas iba en su noveno día como secretario de turismo del gobierno encabezado por el priista Aristóteles Sandoval. El fiscal general del estado, Luis Carlos Nájera, herencia de la administración del panista Emilio González Márquez y pieza clave para mantener la paz negociada en la entidad, indagó los detalles del crimen cometido en calles de la exclusiva colonia Colinas de San Javier, en la parte zapopana de la zona metropolitana de Guadalajara. Nájera duró poco más de dos años como poderoso fiscal general del Estado con el gobernador Sandoval, pero el 13 de febrero del presente año fue reciclado al designarlo secretario del trabajo, aunque era nula la experiencia del nuevo funcionario sobre temas laborales. Ayer, en una zona céntrica y concurrida de Guadalajara, un comando intentó asesinar al secretario Nájera, con un saldo de civiles y guardaespaldas heridos. Jalisco se complica, cada vez más retador el crimen organizado. ¡Hasta mañana!

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.