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Astillero: Los peñascos de oro

Astillero, Pacto por México

D ebería haber un concurso nacional de libretos políticos insultantemente fantasiosos (Los peñascos de oro, podría ser la denominación de los premios, equivalente a los Óscares, pero Enriquecidos con ingenio popular). A contrapelo de la realidad, aguijoneando una sensibilidad colectiva harta de demagogia y desatinos, los gobernantes, legisladores y personajes en general con algún nivel de poder se han acostumbrado a responder con desparpajo en circunstancias críticas, adheridos a fórmulas retóricas que sólo resuelven el momento específico del declarante en fuga.

Resultaría excesivo detallar, para dar ejemplo de lo antes enunciado, el rosario de recurrencias al formalismo mágico, a la legalidad fantasmal y a la insensibilidad política y social que acompañan usualmente al secretario de futurismo político, Aurelio Nuño Mayer (AúN May), y que ayer puso en rutinaria práctica al concurrir a sesiones de entrenamiento en el gimnasio San Lázaro, especializado en magnesia legislativa. Altivo, rígido, convencido de que le asiste la “razón histórica” (rescritura en la SEP del estilo Murillo Karam), el promovido de Los Pinos habló ante comisiones de diputados sobre la reforma de control administrativo y político (falsamente llamada “reforma educativa”), con la seguridad de que ha abatido al movimiento magisterial y a los atavismos que asocia con ese México previo a la “modernizadora” era peñista en curso.

Las camas de hospitales y la programación de cirugías del Instituto Mexicano del Seguro Social también sufrieron ayer el embate de la palabrería presuntamente resolutiva. “He dado indicaciones”, dijo el licenciado Peña Nieto, para que se reduzcan los tiempos de espera en operaciones quirúrgicas y para que mejore el servicio y la atención en clínicas y hospitales de ese instituto. Los subordinados del ejecutivo dictador (es decir, el que dicta, indicaciones en este caso) tomaron nota y asintieron de inmediato, como ha sucedido siempre en cuanto a órdenes similares que en esos y otros rubros han dado los faraones sexenales, siempre con el mismo bote histórico de basura como destino final. Todo fuera como “indicar”.

Ah, en la misma oportunidad declarativa, el mexiquense avecindado en Los Pinos negó categóricamente que haya intenciones privatizadoras en el citado IMSS, dirigido por el concuño del ex presidente Salinas de Gortari. Ojo, mucho ojo: “que nadie pretenda confundir a la población”, alertó, pues el “carácter público” del Seguro Social “es y seguirá siendo inalterable”. Don Periscopio Contreras, defensor de los lectores en la República del Astillero (Estado libre desasociado), rápidamente aplicó al discurso en mención el muy popularizado método de la interpretación al revés.

En otras pistas del mismo circo, el gran jefe Casa Blanca de la Democracia defendía su proyecto inmobiliario en tiempos de crisis. “Quiero abaratar costos en el Instituto Nacional Electoral”, dijo el consejero presidente (arquitecto e ingeniero de su propio destino) Lorenzo Córdova Vianello, en una variante del “es por tu bien” que afanosos progenitores usan para explicar a sus rejegos vástagos la aplicación de alguna medida que el destinatario considera improcedente o dañina. “Me iré con un buen sabor de boca si logro cumplir con este propósito”, dijo el consejero electoral y bucal.

Sin ningún antecedente en los primeros niveles de la política mexicana, Eber Omar Betanzos Torres apareció de pronto como extraña figura central en los nuevos entendimientos del gobierno federal con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y el Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI). En este escenario que ha ganado aplausos de Estados Unidos hay un punto de contacto relacionado con la Iglesia católica. Betanzos (con estudios, práctica y vocación por lo religioso) es parte del equipo de Arely Gómez desde que ésta era la mano derecha del conservador ministro Mariano Azuela Güitr.n (de pensamiento y prácticas abiertamente clericales) en la presidencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Y en la CIDH el principal personaje mexicano, Emilio Álvarez Icaza, y algunos de los grupos defensores de derechos humanos, tienen referencias católicas muy claras. Pareciera que, para tratar de apaciguar las turbulencias mexicanas, se hubiera optado por un apagafuegos con agua bendita.

A lo largo de cinco meses, Marcelo Ebrard Casaubon ( @m_ebrard ) ha puesto en Twitter solamente cinco mensajes, de los cuales cuatro han consistido en condolencias funerarias y otro en una recomendación para leer un texto, ajeno, sobre asuntos económicos. Pareciera que el ex jefe de gobierno se hubiera quedado políticamente mudo, pasmado ante los acontecimientos relacionados con la Línea dorada del Metro que incluso le han llevado a salir del país para establecerse por tiempo “indefinido” en Francia. Tampoco ha dado entrevistas novedosas ni hecho declaraciones constantes y sonantes sobre lo que políticamente le ha sucedido. Suponiendo que la causa de su silencio en los medios tradicionales fuera la persecución peñista y mancerista (que en su entorno se menciona como causa de su salida del foro nacional), difícil es entender por qué no sostiene una batalla en las arenas de Internet. Ahora su asesor jurídico ha solicitado el recurso de amparo, oficialmente como fórmula para precisar si existen o no causas judiciales abiertas que pudieran afectar al político de ascendencia francesa. Las vueltas que da la vida (política).

Y, mientras paisanas notas informan del asalto a más de veinte comensales en un restaurante de la capitalina colonia Roma, el Belmondo (a cargo del chef Jorge Lezcano, de 26 años, ganador en junio de este año del Pincho de Oro en una eliminatoria regional en Valladolid, España), y la misma narrativa opaca de Los bisquets del Zócalo pretende restarle gravedad integral o asignarle atenuante dimensión conurbada a episodios macabros como el del colgado en un puente de Iztapalapa, ¡hasta mañana!

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.