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Astillero: Pinito sin regalo

Astillero, Pacto por México

Entre el pinar, a un arbolito le faltará el esperado regalo navideño de altos vuelos. No estuvo a tiempo el hangar donde será guardado en sus ratos de reposo el sueño con alas (un Boeing 787 Dreamliner), con todo y que el compadre Hinojosa y una filial de su muy afamada empresa Higa (cuyo portafolio de inversiones incluye blancuras inmobiliarias) contaron con casi mil millones de pesos (asignados a dedo, por razones de “seguridad nacional”) para la construcción del cobertizo que en realidad sólo tendrá uso útil durante cinco años, pues en 2020 habrá nuevo aeropuerto internacional, en el que deberá construirse otro hangar presidencial (es decir, costará casi medio millón de pesos cada día útil de ese espectacular estacionamiento que contará con amplias instalaciones para el ocupante principal, su familia e invitados, y para los miembros del Estado Mayor).

El beneficiario aéreo de las operaciones finales de Felipe Calderón (negocio o asunto cuyo costo llegó a los 7 mil 500 millones de pesos sólo por el avión, a lo que la actual administración federal ha sumado sus propios egresos presupuestales, como se ha mencionado líneas arriba) no podrá, por tanto, estrenar este mes la fastuosa nave en algún vuelo con destino vacacional, ni llegará a Davos el mes entrante, el primero del año, a apantallar a algunos jefes de Estado que no cuentan con medios tan espectaculares para participar en reuniones sobre asuntos económicos globales.

Tiempo de reflexión y de lectura podrían proporcionar al político mexiquense, de apellidos hasta ahora no mencionados, los retrasos en cuanto a la entrega del hangar, pactada formalmente para hoy (sin que se sepa si habrá castigo al amable contratista por incumplimiento de contrato, o si la tardanza se debió a que se agregaron obras y servicios que a su vez encarecieron la de por sí abultada cuenta empresarial) y, en cuanto al arribo del ya mencionado palacio flotante, que debe estar en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México el próximo viernes (en pleno vacile tuitero, un tecleador astillado preguntó a sus contlapaches qué nombre les gustaría para bautizar al Boeing 787 Dream liner, y una opción alcanzó 75 por ciento de votos en una encuesta que puede verse aquí https://goo.gl/iu5Zzo ).

Siempre propositiva, esta columna sugiere a dicho político que, aprovechando el tiempo en lo que llega el avión y está listo el hangar, lea un libro muy premiado, La Casa Blanca de Peña Nieto, la historia que cimbró un gobierno, escrito por los reporteros Daniel Lizárraga, Rafael Cabrera, Irving Huerta y Sebastián Barragán, con prólogo de Carmen Aristegui. El improbable lector ya lo recibió en propia mano en el contexto de la entrega de la medalla Belisario Domínguez, como regalo de la senadora Layda Sansores. Tiempo de reflexión, de lectura, en lo que llega el avión.

A la pancarta electoral 2018 elaborada con interés maximizado respecto al salario mínimo, Miguel Ángel Mancera ha agregado otra, tan efectista como la primera, ambas con artificiales aires de héroe social justiciero (¡Superman! ¿será?). Ahora se trata de la reforma política del Distrito Federal, que lo seguirá siendo en cuanto sede de los poderes federales, rebautizado con su mismo nombre de Ciudad de México (el artículo 44 constitucional mexicano ha sostenido, sin necesidad de reforma mancerista, que “La Ciudad de México es el Distrito Federal, sede de los Poderes de la Unión y capital de los Estados Unidos Mexicanos. Se compondrá del territorio que actualmente tiene y en el caso de que los poderes federales se trasladen a otro lugar, se erigirá en el estado del valle de México con los límites y extensión que le asigne el Congreso General.”

Sin embargo, en esa vocación por el rebumbio político para efectos electoreros, se magnifican las hipótesis benéficas, en un rediseño cuyos puntos inmediatos más llamativos pertenecen al mundo de la nomenclatura: se denominará de nueva manera lo que hoy se etiqueta de otra, se generarán formas distintas para los mismos contenidos institucionales hoy tan demeritados, en un malabarismo “constituyente” que a fin de cuentas no cambiará para bien nada de fondo. Al contrario: la Ciudad de México puede ser dañada “legalmente” con el nuevo sembradío de artículos y cláusulas.

La ciudad de México (que es y seguirá siendo el distrito donde se asientan los poderes federales) ha sufrido una guerra de desgaste en busca de mellar el espíritu progresista generalizado y la histórica vocación crítica. Ahora, el PRI (que ha dado los votos definitorios para que avance la tal reforma chilanga, canjeando este “apoyo” a Mancera por los dedos en alto de perredistas en otros asuntos de interés del partido tricolor) está empeñado en la creación de condiciones que le permitan en 2018 el mayor avance desde que la izquierda electoral se instaló en el poder, con Cuauhtémoc Cárdenas al frente.

De entrada, la tal reforma política capitalina está vergonzosamente despojada de un carácter auténticamente democrático: sólo60 de los cien “constituyentes” de la Ciudad de México serán elegidos de manera directa, pues el 40 por ciento restante será aportado por los ejecutivos federal y local y por representantes de las cámaras federales, según eso porque estos tienen (lo que teóricamente es cierto, aunque política y socialmente no lo sea) un mandato popular de origen (sobre todo, Peña Nieto en el DF) que debe ser “expresado” en el proceso de la tal reforma que al final de la historia sólo será una pancarta futurista más, a menos que una participación ciudadana entusiasta y enérgica impida tales planes PRI-PRD-Los Pinos.

Y, mientras entra hoy en vigor el nuevo reglamento de tránsito del DF, pletórico de buenas intenciones y aceptables propuestas que, sin embargo, darán pie a los institucionalizados abusos de los agentes en busca de extorsión a infractores, más ciertas cuotas de multas obligatorias para fortalecer las finanzas del gobierno capitalino, ¡hasta mañana, con el ataque de un comando de presuntos narcotraficantes contra oficinas de la PGR en Reynosa!

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.