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Astillero: Medallas del Imperio

Astillero, Pacto por México

Fue una fiesta del poder. Nada que dignificara la figura, el pensamiento y el sacrificio del médico chiapaneco Belisario Domínguez. Autor intelectual de la devaluación escandalosa de la máxima presea entregada por el senado mexicano, Enrique Peña Nieto fue testigo de honor y recibió reconocimiento expreso del beneficiario de la venta de temporada, el empresario Alberto Bailleres, quien aparte de reivindicar su propia figura, y la del gremio de los hombres de negocios, se atrevió a utilizar el nombre de don Belisario para aventurar una infundada aprobación que según esta visión Totalmente Palacio (Nacional) estaría ofrendando el propio Domínguez a lo hecho en México, sobre todo durante los 20 años recientes.

A la depredación tóxica realizada a través de sus empresas mineras, y a la contribución a la desigualdad social extrema en nuestro país (recibiendo beneficios injustos de los diversos gobiernos que le han entregado tierras, protección, exenciones fiscales y trato privilegiado), Bailleres agregó la torpe ocurrencia de declararse una especie de médium (en rebaja) del espíritu de don Belisario para acomodarlo a las necesidades de exaltación propagandística del régimen.

Así lo dijo el espiritista Bailleres (comentarios, entre paréntesis, por cortesía de esta columna bailarina): “Con todo respeto (fórmula de falsa cortesía que suele servir de analgésico retórico), me atrevo a imaginar cuál sería su mensaje y exhortación si él estuviera presente el día de hoy (¿criogenia política?), en este honorable recinto (¿seguro de que don Belisario calificaría el susodicho recinto, y su integración actual, de “honorable”?) Me aventuro a suponer (es decir, estas palabras no son más que una supuesta aventura) que don Belisario apreciaría los significativos avances logrados por nuestro país en los últimos 102 años desde su muerte (tal vez, incluso, sería senador por el partido “Verde”, o director de relaciones públicas de Petrobal); es más, advertiría, sin duda, todo lo que hemos logrado tan sólo en los últimos 20 años” (¿de Ernesto Zedillo a la fecha, dejando fuera al lic. Salinas de Gortari?)

De entre las varias frases dedicadas por Bailleres a justificar el extraño lance de una de las cámaras del poder legislativo, al premiar la acumulación extrema de riqueza en unas cuantas manos mientras enormes masas se mueven entre la pobreza y la miseria, destaca la que elaboró para asumir que la Belisario Domínguez es para “aquellos mexicanos que consideran que la retribución por su actividad empresarial debe ser acorde al provecho que recibe la sociedad y no el fruto de privilegios, prebendas o abusos”. ¿La retribución que reciben empresarios como Carlos Slim, Alberto Bailleres y los demás miembros de la élite dorada mexicana es “acorde al provecho que recibe la sociedad”?, es decir, ¿los mexicanos son proporcionalmente tan prósperos y bienaventurados como, por ejemplo, el propio Bailleres? ¿Tales fortunas descomunales se han construido en un marco de honestidad y justicia, sin “privilegios, prebendas o abusos”?

Eso sí, como si de priísta discurso placero se tratara, el potentado Bailleres reconoció que tan bello transcurrir de la nación “no ha alcanzado a muchos de nuestros compatriotas (ni modo que faltara la palabra tan sonora y solidaria: los ‘compatriotas’), con quienes tenemos una deuda inaplazable e ineludible que, estoy seguro, podremos saldar… (puntos suspensivos obsequiados por esta columna en espera del histórico anuncio de un reparto democrático de acciones de Grupo Bal) en un futuro cercano” (por respeto a los menores de edad, esta sección astillada no reproducirá los gritos tipo “la porra te saluda” que desde la tribuna nacional saludaron la mencionada promesa de prosperidad fechada inequívocamente para un día de estos).

No fue ésa la única oferta de paraíso a plazos: Bailleres dijo estar convencido de que “México será pronto un país desarrollado”. Ahora bien, ¿más o menos cuánto puede ser “pronto”? Así lo detalló el cronológico magnate: “¿Cuánto tiempo nos llevará conseguirlo? ¿Otros 20 años? ¿50 años? Puede parecer mucho tiempo, pero para el devenir histórico de una nación no es nada” (con un rápido movimiento, algún senador, empresario o similar alcanzó a arrebatar al tal “devenir histórico” de hambrientos mexicanos que ya en la desesperación lo pretendían engullir, y así dicho devenir pudo ser preservado y colocado en una vitrina dorada, en espera de que se cumplan esos 20 o 50 años que a fin de cuentas, vistos desde la óptica de los grandes millonarios satisfechos, no son nada. Luego cayó el telón senatorial con una linda leyenda final que decía: “Y vivieron (ellos) felices”.

Contrastante con lo sucedido en el Senado fue la noticia de que el premio Cervantes ha sido asignado al escritor (y pintor) Fernando del Paso, quien a sus 80 años se enteró en Guadalajara de un premio que hace honor a una carrera literaria cuyos tres puntos más altos son José Trigo, Palinuro de México y Noticias del Imperio. Del Paso no es un personaje complaciente con el poder ni cantaría loas a los políticos. Sólo para dar un ejemplo: en la pasada edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara proclamó con voz cansada, desde su silla de ruedas: “¡Todos somos Ayotzinapa!” y, al final de su participación en un acto de homenaje a Octavio Paz, se puso sobre el pecho una camiseta negra con la leyenda en letras blancas que decía “No mames, Peña Nieto”.

Y, mientras el comisionado general de la Policía Federal, Enrique Galindo Ceballos, ha asistido significativamente a reuniones de Aurelio Nuño (el titular de la Secretaría Electoral Pública) con gobernadores de estados con presencia fuerte de la CNTE, para garantizar mediante el uso de la fuerza pública que se realizarán en tiempo y forma las evaluaciones de desempeño docente programadas para iniciar este sábado, ¡hasta el próximo lunes!

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.