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Astillero: Los cambios de Mancera

Astillero, Pacto por México

D edicado más al disfrute de la frivolidad que al duro ejercicio de gobernar en serio una ciudad tan complicada como es la de México, el abogado Miguel Ángel Mancera se ha enredado hasta para cambiar a sus subordinados. Dos semanas atrás pidió la renuncia a todos los secretarios del gabinete y a algunos directores generales, condenando a la administración del Distrito Federal a un innecesario periodo de lentificación, incertidumbre y politiquería. Hoy, finalmente, dará a conocer finiquitos y nuevos nombramientos, en una redefinición burocrática que permitirá avizorar si se potenciará el ya existente proceso de derechización y de acoplamiento con el peñismo.

Mancera tiene facultades plenas para nombrar y remover a sus funcionarios conforme a su personalísimo e indiscutible criterio, como corresponde a los titulares de poderes ejecutivos electos individualmente. Pudo haberlo hecho de golpe ysin explicaciones el pasado día 2, cuando les solicitó la renuncia, pero prefirió acogerse a una especie de pretexto posdatado: una “evaluación”. Con ello convirtió un ejercicio legítimo de poder en un juicio político público, pues quienes hoy dejarán sus cargos lo harán bajo la naturalmente deducible presunción de que fueron reprobados. Tal valoración negativa se produjo sin que se hubieran establecido los criterios para juzgar y sin escuchar a las partes ni darles oportunidad de defenderse. Sano y congruente sería que Mancera otorgase hoy a los ciudadanos el reporte detallado de esa “evaluación”, con la metodología e incluso las consecuencias administrativas y legales que implicaría el presunto mal ejercicio de quienes hoy son relevados.

El golpe derivado de la hipotética “evaluación” alcanza, en peculiar giro, al propio jefe de la administración capitalina (quien mucho ganaría en credibilidad si él mismo se sometiera a una “evaluación” revocatoria). En realidad, Mancera reconoce, al cesar a Héctor Serrano de la Secretaría de Gobierno, que son ciertas las acusaciones hechas desde Morena de que el virtual poder tras el trono chilango operó para favorecer al Partido de la Revolución Democrática en las pasadas elecciones (de las intromisiones “ejecutivas” de Serrano en las faenas electorales del sol azteca hay puntual y abundante reporte periodístico). Y, al desprenderse de Rosa Icela Rodríguez en la Secretaría de Desarrollo Social, irónicamente castiga un ejercicio imparcial, en el contexto del pleito entre esposos partidistas divorciados que protagonizaron PRD y Morena, contra el cual hasta ahora no se ha presentado ninguna prueba de uso faccioso de recursos, manipulación de padrones o activismo en favor de determinados candidatos. En el caso de Joel Ortega, la destitución en el manejo del Metro es una aceptación de que durante esta administración hubo fallas y errores graves, como los que los usuarios sufren y denuncian cotidianamente, sin que el jefe de Gobierno se decidiera a hacer cambios e impulsar correctivos sino ahora, en el paquete de las remociones que hace bajo presión de los dos partidos localmente dominantes.

Para ocupar la Secretaría de Gobierno, en lugar de Héctor Serrano (quien seguirá “operando” a favor del “proyecto político 2018” de Mancera, pero ya sin reflectores, colocado en alguna área suministradora de recursos económicos no reportables), se buscó a Juan Ramón de la Fuente, quien declinó la invitación, y se barajó la posibilidad de Lázaro Cárdenas Batel. La senadora Alejandra Barrales también estuvo en la mesa mancerista de propuestas para los relevos en el equipo de gobierno, pero hasta ayer prefería seguir en su cámara y, en todo caso, participar en tareas del PRD capitalino. A Desarrollo Social podría ir el consejero jurídico del GDF, José Ramón Amieva, y Julio Serna al Metro. Otra incógnita es el destino de Salomón Chertorivski Woldenberg, actual Secretario de Desarrollo Económico, quien podría tener una responsabilidad mayor.

Más allá de las quinielas, lo importante será el perfil del nuevo equipo. Mancera está más cerca del estilo y las intenciones de Enrique Peña Nieto que de sus antecesores inmediatos, Marcelo Ebrard (contra quien desató una feroz campaña, auxiliado por el resentimiento de Joel Ortega desde el News Divine, para beneplácito de Los Pinos) y Andrés Manuel López Obrador. Sería una mala treta asumir que la izquierda fue derrotada en las pasadas elecciones (lo que en los hechos está aceptando) para cargarse al centro o abiertamente a la derecha (el factor Chertorivski será muy indicativo). Si Mancera no honra el mandato original de una ciudad que ha votado mayoritariamente por la izquierda al elegirlo a él en 2012, pero también en los comicios recientes, en los que el factor negativo fue la división entre dos partidos, se distanciará aún más de una mayoría ciudadana que ya ha dado muestras de rechazo no a la izquierda sino a él como gobernante, y sentará mejores condiciones para que en 2018 avance el PRI (como ya lo hizo el mes pasado) y termine el ciclo gobernante de una opción variopinta en la capital del país.

En España y en Grecia se están viendo los límites de las victorias electorales a partir de formaciones o alianzas civiles emergentes. Ayer, en Atenas, la euforia por el resultado en el referendo reciente se convirtió en una fría conversión legislativa a los dictados europeos, contra el sentido de reivindicación popular que parecía mandato irreversible. No es suficiente el voto, frente a los poderes estructurales globalizados que van por encima de las decisiones nacionales.

Y, mientras Peña Nieto sigue de fiesta en Francia, Osorio Chong sigue enredándose con el asunto de El Chapo, los inversionistas extranjeros regatean y le hacen el vacío a las ofertas petroleras mexicanas, y los maestros siguen protestando contra la “evaluación” educativa, ¡hasta mañana, con Uber (de Slim) y Cabify en proceso de regularización en el DF!

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.