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Astillero: Estampas del futuro

Astillero, Pacto por México

Javier Duarte de Ochoa hizo ayer un esfuerzo especial para ganarse el disputado título de peor gobernador del país. Incluso con instrumentos suministradores de toques eléctricos fueron desalojados los ex empleados veracruzanos a los que a un día de la Nochebuena aún no pagaban aguinaldos y pensiones y por ello estaban en protesta pública. De la embestida policiaca quedaron imágenes aberrantes, probatorias del desquiciamiento de criterio que se vive en la cúpula política de aquella entidad federativa, ancianos que deberían tener un trato preferente en la atención de los gobiernos, ahora eran golpeados, empujados con toletes, sometidos por policías que en su momento sufrirán peor suerte asistencial que las personas de la tercera edad a las que ayer desalojaron “por orden superior”.

El caso de Veracruz es extremo, pero no único. Duarte de Ochoa ha llevado a la entidad a niveles caóticos, gravemente mermadas las arcas públicas por la corrupción desaforada, el despilfarro ostentoso y el saqueo sistemático para uso de dinero en efectivo para promociones electorales en el propio estado y a nivel federal. Pero en otras latitudes se viven desgracias parecidas, pues la mayoría de los gobiernos estatales se han endeudado de manera escandalosa e irresponsable, con el fin de cubrir huecos y pillerías correspondientes a los antecesores y, además, para hacer negocios propios con cargo a las administraciones venideras.

Ese cierre duartista a garrote batiente es una estampa adelantada de lo que espera el año en puerta a los millones de mexicanos cuyas cuentas de retiro y fórmulas de jubilación han sido gravemente afectadas por un sistema que tramposamente echa mano de ese dinero de trabajadores. Conforme a lo que la clase política ha ido tejiendo, 2016 será un año de mucha tensión entre grupos sociales en demanda de atención y respuesta a casos que no tendrán disponibilidad presupuestal y ante los cuales los gobiernos sólo tendrán como contestación el uso de la fuerza pública.

Así va terminando un año caracterizado por la sostenida impericia de los gobernantes, cada vez más aislados del sentir y las exigencias populares y cada vez más concentrados en su propio beneficio grupal, embelesados, en medio de la catástrofe, en el perfeccionamiento de sus métodos de conservación del poder. 2015 fue el año de la escandalosa confirmación pública de la inviabilidad del sistema político actual y del arribo de la clase política en general a niveles de impudicia y abuso, con ejemplos grotescos como han sido el manejo oficial del expediente de los desaparecidos de Iguala, la fuga del secretario federal del narcotráfico (apodado El Chapo) y los botones de muestra de la jungla de la corrupción, como han sido la Casa Blanca y la saga OHL.

Las perspectivas para el año venidero tampoco son positivas. Hay demasiados datos, signos e indicios de fuertes problemas económicos por estallar, sin que existan los adecuados contrapesos o canales para que la insatisfacción popular consiga frenar el curso negativo previsto. Una parte de la atención pública nacional será desviada a los incidentes de las elecciones estatales de 2016, que a fin de cuentas sólo servirán para consolidar el modelo tradicional de reparto de poderes entre partidos y grupos amafiados para continuar con un negocio que creen inacabable. El segmento ciudadano que apuesta a la posibilidad de cambios a través del partido Morena no tendrá más que una muy discutible oportunidad en Zacatecas con el clan Monreal. Es probable que la acordada distribución del botín 2016 mantenga una holgada mayoría de estados bajo gobierno del PRI (en círculos beltronistas se habla de nueve gubernaturas para el tricolor, dos para el PAN y una para el PRD o, en el caso de la izquierda electoral, la asignación podría ser para el sol azteca o para el monrealismo formalmente moreno pero con entendimiento con el PRI).

Y así avanzará el mismo sistema de siempre hacia las elecciones de 2018. Todo lo que hace el peñismo apunta al objetivo de darle continuidad a su equipo, ya sea con los fusibles quemados (Luis Videgaray y Miguel Ángel Osorio, los vicepresidentes que tan gastados se ven desde ahora), las piezas de repuesto (el tácticamente tan callado José Antonio Meade, el rápidamente sobrexpuesto Aurelio Nuño o eventualmente la fusión salinista-peñista en la persona de Claudia Ruiz Massieu S. de G.) o el indeseado hoy por Los Pinos pero finalmente tan necesario para el sistema, el presidente del PRI, Manlio Fabio Beltrones, punto de convergencia también entre el alejado Salinas y el entrampado Peña.

La importancia de 2016 residirá en las señales electorales que envíe rumbo a la cita mayor, la de dos años después. Quien más gane en esta etapa más posibilidades tendrá de éxito en la siguiente, y desde ahora puede preverse que el ganador absoluto será el sistema tradicional de complicidades, con el Revolucionario Institucional a la cabeza y a remolque sus dos escuderos, Acción Nacional y el declinante De la Revolución Democrática. Espejismo será suponer resultados mágicos en 2018 a partir de mero voluntarismo discursivo. Una parte de la perversión del sistema contra sus adversarios que juegan con las reglas de ese mismo sistema es encumbrarlos tempranamente para luego dejarlos caer, con lo cual se simula competencia y se termina reclamando legitimidad para los “ganadores” fraudulentos. Ya se verá si estos amancebamientos partidistas soportan los estremecimientos sociales que en 2016 surgirán desde las circunstancias económicas críticas, la reducción presupuestal, la inseguridad pública creciente, la corrupción ya tan descarada y la impunidad generalizada.

Esta exhausta columna tomará dos semanas de vacaciones, así que volverá a publicarse el próximo 11 de enero. A sus lectores, gracias por el regalo de la atención a lo largo del presente año y los mejores deseos para esta temporada y para 2016. ¡Felicidades!

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.