El Chapo Guzmán, “el Steve Jobs de la industria del narcotráfico”
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Astillero: Ingeniería política

Astillero, Pacto por México

F ue un preciso golpe de ingeniería política: Enrique Peña Nieto había abandonado el país (es decir, viajaba rumbo a Francia, acompañado de su círculo íntimo e invitados especiales de gorrita tricolor) y volaba, volaba, mientras en tierra excavada el topo Joaquín Guzmán Loera (y lo es, por segunda ocasión) se declaraba en libertad, ya no mediante trucos de película barata, como aquel carrito de lavandería en el que salió de Puente Grande en tiempos del primer libertador, ahora ya confesamente motero, Vicente Fox, sino ahora, símbolo de la grandeza proclamada por doquier por el Primer Consternado del País, mediante un artificio tecnológico vulgarmente conocido como túnel, cuya principal característica deslumbrante no está en lo eficaz cuanto en lo silencioso, lo discreto, lo inadvertido en tiempos de tanto gasto público en espionajes varios, sin que nadie se diera cuenta en ese penal de presunta máxima seguridad (del Puente Grande, convertido en Puerta Grande, al Altiplano vuelto menú de excarcelaciones bajo plano) ni en el santuario del peñismo que es el estado de México, donde nadie se entera de escapes, feminicidios y saqueos marca OHL.

Suspenso, intrigas y traiciones en el cuadro escénico dominado por las construcciones en entredicho: hoy el túnel bien armado, con servicio individual de transporte, envidia de la línea 12 y sus vergüenzas, pero antes las Casas Blancas facilitadas por contratistas agradecidos y las concesiones de grandes obras a infladores de presupuestos para pagar favores a políticos (Higa y OHL, ejemplos de escándalo, pero ni remotamente los únicos). Sale en libertad bajo tierra el ya mítico jefe del narcotráfico que ha financiado campañas electorales a gobiernos que luego lo han protegido. No le alcanzará la garra igualmente viscosa de jueces y agentes estadunidenses que pretendían una extradición que el siniestro Jesús Murillo Karam denegó con presunta habilidad jurídica, que incluso invocaba la defensa de la soberanía mexicana para mantener en sus centros de “readaptación” social al preso número Uno que los gringos suponían con fundada razón podría fugarse, o darse por fugado, de las cómplices manos mexicanas. Pasadas las elecciones y prestado un servicio escenográfico “exitoso”: ¿Chapo, nada me debes; Chapo, estamos en paz? Es hidalguense la ficha naturalmente más dañada, pues Miguel Ángel Osorio Chong ha concentrado en su presidenciable escritorio la política interior, la seguridad pública y nacional y el sistema carcelario. Hasta ahora parecía un precandidato con bandera desplegada, ya colocado por encima del lánguido Luis Videgaray al que mantienen en bajo perfil las cuitas económicas del país. De los gobernadores en funciones sólo el frívolamente Verde Manuel Velasco pareciera mantenerse como competidor. La renuncia de Osorio parecería obligada si no logra recapturar al minero prófugo (no se habla de alguien radicado en Canadá), aunque en el sistema peñista de complicidades que sobreviven a todo siempre será posible alguna coartada en espera del conmocionante escándalo sucedáneo. Al acecho está el gran compadre Luis Miranda Nava, especializado también en acumulación de riquezas, quien hasta ahora ha despachado como una especie de secretario adjunto de Gobernación, con cartera de subsecretario. Y siempre le quedará a Peña Nieto la opción de Manlio Fabio Beltrones, tan adecuado para estos momentos de crisis que por ello mismo le ha mantenido hasta ahora a una “sana distancia”.

Vista desde otro plano, en tiempos tan complicados en términos de dólares, empleo e incluso futuros financiamientos electorales, la reinstalación del empresario Guzmán Loera en la operación directa de su negocio transnacional tan exitoso podrá aportar equilibrios, mediante acuerdos o mediante guerra, con cárteles desbordados como el Jalisco Nueva Generación, que es una reformulación del que durante décadas gerenció sin sobresaltos innecesarios el jefe de la plaza tapatía, Ignacio Coronel, en entendimiento claro con el cártel de Sinaloa.

En lo inmediato, es evidente que ha causado a Peña Nieto más que desdoro internacional la fuga en si mayor del músico de Badiraguato (el nombre de esa nota, la séptima de la escala, se debe a las iniciales de Sancte Ioannes, en recuerdo de que así empieza el himno de San Juan Bautista, mientras Santa Juanita se llama, en irónica referencia verde, la colonia donde se “construía” la casa que dará pie a los siguientes corridos en honor de “San” Joaquín, el nuevo patrono tunelador). Luego de arreglos subterráneos para reparar las relaciones entre Francia y México, con las cesiones peñistas para cerrar el caso de Florence Cassez a satisfacción de la nación europea, y de la diplomática indolencia gala ante los abusos del Primer Tío, Arturo Montiel, para retener con él a los hijos que tuvo con Maude Versini, todo parecía pintado con colores brillantes para la visita del ocupante actual de Los Pinos a París y su participación triunfal en los festejos nacionales franceses, el mexiquense al frente de una delegación multitudinaria programada en modo jeque.

Pero he ahí que la misma noche del vuelo y el revuelo, en viaje internacional como antes había sucedido con el caso de la famosa Casa Blanca, Peña Nieto fue exhibido como administrador fallido de una república bananera en la que el verdadero poder reside en los cárteles o en un cártel del narcotráfico. En febrero de 2014 había dicho Peña Nieto a León Krauze que una segunda fuga del Chapo “sería verdaderamente algo más que lamentable, imperdonable”, y aseguró que el Estado y el gobierno tomarían “las debidas providencias” para impedirla. “Es algo en lo que he insistido, créeme, todos los días al titular de Gobernación: ¿lo tienes bien vigilado?, ¿estás seguro?, porque obviamente es una responsabilidad que hoy tiene a cuestas el gobierno de la república, el asegurar que la fuga ocurrida hace algunos años nunca más se vuelva a repetir”. Pues sí, aquí se coincide con Peña: es imperdonable esta segunda fuga. ¿Y? ¡Hasta mañana!

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.