No afectará al partido el caso de un militante, sostiene el PRD
8 enero, 2015
Gracias Julio Scherer
8 enero, 2015

Antes de que cante el Gallo lo negarás

Óscar G. Chávez

A Carlos Navarrete y Jesús Ortega, que hoy niegan a su Gallo;
con la esperanza que alguien crea sus intentos de elusión .

 

R ecuerdo frecuente de la infancia es la misa dominical. Templo del Perpetuo Socorro, nueve de la mañana; celebración de los misioneros redentoristas. Cantos litúrgicos de corte social y renovador que rompían con lo que en aquellos años se acostumbraba en el resto de los templos católicos de la ciudad; catequesis impartida por los seminaristas a los niños que acompañaban a sus padres. Desbordada imaginación infantil que percibía un aire similar al que se debió respirar en las catacumbas romanas, durante los primeros años de la cristiandad. Se descendía a las criptas en la parte baja del templo; ambiente húmedo y fresco; poca iluminación.

Poca precisión sobre la cantidad de años que allí asistimos domingo tras domingo. Era el templo familiar, y aún debe serlo; año con año allí –por encargo de mis tías o mi madre–, se celebran las misas anuales de los abuelos ausentes. Hoy mismo, mientras escribo estas líneas, se realizará la del abuelo; un año más de esa partida. La falta será percibida; una ausencia como lugar común.

José María Sánchez Mayo, el padre Mayo, mi formador espiritual. El confesionario de él era el primero del lado derecho del templo; siempre allí desde antes de las siete de la mañana. Algo me cautivó, no podría precisar si fue su hablar en robusto y sonoro castellano con total timbre ibérico; su permanente hábito negro; su recurrente frote de manos –costumbre adquirida en los fríos ambulatorios del Espino, monasterio benedictino del siglo XIV, allá en Burgos, donde se formó–; su hábito negro. Decía de él Teresa Garibay –religiosa de la Sociedad del Sagrado Corazón, con la que cultivé excelente trato, luego de que sus finos modos me atraparan–, que era un hombre con santidad; y lo era, en ese aroma murió.

Español también Enrique García Santa María, ordenado sacerdote transcurrió un tiempo en su tierra natal para pasar luego a Colombia, y de allí a México. En algún viaje de recreo que con él hice a tierras oaxaqueñas y veracruzanas, su confidencia de compañero de asiento me hizo saber que había estado preso en cárceles de la China comunista; y, con fuerte carga moral recordaba: ¡Por Dios! Oficié Te deums por Franco. Deportista como pocos; se hallaba enraizado a su parcela doméstica –costumbre adquirida en Colombia– en la que iniciaba labores hacia las cinco de la mañana; de ella vi brotar, y disfruté, enormes berenjenas, brócolis, coliflores; mientras las saboreaba no hicieron mella en mis oídos las mentadas de madre que profería cuando me sorprendía con las manos en sus legumbres atentando contra el séptimo mandamiento. De ideas de corte renovador y socialista; se pronunciaba a favor de la unión homosexual; fluida y atrapante conversación. Buen escritor, dejó en su haber varios libros impresos que contribuyeron a enriquecer mi bibliografía potosina en la sección de literatura. Un hombre de Dios, de ese Dios que no tiene cabida entre muchos religiosos.

Precisamente el padre Enrique era el encargado de las prédicas durante la semana mayor; sus exégesis de las siete palabras eran realmente eruditas disquisiciones de los evangelios que combinaba acertadamente con la problemática social del momento. La interpretación de Tengo sed, era profunda como pocas; hablaba de un Cristo atemorizado ante las carencias de la humanidad; sediento de la necesidad que el hombre comprendiera al hombre. Sed de justicia social.

Un pasaje del evangelista Marcos (14:30, 67-72) es ahora preciso: 30Y le dijo Jesús: De cierto te digo que tú, hoy, en esta noche, antes que el gallo haya cantado dos veces, me negarás tres veces. 67-72 Estando Pedro abajo, en el patio, vino una de las criadas del sumo sacerdote; y cuando vio a Pedro que se calentaba, mirándole, dijo: Tú también estabas con Jesús el nazareno. Mas él negó, diciendo: No le conozco, ni sé lo que dices. Y salió a la entrada; y cantó el gallo. Y la criada, viéndole otra vez, comenzó a decir a los que estaban allí: Este es de ellos. Pero él negó otra vez. Y poco después, los que estaban allí dijeron otra vez a Pedro: Verdaderamente tú eres de ellos; porque eres galileo, y tu manera de hablar es semejante a la de ellos. Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco a este hombre de quien habláis. Y el gallo cantó la segunda vez. Entonces Pedro se acordó de las palabras que Jesús le había dicho: Antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces. Y pensando en esto, lloraba.

Lecturas que no he vuelto a escuchar, y aunque recurro a ellas con cierta frecuencia en búsqueda de un ejemplo, de una frase, de una argucia de fuga, es evidente que no lo hago a través del vínculo con el que debería: el de la fe. Han pasado aquellas épocas, otras son las interrogantes; otras las premisas. El lama sabactani de las siete palabras, viene ahora en sentido opuesto.

El texto de Marcos, en el que también abundan Juan 13:38; Lucas 22:34; y, Mateo 26:34-35; contiene de manera explícita e ilustrativa, la negación a la que se recurre cuando algo o alguien amenaza nuestra tranquilidad, nuestra seguridad, nuestros intereses, nuestra vida. No importa en la mayoría de las ocasiones que ella conlleve el daño a aquellos que anteriormente depositaron en nosotros sus esperanzas, sus ilusiones, e incluso su vida. De la misma manera tampoco importará a aquellos que en algún momento pusieron las mismas expectativas en nosotros, efectuar una negación sobre nuestros actos, sobre nuestras personas. La negación como constante salvadora.

La negación como arma de defensa es una práctica de uso común en nuestras vidas; es costumbre; es parte inherente a ella. Podemos recurrir a ejemplos muy cercanos que forman parte de nuestra cotidianidad: no recuerdo haberme pasado el alto; no recuerdo haberlo dicho; no recuerdo haber sostenido esa conversación; no recuerdo a la persona; no la conozco; no dije que… 

Dentro de la política mexicana los ejemplos anteriores pueden parecer los más inocentes e inofensivos, frente a los dichos formulados por sus actores. Así, nos encontramos con gobernantes que no formularon una orden, o que si la hicieron fue mal interpretada; con legisladores que no opinaron el argumento que posteriormente atacaron; o con aquellos que nunca afirmaron apoyar una iniciativa sobre la que votaron positivamente. La carencia del argumento.

¿Qué ocurriría si Luis Echeverría asumiera su participación en los crímenes cometidos durante sus gestiones como secretario de Gobernación o presidente? Felipe Calderón, finalmente dejó en manos de los estados el problema de la supresión de la tenencia; porque aunque lo prometió, era situación de los gobiernos locales. El llamado niño verde y la negación de la propiedad de un departamento en la zona diamante de Cancún, donde se cometió un asesinato sobre una edecán extranjera. No eran billetes sino ligas, las introducidas descaradamente por Bejarano a sus bolsillos. Retruécanos del lenguaje frente a la imposibilidad de la negación; una negación velada.

La sociedad potosina en general, y sus políticos en particular, tampoco están exentos de la comisión nugatoria frente a acciones que pueden afectar su inalterable transcurrir. Prelados eclesiásticos que no sabían de las recurrentes prácticas pederásticas de alguno de sus miembros; comisarios administrativos de alguna unión de crédito local –que en su afán por llegar a la gubernatura– afirmaban no saber, por desconocimiento, del fraude que se orquestaba sobre los inversionistas.

¿Recordará hoy el diputado y posible candidato Eugenio Govea, su amartelada dependencia de Marcelo de los Santos? ¿Recordará el secretario de Educación, y también aspirante a la gubernatura, cuando en acto de traición a su partido, levantó la mano del entonces candidato Felipe Calderón? ¿Recordará el hoy llamado maestro criminalista, Julio Ceballos –tío del excelso Enrique Galindo Ceballos, en quien descansa la seguridad nacional–, sus crímenes de juventud? Y todos aquellos políticos saltimbanquis que dijeron no tener más aspiración que concluir su encargo y trabajar por la ciudadanía, recordarán sus dichos hoy que aspiran a un nuevo cargo.

Frente a la negación como premisa de salvación frente a la carencia de argumento por una coimplicación en los hechos, pocos poseen la habilidad para eludirla dentro de un trasfondo en el que se encuentran involucrados. La plaza principal de San Luis Potosí en el otoño de 1995, una casa de campaña en verde y blanco resguardaba a quien había montado huelga de hambre; en medio de la crisis política provocada por el personaje, ocurrió la visita de un cura –literato, académico de la lengua, guía espiritual de la sociedad potosina–; tenía como misión gubernamental lograr la claudicación del huelguista. Plática de dos; hoy sólo uno de ellos sabe lo que realmente conversaron, lo demás especulaciones. La salida del clérigo de la carpa, que bien pudo ser confesionario, atrajo a los periodistas; No sé a qué vine. No recuerdo. Me dio amnesia. Fidelidad al ministerio de la negación; pláticas no reveladas sino ante el ser supremo.

La licitación del tren México-Querétaro; la casa blanca de Sierra Gorda; el anarco activista con tintes socialmente dañinos. Todos hallaron la negación; los hechos registrados sucumben frente a un consistente NO.

Ayotzinapa fue el detonante. El asesinato de estudiantes por orden del alcalde de Iguala, coludido con el crimen regional, desencadenó una serie de reacciones diversas entre sus cercanos, entre sus iguales, entre sus protectores, entre sus impulsores y encumbradores. Nadie lo conocía, nadie lo trató; todos objetaron en su momento su candidatura. Hoy la sociedad mexicana sabe que era un criminal. Antes nadie lo supo.

El caso Abarca-Ayotzinapa obligó a que –al menos en papel y por formulismo social– los posibles candidatos a un puesto de elección popular sean investigados. No se quieren delincuentes, al menos no conocidos. Buscando curarse en deteriorada salud, el PRD  implementó como punta de lanza esta moda.

En Soledad de Graciano Sánchez, San Luis Potosí, Ricardo Gallardo Cardona, un joven alcalde de ese partido parece ser hoy el encapillado sucesor de Abarca. Lujos exorbitantes; seguridad excesiva; negocios turbios; triangulaciones bancarias; vínculos con el crimen organizado con el que logró una paz augusta en su prebostazgo. Riqueza inexplicable que en estos tiempos no genera el trabajo, pasó desapercibida a todos; nadie lo sabía.

Su riqueza compró un partido que puso a su servicio: el PRD. Hoy la cúpula nacional de ese partido –y su marionetero Jesús Ortega– señalan al verlo encarcelado, que no lo sabían; que su presentación ante la PGR, ellos mismos se la solicitaron. Hoy –mientras escuchan las notas de su violín de cinco millones de pesos– el Gallo aún no canta y ya lo han negado.

#RescatemosPuebla151