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Astillero: III Imperio Mexicano

Astillero, Pacto por México

A sí como ahora ha sido demostrado un caso de la Secretaría de Relaciones Exteriores (el de la “aparición” en segunda etapa de “ganadores” no contemplados en la primera para ingresar al Servicio Exterior Mexicano), en gran parte de los concursos públicos para ocupar plazas gubernamentales, asientos estudiantiles o académicos hay una mafiosa proclividad histórica de la burocracia dominante a hacer que mediante un abanico de trampas terminen “ganando” los amigos, familiares, socios o recomendados de quienes tienen poder.

Así fue que luego de la publicación del expediente de la cancillería mexicana llegaron a esta columna diversas historias de mexicanos que han sido víctimas de la discrecionalidad, el influyentismo y el abierto fraude en diversas oficinas y fechas, y con diversos argumentos, algunos de ellos francamente insultantes. Los relatos no sólo constituyen una demostración de la corrupción institucionalizada o de las decepciones sufridas por los aspirantes. Son testimonios del apuñalamiento sistemático de la esperanza nacional en lograr ascenso socioeconómico mediante méritos y valías demostradas, y de la predilección del sistema por los pantanos y el engaño, de tal manera que sólo las cofradías son “premiadas”, con lo que se prostituye la vía social de avance natural y se fortalecen las conductas y la filosofía del servicio público condicionadas al amiguismo y los favores facciosos.

De esas narraciones hoy se compartirán dos, una correspondiente a 1992 y otra a la fecha actual. El 30 de marzo de 23 años atrás, el arquitecto José Guadalupe Ibarra Tarango (hoy residente en Tepic, Nayarit) decidió participar en el “concurso general de ingreso al Servicio Exterior Mexicano” para cubrir cien plazas vacantes en la categoría de agregado diplomático. Egresado del Tec de Monterrey, había estudiado en Francia y Bélgica y había trabajado en organismos internacionales en Suiza y México. Hablaba y escribía francés e inglés.

Dos días antes del examen escrito recibió el temario de estudio, que incluía 35 temas de economía internacional, 26 de problemas económicos de México, 30 de geografía económica, 11 de derecho internacional público, 14 de política exterior de México y 41 de política mundial contemporánea. Aun así pasó a la siguiente etapa, como otros 225 de los casi mil concursantes originales. Luego aprobó los exámenes de idiomas extranjeros y de español, más el rubro de ensayo.

Pero el 4 de agosto de ese mismo 1992 le realizaron el examen médico correspondiente en una clínica gubernamental del Distrito Federal; el reporte fue de valores altos en colesterol (305 mg/dl), y un doctor llamado Apolinar Bautista diagnosticó que esa hipercolesterolemia generaría “problemas de articulaciones, limitación de movimientos e incapacidades”. Ibarra Tarango se había hecho el mismo examen el 25 de marzo anterior y los resultados habían sido de 217 mg/100 dl. Luego, relata, “tuve una entrevista personal y gran parte de la misma giró sobre tres temas: no era yo egresado de una escuela de diplomacia, mi edad (45 años) y que al tener jefes más jóvenes seguramente habría conflicto”. Con base en estos dos últimos factores le notificaron en agosto que “las calificaciones no fueron suficientes para tener derecho de participar en la tercera etapa”.

Después de estos años transcurridos, señala el arquitecto, “sigo pensando que fue un procedimiento ‘tendencioso’, por decir lo menos”. Ahora tiene 68 años, su colesterol está en 189 mg/dl, no toma medicamentos, no tiene problemas de limitación y movimientos ni incapacidades, y sí “bastante actividad”.

En tiempo presente, una joven con licenciatura y maestría (cuyos datos se omiten para evitarle represalias) dice que la investigación difundida en esta columna sobre los concursos de la SRE le ha servido de “consuelo moral”, pues ella avanzó hasta la última etapa. “Siempre pensé que ser una estudiante dedicada y de alto rendimiento; ser trabajadora y capaz, competitiva y responsable, sería la clave para poder encontrar un trabajo digno, y cuál ha sido mi sorpresa que en este país de compadrazgos y relaciones cuentan más los amigos, parientes y recomendados que la preparación académica y el esfuerzo laboral”.

Añade: “Somos muchos los jóvenes desempleados, o que no contamos con un trabajo digno, y me siento decepcionada del país donde vivo, pero sobre todo del gobierno, de los partidos políticos y de las instituciones que nos han fallado a los jóvenes, a los que en sus espots llaman el ‘futuro de México’ y al que están dejando sin oportunidades de crecimiento y superación. Somos muchos los que queremos trabajar y aportar nuestro granito de arena para mejorar el país. Sin embargo, vemos que cada día es más difícil y las puertas poco a poco se nos cierran. Espero llegue el momento en que las cosas cambien y no se den estos famosos carpetazos a situaciones y temas que aquejan día a día a nuestro país”.

Y, para cerrar, el lector Carlos Arciniega considera que “vivimos en la época del III Imperio mexicano, con un emperador sin súbditos pero dueño de sus recursos, un virrey que administra nuestras finanzas y una clase política cortesana que aspira a títulos nobiliarios pero que mientras los consigue se revuelca en las ostentosas migajas que desbalagan nuestros nobles soberanos. Ellos pasean en helicópteros que por derecho divino les pertenecen, adquieren verdaderos palacios por el sólo derecho de ‘representarnos’ ante otras cortes extranjeras, y se burlan de nuestra realidad plebeya haciéndonos ver que somos pobres, en primer lugar ‘porque así lo quiso Dios’, y en segundo, porque no le echamos ganas y nos gusta la mediocridad”.

Y, mientras Los Pinos exprime el caso de Korenfeld y el helicóptero de la Conagua para aparentar ánimos justicieros que no llegan a otros funcionarios también abusivos, ¡hasta mañana, con un buque norcoreano como excelente oportunidad para avivar desde el peñismo un patrioterismo distractor!

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.